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Cesc, en 9.000 dibujos

La Biblioteca de Catalunya cuelga en la red las ilustraciones originales del popular dibujante, incluidas las que la censura impidió publicar en prensa

Uno de los dibujos que Cesc creó para el 'Diario de Barcelona' entre los años 1952 y 1962 y que la censura prohibió, con lápiz rojo incluido.
Uno de los dibujos que Cesc creó para el 'Diario de Barcelona' entre los años 1952 y 1962 y que la censura prohibió, con lápiz rojo incluido.

“¿Algún desagravio, papá?”, comenta el niño al pasar por el único nicho del cementerio recargado hasta el ridículo de flores. “Y ahora resulta que no sé si no fumo porque el tabaco me resulta más caro o porque no encuentro”, reflexiona un humilde hombre, sentado taciturno en un banco… Son dos de la miríada de chistes que Francesc Vila Rufas (Barcelona, 1927-2006) realizó en sus 37 años como caricaturista en la prensa catalana bajo la firma Cesc, como le llamaban de pequeño en casa. El primero era para El Correo Catalán; el segundo, unos aún más grises años antes, para el Diario de Barcelona. Ambos comparten que fueron censurados; y ahora, que pueden verse después de que la Biblioteca de Catalunya los haya colgado en la red junto a los casi 9.000 dibujos originales que llegó a crear a lo largo de su vida, con estilo y tono inconfundibles, uno de los dibujantes más populares de la Cataluña de posguerra.

 La adquisición que la biblioteca hizo de los fondos de Cesc entre 2008 y 2009 permite ahora, “tras más de un año de trabajo y un coste, sin añadir el del personal, de 0,50 céntimos por dibujo”, apunta la directora del centro, Eugènia Serra, esta inmensa exposición de su obra (http://mdc.cbuc.cat/cdm/search/collection/dibucesc), que contrasta con la primera que hizo en su vida, en 1943, con sólo 16 años, en la Sala Rovira de Barcelona, prometedora pero de escaso eco y catálogo.

La virtual —que clasifica toda la producción en 105 carpetas, que al abrirse muestran la serie de dibujos datados y que permite su copia sólo “con finalidad de estudio o investigación”— ofrece, en cambio, la posibilidad de ver su trabajo en carteles, su producción bibliográfica o su notable labor en publicidad (con encargos para marcas como Cinzano, Perrier, Nescafé, Philips…).

La ‘exposición digital’ reúne

obras de Cesc desde que

tenía siete años hasta su muerte

Profundizando en las sorpresas, la ingente digitalización permite ver la evolución técnica de Cesc, ya que las carpetas incluyen desde dibujos originales de 1934, cuando con siete años pareció haber heredado ya la gracia de su padre, el reputado Joan Vila, D'Ivori, hasta su muerte. De cuando contaba 12 son los esbozos de compaginación de la revista En Jepó, que en 1939 ya firmaba como Cesc, así como los 24 originales y pruebas de otra publicación que pergeñaba, Joanet.

El grueso de los millares de originales se lo lleva las colaboraciones en revistas, en cabeceras que van desde Cavall Fort a Punch. Y, por encima de todas, las realizadas en la prensa informativa. A pesar de que admitía que le era una tortura, su labor con la viñeta diaria o semanal le ocupó casi cuatro décadas, en particular las de prensa. Empezó en 1952 en el Diario de Barcelona para saltar al Tele/eXpres (1964-1968), seguir en El Correo Catalán (1968-1975); pasar al Avui (1976-1987 y terminar en el Diari de Barcelona (1987-1989). Compaginándolo, colaboraciones varias, entre las que destacan las destinadas a Gaceta Ilustrada (1959-1970).

Cada una tiene sus ventanas, pero también las hay específicamente para los dibujos censurados en algunas de ellas. La más gruesa, la del Diario de Barcelona, con 88 ilustraciones que no vieron la luz, algunas marcadas con el mítico (pero real) lápiz rojo. Bajo un trazo aparentemente simple y amable, casi poético, que fue cogiendo grosor estilístico y mayor carga de profundidad, Cesc fue forjando su voz a partir de fijarse siempre en las cuitas de la gente más humilde y la tácita manipulación que sufrían por las clases dirigentes.

La carestía de los productos básicos, la manipulación ideológica de la radio y la televisión pública y la influencia ya del imperialismo americano predominan en los contenidos. “Dese un poco más de prisa que ahora los señores pasajeros pagan seis reales”, le dice un conductor de un trolebús averiado a un técnico que intenta hacer una chapuza con los cables eléctricos: el aún eco de la huelga de tranvías de 1951, la primera contestación masiva desde la guerra civil, se dejaba notar aún años después.

Rápidamente en el punto de mira de los censores, los continuados problemas que comportaban sus dibujos (“¡No señores! El castillo se destinará a museo”, intenta frenar un guardia a una familia de pobres dispuestos a instalarse con sus bártulos en el castillo de Montjuïc) fue lo que provocó su marcha del Brusi en 1962. No moderaría su inocente humor ni en la etapa de El Correo Catalán (11 dibujos no aparecidos se recogen), ni en Tele/eXpres (sólo cuatro), pero las cabeceras eran más abiertas y la censura, a veces, falsamente más laxa. Si bien podía morder en cualquier momento por lo más nimio; así, en Gaceta Ilustrada (media docena de viñetas prohibidas), un cosmonauta que sólo divisa desde el espacio una inmensa plaza de toros en el centro de la península ibérica nunca vio la imprenta, como otro que sobre el epígrafe “Viviendas subvencionadas” muestra bloques altísimos de puro cemento, con ventanas minúsculas. No hay gente, no hay vida, no hay humanidad en esa construcción: ahí mordía dulcemente Cesc.