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OPINIÓN

¿Qué saben de Cataluña?

La Corona podía haber hecho mucho más de lo que hizo en materia de gestos plurinacionales

Después de casi 30 años, hay que agradecer a la Corona que haya colgado en su web mensajes en las cuatro lenguas estatales. Claro que también alguien podría afearles el detalle recriminándoles una injustificada tardanza. Sin dejar de ser agradecidos, bien es verdad que la Corona, a la que mantenemos con todos nuestros impuestos (y cuando usamos el verbo mantener, queremos decir exactamente pagarles el desayuno, las hojas de afeitar, los turrones de Nochebuena y las piezas de Zara que muy orgullosa luce nuestra princesa), podría haber ayudado no solo con ejemplos concretos, sino incluso colaborando, desde su nada marginal posición, a que el resto de España se fuera familiarizando con el vasco, el catalán y el gallego. En los últimos tiempos, se ve en la Red y en alocuciones oficiales al rey Juan Carlos muy preocupado por la unidad de España. Y no es para menos, además de los afectos y las querencias que la unen a ella, es su negocio. Pero siendo su negocio, uno tiene la impresión de que no lo ha cuidado muy bien. Y una manera de protegerlo hubiera sido, además de no matar elefantes a cuenta de los Presupuestos Generales del Estado, ayudar a evitar que las cosas llegaran hasta donde han llegado: una encrucijada preconstituyente en plena crisis económica. La Corona podía haber hecho mucho más de lo que hizo en materia de gestos plurinacionales. El tema de la lengua no es un tema menor, por lo menos no lo es en absoluto en Cataluña. ¿Tiene la Corona alguna información precisa y detallada de la situación lingüística en Cataluña (o el País Vasco o Galicia)? Debería tenerla, por si todavía hay manera y tiempo de arreglar la agresiva e inconsciente ingeniería educativa y lingüística que ha construido con tanto esmero para su jefe más directo y la FAES, el ministro Wert. No sería nada extraño que mucha gente en este principado, se preguntara por los conocimientos contantes y sonantes que tiene de Cataluña, la de ayer y la de hoy, don Juan Carlos, además de la dirección de dos o tres restaurantes donde se come excelentemente. No quiero ponerme demasiado pesado con esta cuestión, pero soy de los que piensa que con algo más convincente que unos pocos gestos simbólicos en materia lingüística (y ya no digamos con algunos otros igualmente convincentes en materia fiscal y competencial), ahora mismo no estaríamos donde estamos: incrustados en una crisis institucional de gran y preocupante calado. Claro que si el jefe del Estado y jefe de las Fuerzas Armadas españolas no da certidumbre de conocimientos profundos sobre el tipo de reino que preside, bastantes menos certidumbres puede dar acerca de cómo se manejan países con minorías lingüísticas (y fiscales y competenciales) como Canadá o Finlandia o Bélgica o Suiza, conocimientos que le ayudarían mucho a entender inmejorablemente su propio reino (y, por cierto, cada vez que releo las andanzas del Quijote por Cataluña, tengo la impresión de que Cervantes conocía mucho mejor Cataluña, por lo menos su alma, que no es poco, que lo que demuestra conocer nuestro Rey de la Cataluña de nuestros días).

Los mismos interrogantes nos podríamos plantear en torno a los dos únicos partidos del arco parlamentario catalán que no han movido nunca ni un dedo, más bien todo lo contrario, para ayudar a hacer pedagogía como mínimo estatutaria en el resto de España. Me refiero al PP y el C’s. ¿Saben estas dos formaciones catalanas lo que tienen que saber de su territorio? A juzgar por sus grotescas paranoias, parece que no. Todavía no hace mucho algunos de sus intelectuales orgánicos, comparaban Cataluña con la Alemania nazi, además de difundir machaconamente la idea de que el castellano es una lengua en Cataluña al borde de su extinción. ¿Miente esta gente por falta de información? ¿O mienten porque creen que mintiendo impedirán que este país funcione como quiere una inmensa mayoría de su gente que funcione, a lo mejor sin necesidad de referendos, ni independencia?

J. Ernesto Ayala-Dip es crítico literario.