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ANÁLISIS

¿Un cambio de enfoque?

"Ya no es presentable prescindir del verde aunque sea para compensar el gran banquete del boom inmobiliario"

Decía Guille, el amigo de Mafalda, que necesitaba todos los amigos que pudiera conseguir. Con el desarrollo capitalista de las ciudades —y Valencia no es una excepción—, los voraces promotores de otrora y de anteayer necesitaban todo el suelo potencialmente edificable que pudieran conseguir. La desamortización fue un primer e importante paso en la erradicación o desaparición de los huertos eclesiales y conventuales al que siguieron progresivamente la desaparición de huertos civiles o clericales, la apropiación privada de espacios públicos fueran estos verdes o no y, en nuestro caso, la drástica reducción de los espacios de la fértil huerta. El cemento contra la clorofila. Para acabar de rematar el genocidio verde los felices sesenta del siglo pasado fueron testigos de la tala de numerosos árboles que dificultaban la expansión del nuevo rey de la ciudad (el coche) que sustituía a la rica red de tranvías. Tejer y destejer.

Llegó la democracia y con ella la socialdemocracia local y hubo que parar de golpe el planeamiento previsto en el que densidades desaforadas se compaginaban con raquíticos equipamientos y raquíticas zonas verdes. En tan solo 12 años se invirtió la tendencia y conviene recordarlo y valorarlo: El Saler, el Jardín del Turia (el mayor éxito sin duda) el Parque de Benicalap... También el fracasado parque de Doctor Lluch (el barrio degradó el parque y el parque no regeneró el barrio). Los árboles volvieron y tuvimos un Paseo Marítimo (¿es o no verde?). Tras la restauración de la derecha en 1991 siguen inaugurándose zonas verdes al amparo de los PAI y también algunos parques (Rambleta, Marxalenes o el Parque del Oeste). Ya no es presentable prescindir del verde aunque sea para compensar el gran banquete del boom inmobiliario, la continuidad en la destrucción de la huerta y la privatización de espacios públicos.

Hay que aumentar y mantener el verde. Pero los tiempos cambian y la ciudadanía pide más espacio público, más plazas practicables, menos coches, más intercambio e interacción vis a vis, más calle como lugar de encuentro, menos invasión de terrazas, más ciclistas y viandantes que no tengan que competir. Un centro histórico paseable sin bolardos ni coches innecesarios, unas marginales del Turia y unos bulevares humanizados, rondas que no sean autopistas. También ha cambiado la perspectiva de los grandes parques proyectados como el Parque Central . ¿Podemos conquistar espacios ya sin comprometer el proyecto final que quizá vean nuestros nietos? Y, a menor escala, hay grandes vacíos urbanos (detrás de la antigua Fe, el entorno de Calatrava...).

En el plan estará todo atado y bien (o mal) atado, pero ¿para cuándo nos los fian? ¿hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?¿No va siendo hora de ocupar esa no ciudad aunque sea provisionalmente o lo impide el sagrado derecho a la propiedad? El espacio público no es solo tener espacios verdes acotados, islas en la barbarie. Queremos más, podemos más.