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Sergio Caballero, fundador del Sónar y artista

“No hay que tener miedo al futuro”

Al cineasta le preocupa que el talento esté emigrando a ciudades como Berlín.

Sergio Caballero, promotor del Sónar y artista interesado en los recursos multimedia.
Sergio Caballero, promotor del Sónar y artista interesado en los recursos multimedia.

Sergio Caballero (Barcelona, 1966) hace una extraña sibila. Bajo su aspecto de no haber roto un plato se camufla uno de los espíritus más inquietos, intuitivos, innovadores e iconoclastas, por no decir definitivamente gamberros, del país. Es conocido, sobre todo, por ser uno de los creadores y directores del Sónar y el autor, año tras año, de la sorprendente imagen del festival, buena prueba de su talento y su capacidad de agitación. Su filme Finisterrae (2010), ganador de un Tiger en Rotterdam y presentado en más de 70 festivales por todo el mundo (al que pronto seguirá una segunda película, La distancia, devota de Beuys) lo mostró como un interesante director, mientras que su más reciente exposición, Napoleón & Caballero, abstracción en el establo (2011), de cuadros pintados por un caballo, provocó que hablara de él (y del cuadrúpedo) incluso Mario Vargas Llosa. Cuando lo conocí hace más de 25 años ya apuntaba maneras. Formaba parte del grupo de terrorismo plástico Los Rinos, un colectivo que acometía acciones tan asombrosas (exposición de carroñas, bebida de un ratón licuado en una batidora) que no sabías si aplaudir o salir corriendo. Me encuentro con Caballero, que desconfía de que pueda salir algo bueno de la entrevista, en las oficinas del Sónar y si no le conociera me impresionarían la cabeza de caballo disecado en la pared y la quimera compuesta por un gato y una gaviota que descansa sobre un archivador y acredita su interés por la criptozoología. Durante al entrevista, dibuja sobre un folio para ordenar sus ideas.

Pregunta. ¿Qué recuerda de hace 30 años?

Respuesta. Estudiaba música en el conservatorio de Liceo, trabajaba en una carnicería y ya estaba con Los Rinos. Recuerdo una ciudad más gris, pero con mucha más libertad creativa que ahora. Había muchas ganas de hacer cosas, pocos recursos, pero mucha imaginación.

P. ¿Considera que las dificultades son buenas para la creación?, sería una buena noticia con la que está cayendo.

R. Yo nunca lo he tenido fácil, he ido tirando con intuición y ganas de pasarlo bien, que son dos cosas que me parecen esenciales en la vida. Soy muy autodidacta. Cuando compro algo lo primero que hago es tirar las instrucciones.

P. No me dirá que el éxito del Sónar es fruto de la casualidad.

R. No, no, fue un trabajo bien hecho. Estuvimos dos años estudiando lo que había en el mercado. Entonces era el boom del bakalao, esa era la música electrónica popular en España, pero había otra música del género con un discurso más complejo. Decidimos hacer un festival que combinara las dos cosas. No únicamente el turrón intelectual, ni solo el ocio. Desde el principio fue así y la fórmula funcionó. Y hemos sabido ir creciendo.

P. ¿Qué opina de la actualidad y del futuro a la luz de lo que había hace 30 años?

R. Es indudable que en la historia hay periodos que se repiten, sucede precisamente cada 25 o 30 años. Ahora vuelven los ochenta. En el arte sobre todo se produce una revisión cíclica. En la música también, claro, ha vuelto el electropop de los ochenta, como ha vuelto el folk, lo folki. ¡Pensar que ha regresado el concierto con un tipo solo tocando una guitarra! Vuelve la moda de los tejanos anchos y las barbas. Supongo que en 30 años revisaremos la revisión. Si piensas lo que ha pasado en los últimos 30 años puedes imaginar en buena medida lo que vendrá en los próximos.

P. Y eso de la recurrencia ¿por qué es?

R. Porque no somos tan listos ni tan creativos. Hay unas fórmulas, unos iconos, un registro limitado, y con eso se trabaja. Todo está inventado. Cambian las formas de las cosas y ahí es donde se expresa la creatividad.

P. Ha habido otros momentos buenos.

R. Barcelona tuvo un momento magnífico en los noventa. La ciudad posolímpica, abierta al mar. Fue el momento de la aparición de los primeros festivales de música, de la escena de clubes de Barcelona donde podías descubrir nuevas músicas y bailar. Grandes firmas de Street Art y músicos de renombre internacional vivían y trabajaban desde aquí, creando enlaces muy positivos con la escena local. Nuevas publicaciones de tendencias, los skaters del Macba, las terrazas… Luego se pusieron a aniquilar todo eso provocando que mucha gente se fuera con la creatividad a otra parte. Ahora la ciudad no tiene carisma. El talento está emigrando a ciudades como Berlín, donde puedes vivir alquilando un piso por 300 euros, que es lo que aquí te cuesta una habitación. Tenemos que ser capaces de volver a importar talento.

P. ¿Lo de ahora va a afectarnos mucho?

R. Es un cataclismo. Se ha destapado que el poder económico está por encima del político. Así que muchos se preguntan: ¿para qué sirven entonces los políticos? Si manda la banca… Mira, yo soy un trabajador, toda mi vida he trabajado, no he parado ni he hecho ninguna burbuja. Pero me dicen que tengo que pagar por la irresponsabilidad de los bancos. Aún encuentro que la gente aguanta bien la situación. En su día los británicos se echaron a la calle por mucho menos. Quizá es lo que toca ahora.

P. El mundo se ha hecho más pequeño, ¿se hará aún más?

R. Ahora la globalización es real. No hace tanto usábamos el fax y ahora con un tuitse entera todo el mundo. ¿Es bueno o malo lo de ahora? La distribución es buena, el control, malo. Han cambiado, cambian y cambiarán los usos de la cultura. No hay que tener miedo. Opino que una persona que se cuestiona el ancho de banda en España (como Anton Reixa, el nuevo presidente de la SGAE) no está capacitada para afrontar los nuevos tiempos. La democratización de la distribución de la cultura es imparable. Antes tenías que ir a Pan y Música en la calle de Ros de Olano para comprar un disco de importación y al Casablanca a ver una película de lo que llamábamos arte y ensayo. Ese mundo, que tenía su encanto, ha desaparecido. Ahora puedo consumir una película a la hora que quiera y tengo toda la música del mundo a mi disposición. Es absurdo aferrarse al pasado. La tónica de los próximos años será continuar buscando vías nuevas, pero la ventana ya no se puede cerrar.

P. Si salimos de esta...

R. No estamos en Pompeya, hombre. Saldremos, seguro. Pero no sin grandes cambios.

P. Venga, vaticine.

R. Vamos hacia políticas más pequeñas, más reales y cercanas. Lo quieran o no los Gobiernos, tendremos un mundo mucho más mestizo. Y con emigrantes de segunda y tercera generación. Seguiremos siendo un destino turístico de primer orden, pero está por ver (eso es un reto) que seamos capaces de dar con fórmulas más allá del operador turístico. Las nuevas tecnologías se harán mucho más cercanas y manejables, la domótica reinará en las casas. La sanidad experimentará avances asombrosos: se podrá operar a un paciente a distancia con normalidad. Las energías renovables serán lo habitual. Preveo una vuelta al campo y a diversas formas de trueque. El cambio climático es una realidad y tendremos que convivir con él. Hará más calor, seguro; va a haber menos bosques, menos agua. Estamos notando cambios ya en las viñas. La vida tendrá que ser distinta: habremos de evitar las horas centrales del día, vivir más las noches, ¡lo que obligará a reajustar las ordenanzas municipales!

P. ¿Las ciudades se parecerán a las de Blade Runner?

R. ¡Qué va!, Blade Runner ya es antigua.

P. ¿Seguiremos siendo una potencia gastronómica?

R. Sí, sí, hay que potenciar la gastronomía. Apostando por la cosa cercana, los productos de proximidad. Este es un país rico en alimentos. Es un potencial muy grande. Pero no solo tenemos eso, tenemos grandes desarrolladores de tecnología puntera.

P. ¿Tenemos capacidad para dar un salto?

R. El catalán conserva ese punto genial, daliniano, algo loco, una capacidad para imaginar e inventar. Hay talento.

P. ¿Habrá una Cataluña independiente?

R. ¿Y crees que en cinco años existirá la Unión Europea? Sea como sea, yo seguiré haciendo mi vida, como todos.

P. ¿Seremos más solidarios?

R. Toca serlo. Ahora se ve todo, todo el mal y el dolor que sufre el mundo, no como en los tiempos en que nos explicaban solo que la hambruna estaba en Biafra. Es imposible ignorarlo y permanecer al margen. La juventud tiene un gran sentido de solidaridad.

P. ¿Qué es lo que no cambiará?

R. A la gente le gusta comer y reír, pasarlo bien, habrá otras modalidades de ocio, cambiará el cómo y el dónde, pero no la esencia de eso.

P. ¿En qué cree que culturalmente hemos ido hacia atrás?

R. Nuestros hijos escuchan música con peor calidad de reproducción que nosotros. Pero es un problema transitorio. Se solucionará. Lo que tenemos que conseguir es gestionar nuestro incremento exponencial de la capacidad de almacenar. Yo tendría que vivir tres vidas para consumir todo lo que guardo. Antes el espacio físico te condicionaba, pero ahora… que se te rompa el disco duro es un alivio. A mí me ha pasado varias veces y, bien, la vida se hace más ligera.

P. Demasiada información.

R. Hay que aprender a vivir con ello. Hay que saber escoger.

P. ¿Imagina un futuro sin Internet?

R. No, es como imaginarlo sin carreteras o sin electricidad. Aún hay que ver cómo evolucionará. Es curioso pensar que de haber existido Internet cuando en los ochenta creamos la instalación Rinodigestió, con cajas con restos orgánicos que se pudrían, el mundo habría sabido que nos adelantamos a Damien Hirst.

P. ¿Y sin Sónar?

R. El día que nos aburramos lo dejaremos, pero cambia continuamente.

P. ¿Qué le gustaría que pasara?

R. ¡Espero que en 30 años ya no haya cables! Que la ciudad esté más pensada para la gente. Que se acabe esta época de normas cuadriculadas. Que haya más diversidad y libertad. Tenemos que ser todos un poco más punkis; ojo, punkis, no perroflautas.