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EL PICNIC, HOY

Sin leche ni café

El desayuno campestre debe empezar con una copa de champagne

Para elevar el espíritu hay que olvidarse del café con leche y las infusiones y empezar el día con una copa de champán.
Para elevar el espíritu hay que olvidarse del café con leche y las infusiones y empezar el día con una copa de champán.

Parece obligatorio por su intención que el desayuno en el campo más se asemeje a un almuerzo brillante y ligero que no se constriña a una limitada colación, así sea por la necesidad de dotar de contenido al paisaje que lo convoca.

La tradición marca que el más consecuente de estos desayunos, aquel capaz de elevar el espíritu a las más inmarcesibles cotas, debe olvidar la leche y el café, debe abominar del té y del resto de infusiones odoríferas, debe huir de las siempre empalagosas pastas con sus jaleas y mermeladas, y en general debe consolidar una comida ligera a la vez que nutritiva, volátil y gustosa antes que densa, elevando el espíritu más que complaciendo las ansias estomacales.

El desayuno campestre debe empezar con una copa de champagne y continuar y aun terminar con elementos del mismo jaez, pudiendo adornarse la efervescente bebida con toda suerte de elementos sólidos que la acompañen, sin más que tener en cuenta los principios antes enunciados y los gustos y economía de los partícipes.

El desayuno campestre debe

empezar con una copa de champán

En el llamado gran mundo las ostras eran el primero y más cualificado de los ingredientes que figuraban en todo petit déjeuner que se preciase, bien entendido que esto sucedía cuando corría el antepasado siglo, aunque hoy, imitando aquellos tiempos que se fueron y no volverán, multitud de bares y restaurantes, de hoteles de lujo y otros más modestos, ubicados en nuestras tierras o en paradisíacas islas, así como en las grandes embarcaciones transatlánticas y los lujosos yates de crucero fondeados en cristalinas aguas, los sirven a los clientes y viajeros, que las toman con la ilusión de reencontrar el glamour perdido. Una docena de piezas por persona parece cantidad adecuada para reconfortar el cuerpo y además poder averiguar lo que hay de cierto sobre las virtudes afrodisíacas de ese bivalvo de ferruginoso sabor.

Si nuestro desayuno deseamos que sea tan leve como sustancioso con el menú apuntado será suficiente, pero en caso contrario, si pretendemos no solo elevación espiritual sino también alimento, habrá que completar la pitanza con los más poderosos quesos y las más tiernas y jugosas carnes, que previamente asadas, servidas en frío y aliñadas con las suaves salsas que las añoran, nos reconfortarán.

Si deseamos que sea tan leve como

sustancioso, bastará con doce ostras

Mas si el desayuno se amplía quizá sea la señal de que la mañana ya despertó hace largo tiempo, que el ayuno que pretendíamos solucionar con el primer condumio del día —al que dio nombre— era más persistente de lo esperado, o que la cena estuvo más colmada de brindis y libaciones de las que la prudencia aconseja. Entonces, quizás, es que ha llegado la hora del brunch, ese invento inglés traspasado a Norteamérica capaz de combinar en una sola ingesta las múltiples variedades a que puede dar lugar la unión del breakfast y el lunch, desayuno y comida, ahorrando de este modo una de las dos y consiguiendo que la resaca propia de la festiva noche anterior limite sus siempre molestas consecuencias.

Para consumir un brunch hay que contar, además de con un excelente apetito, con las viandas que le son propias, que para los clientes del Hotel Plaza neoyorquino se concretan en langostas, pavos asados, patos deshuesados o atunes marinados al coriandro, y que los humildes comedores campestres de nuestro entorno podemos sustituir, incluso con ventaja y sin perder la identidad ni la lujuria, ateniéndonos a los infalibles pollos de corral, las anchoas u otros pescados en salazón, los salchichones y longanizas, los lomos embuchados o las morcillas de Burgos, que toda piedra hace pared y no están los gustos ajenos más acertados que los propios.

Aunque lo que nunca debería faltar en uno de estos desayunos comida por los que anhelamos son los huevos Benedict, ingenioso invento para curar la resaca —aunque sin duda no para prevenir los excesos de colesterol— que hizo un señor Benedict corredor de bolsa en Wall Street allá por los años cuarenta en la América de los combinados, que encargaba de forma imperativa a las cocinas del Waldorf Astoria, y que consistían en una armoniosa y suave mezcla de huevos pochados, beicon o jamón, y un ligero y esponjoso pan llamado muffin, todo ello bien envuelto en salsa holandesa que es tanto como decir que recubiertos de mantequilla y huevos, muchos huevos.

Al lado, sin duda, como esencial y obligatorio acompañamiento, un grande, amoroso y picante Bloody Mary.

Desayuno

TANIA CASTRO

Amanece. Comienza un nuevo día. No me he casado, no tengo novio, no tengo novia, no soy madre, no tengo hipoteca ni saldo en el banco. Pero amanece, comienza un nuevo día. Brisa fresca, sabanas tibias, me toco, disfruto, amanece. Me levanto, me estiro, bostezo, voy a la cocina, bebo agua. Enciendo la tele. Noticias. Los que decían saber ya no saben nada y los que se molestaban en enseñarnos ya no estarán, adiós Ana. Huelgas, rescates, la gente muere, la asesinan, se inmola, no lo dicen pero también se suicida…crisis. Me digo: no lo pienses, no de buena mañana. Respiro, respiro, vuelvo a respirar, expiro lentamente y me relajo. Café, sol, tostadas, mi gata, me ducho, braguitas limpias para un nuevo día, lucho con mi pelo, me maquillo, bajo a la calle, quiosco y periódico, saludo, beso, me siento, otro café, observo, pienso, o creo que lo hago, leo el periódico que he comprado… crisis. Respiro, respiro, vuelvo a respirar, sudo. Es verano. Dejo el periódico sobre la mesa, camino, miro y escucho: teléfono, gritos, amigos, risas, mami quiero un helado, este año no hay vacaciones, la culpa sea lo que sea es siempre de Zapatero. Busco una sombra, una terraza, cerveza y la conversación de la mesa de al lado: pues si se ha quedado en paro y a él no sé cuantos meses le quedarán de subsidio. Tienen dos niños. Me levanto, me despido, se acerca el mediodía, pongo rumbo a mi casa. Escaleras, nevera, cocino pasta con sardinas, enciendo la tele, más noticias. Pierdo el hambre. Apago la tele y me asomo por el balcón. En la esquina una pareja comiéndose a besos, sonrío.