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‘Mi reno de peluche’: amor y locura del segundo sexo

Nos tranquiliza pensar que la psiquiatría ha descrito los excesos del amor, le da algo de seriedad contemporánea y nos hace creer que en esto también hemos progresado. Pero la locura de amor en la medicina es tan antigua como la humanidad

Richard Gadd y Jessica Gunning, en una escena de 'Mi reno de peluche', creada, escrita y producida por el propio Gadd.
Richard Gadd y Jessica Gunning, en una escena de 'Mi reno de peluche', creada, escrita y producida por el propio Gadd.Ed Miller (Netflix)

Se ha hablado mucho sobre algunos de los temas más controvertidos de Mi reno de peluche, como el consentimiento o la masculinidad, pero sorprendentemente poco sobre la que es para mí una de las claves del éxito de la serie: su incómodo retrato sobre el amor y la locura y el terreno común que habitan.

En una entrevista, Richard Gadd, su director y protagonista, apunta a que este es uno de los temas centrales. Para Gadd, la serie es una historia sobre una enferma mental: “El acoso es una enfermedad mental y yo quería mostrar su lado humano”. Jessica Gunning, la actriz que interpreta a la acosadora Martha, ha afirmado que su personaje sufre limerencia, un término acuñado por la psicóloga Dorothy Tennov y cuyas principales características son la obsesión, la idealización irracional y la extrema dependencia emocional. Además, en este trastorno, el sujeto enamorado interpreta cualquier acción del objeto de amor como un signo inequívoco de enamoramiento.

Es fácil reconocer a Martha en semejantes delirios, y de algún modo tranquiliza catalogar su comportamiento como patología, pues se le supone entonces un tratamiento. No digo que no sea así, pero el acierto de la serie es mostrar, como dice el propio Gadd, el lado humano de Martha, y ese lado humano es algo que compartimos potencialmente todos los que nos vanagloriamos de serlo. Casi nadie está exento de, como mínimo, haberse asomado alguna vez al abismo de la locura amorosa, y la incomodidad que produce la serie también tiene que ver con eso.

Martha es presa de un delirio, de una obsesión, Martha está enferma. Y eso, afirmaremos convencidos en esta época de individualidades empoderadas y responsabilidad afectiva, no es amor. Y está bien que así sea, porque eso nos permite huir de la violencia que pueda derivarse. Pero el propio lenguaje que usamos cotidianamente nos boicotea. Las metáforas de la enfermedad, la cárcel, la locura y el dolor físico son omnipresentes cuando hablamos de amor, y sus expresiones culturales muestran una dualidad donde placer y sufrimiento se aúnan como en ninguna otra experiencia.

Martha es presa de un delirio, de una obsesión, Martha está enferma. Y eso, afirmaremos convencidos en esta época de individualidades empoderadas y responsabilidad afectiva, no es amor

Nos tranquiliza pensar que la psiquiatría ha descrito los excesos del amor, le da algo de seriedad contemporánea y nos hace creer que en esto también hemos progresado. Pero la locura de amor en la medicina es tan antigua como la humanidad. De los únicos tres casos de trastorno mental que describió el médico romano Galeno, uno de ellos era el de una mujer enamorada. Desde la antigüedad y hasta el Renacimiento se creía que la locura de amor se debía a un exceso de bilis negra, concretamente en su forma quemada, que se denominaba “polvo de melancolía”. La imagen es bella, su glosa devastadora: el amor quema y su fuego nos destruye. En su gran comedia sobre el amor, Sueño de una noche de verano, Shakespeare le hace decir a uno de sus personajes: “Los amantes y los locos tienen el cerebro tan hirviente”. Aunque nos creamos a universos de distancia de la locura de Martha, en algún momento hemos sentido el calor de la misma estrella.

Pero, además, en todo este embrollo entre locura y amor, como de costumbre, el género determina la fragilidad de la frontera. Según los profesionales de la salud mental, la limerencia es más común entre las mujeres. Y la serie aborda, aunque no de forma explícita, posibles razones. En uno de los diálogos más significativos entre los protagonistas, Martha le confiesa al objeto de su obsesión qué superpoder elegiría: "Me gustaría que los humanos tuvieran una cremallera en la barbilla que les llegara hasta la barriga... Querría bajar esa cremallera y quedarme ahí escondida". Martha aspira a desparecer, convertirse en polvo, y eso solo puede conseguirlo a través de otro. Podemos darle el nombre de un síndrome, ponerle una etiqueta en el cada vez más amplio decálogo de trastornos mentales, o simplemente atender a su condición de segundo sexo.

En su célebre ensayo, Simone de Beauvoir describe con pasmosa exactitud esa parte humana de Martha cuando habla de la mujer enamorada: “Para la mujer, el amor es un abandono total en beneficio de un amo”. Beauvoir argumenta que la mujer sólo se conoce como alteridad y su única forma de huir de ella es a través de la búsqueda de un amor idealizado y correspondido. La mujer “se esforzará por superar su situación de objeto inesencial asumiéndola radicalmente; exaltará soberanamente al ser amado, lo poseerá como valor y realidad suprema: se aniquilará ante él”. El amor, en consecuencia, se convierte para la mujer en una religión.

En la entrevista antes citada, Gadd afirma que uno de los objetivos de la serie era mostrar como el sistema que debería haber ayudado a Martha le había fallado. Pero yo no puedo dejar de preguntarme cómo va a salvar a Martha y a las que arden en ese fuego ese mismo sistema que las ha creado.

Vivimos en la era de la obsesión. No hay artista, científico o deportista que se precie sin un mito de obsesión alrededor. Nuestras exigencias deben ser extremas, los resultados también. Como tantas personas, en los primeros 2000 fui diagnosticada del trastorno de moda, el trastorno obsesivo compulsivo. Cuando le manifesté a mi psiquiatra mi pánico a que se supiera en mi trabajo, me contestó con una sonrisa pícara, "no te preocupes, no hay nada que le guste más a un empresario que un trabajador obsesivo". Si como nos dicen tantos best sellers, conseguimos lo que nos proponemos, ¿por qué no también en el amor?

Cuando ni con toda su tenacidad y esfuerzo Martha consigue que funcione la ley de la atracción y disolverse en su amante, llega el odio y el reproche: "Te he entregado una parte de mí, lo mínimo que podrías hacer es devolvérmela con una justificación", le espeta a gritos. Lo que pasa es que, como bien apunta Beauvoir, Martha nunca se ha sentido entera, porque el trauma ligado a la experiencia del segundo sexo te va arrancando pedazos, y buscarlos en otros, como hace Martha, conduce irremediablemente a la locura.

Mar García Puig es escritora, filóloga y editora. Su último libro es ‘La historia de los vertebrados’ (Random House).

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