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Fin de año en el tren

El encanto de las vacaciones consistía en que se nos autorizara a hacer lo que en la ciudad hubiera sido severamente reprimido

Estación de tren en Buenos Aires, en abril de 2020, vacía por la cuarentena por la covid.
Estación de tren en Buenos Aires, en abril de 2020, vacía por la cuarentena por la covid.Marcelo Endelli (Getty Images)

Por razones de trabajo, mi familia iniciaba sus vacaciones viajando en tren a Córdoba durante la noche del 31 de diciembre. A los primos nos gustaba ese viaje y descubrimos la forma de convertirlo en un festejo original. Llevábamos una caja de cartón repleta de luces de bengala y rompeportones con el objetivo de utilizarlos cuando el tren estuviera rodando por una llanura en la que comenzaban a despuntar las serranías.

Nuestra cena transcurría normalmente en el coche comedor, con un servicio de mesa que todavía recordaba la precisión inglesa que definía el estilo en la primera clase de esos ferrocarriles hasta que, en 1948, fueron nacionalizados por el Gobierno peronista. El comedor abría sus puertas no bien el tren había partido. Las fuentes de pesado metal llegaban decoradas con hojitas y flores, que me costaba sortear para llegar a la comida. Yo debía servirme mientras un mozo las sostenía siempre un poco más arriba de donde llegaban mis bracitos y mi corta estatura. Se bebía un buen vino, y los chicos teníamos canilla libre de gaseosas, especialmente de una gaseosa cordobesa, amarilla y bastante desabrida, comparada con la bebida cola que ya se había impuesto en Buenos Aires.

Mi tía y su hermana empezaban a ponerse nerviosas antes del postre, porque sabían lo que se avecinaba. Después de que el tren se detuviera en Rosario, su última parada larga, los chicos íbamos a sentirnos como si hubiéramos llegado a una tierra extranjera donde no había normas que respetar. Más allá de Rosario, el tren seguía lentamente su marcha hacia el norte y la banda de primos esperaba que los pasajeros se recluyeran en sus camarotes para pasar la noche. Ese era el momento de salir al pasillo con nuestras cajas de cohetes y bengalas. Los mayores, nuestros cómplices en esa ocasión, habían neutralizado la vigilancia de los camareros con un par de propinas, que ellos aceptaban prometiendo no meterse en nuestro festejo.

La gracia de los rompeportones residía, naturalmente, en el ruido que otros podían juzgar insoportable, sobre todo si no participaban en la tarea de hacerlos estallar

Parece difícil de creer, pero en ese momento comenzábamos a hacer estallar los rompeportones, una pirotecnia indudablemente primitiva que consistía en un pequeño envoltorio bien cerrado que incluía pólvora y algún otro material inflamable. Los rompeportones, si se los tiraba con fuerza al piso, reventaban sin producir fuego. Eran puro sonido, un disparo fuerte en medio de una breve nubecita de humo. Su gracia residía, naturalmente, en el ruido que otros podían juzgar insoportable, sobre todo si no participaban en la tarea de hacerlos estallar.

Algún tío se liberaba esa noche, aunque todo el año fuera un adusto funcionario judicial. Y, en el mismo acto, liberaba a su hijos y sobrina. El atractivo de los rompeportones consistía no solo en el ruido que molestaba a todo el vagón, sino en que la actividad fuera prohibida y que nosotros nos dedicáramos a ella gracias a las propinas distribuidas previamente. Tirábamos los primeros rompeportones en la estación de Rosario. Pero esa era solo una prueba. La verdad de nuestro juego consistía en que estallaran en el vagón mientras el tren ya estuviera atravesando el campo, se acercara la medianoche y celebráramos así el nuevo año.

La transgresión a las normas era el mayor atractivo de ese festejo. En verdad, el encanto de las vacaciones consistía en que se nos autorizara a hacer lo que en la ciudad hubiera sido severamente reprimido.

En el mismo pueblo cordobés adonde nos dirigíamos, en el bar principal frente a la plaza, aprendí a empuñar un taco de billar. Frente a los ojos desorbitados de los comensales y amigos, arrimaba un banquito a la mesa, para alcanzar una altura suficiente, apoyaba la mano izquierda sobre el paño verde y acomodaba mi derecha en el taco de billar, obedeciendo detalladas instrucciones. Movía mi brazo lentamente, pero con el ritmo adecuado al avance y retroceso del taco hacia la bola, y ya había aprendido que había que pegarle lo más fuerte y lo más derecho que pudiera. Por fortuna, no me hice billarista, porque nunca pude seguir bien esas instrucciones. Pero después jugué al pool y eso debo agradecer a aquellos maestros.

Aquellos primeros y frustrados tacazos no me pusieron en la senda del juego, pero provocaron un escándalo hogareño. Cuando, ante las mujeres de la familia, hice un informe completo sobre la lección en el billar, mis tías y mi madre quedaron en silencio. Pero horas después, mientras yo leía debajo de una higuera, pude escuchar los gritos con que transcurría la batalla en la casa. Ustedes están locos, era el argumento principal del reproche a esos tíos, pioneros del feminismo sin saberlo. Ni qué decir que me sirvió para descubrir la osadía desprejuiciada que ellos habían invertido en la educación de hijas y sobrinas.

Fue una especie de lección emancipatoria que, seguramente, no figuraba entre los objetivos de aquellos hombres, que eran liberales pero conservadores, ateos pero respetuosos de la iglesia

Fue una especie de lección emancipatoria que, seguramente, no figuraba entre los objetivos de aquellos hombres, que eran liberales pero conservadores, ateos pero respetuosos de la iglesia, tanto que uno de ellos afirmaba que, de ser presidente, su primera alianza sería con Gran Bretaña y su segunda alianza con el Vaticano.

De aquellas vueltas y revueltas debo haber heredado el impulso por diferenciarme que se volvió ridículo en la adolescencia y tuve que aprender a dominar cuando me di cuenta de que lo que poco antes parecían tranquilas originalidades se convertían en intentos frustrados y batallas perdidas.

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