Florence Price y la gran sinfonía negra americana

Varios libros y grabaciones elevan a esta compositora afroamericana de Arkansas al olimpo de la música clásica estadounidense, casi 70 años después de su muerte

Retrato de la compositora Florence Price (1887-1953).
Retrato de la compositora Florence Price (1887-1953).G. Nelidoff - University of Arkansas

En 1893, el compositor checo Antonín Dvořák predijo que surgiría “una escuela de composición musical clásica estadounidense” a partir de las “melodías negras” autóctonas. Pero no fue así. Y el acerbo afroamericano se limitó a lo popular, donde se convirtió en la esencia de la música estadounidense. En adelante, hubo en Norteamérica una música popular negra frente a una música clásica blanca. Esta dicotomía ha empezado a reconsiderarse, en 2020, tras la ola de indignación provocada por la muerte de un hombre de color, en Mineápolis, víctima de la brutalidad policial.

“El asesinato de George Floyd simboliza un nuevo despertar de nuestra abismal historia de injusticia racial”. Lo afirma el historiador cultural Joseph Horowitz dentro de su reciente Dvorak’s Prophecy. And the Vexed Fate of Black Classical Music. Un libro donde explora las barreras de la música afroamericana para penetrar en el mundo clásico.

Horowitz comienza atacando la narrativa histórica estadounidense, que ha rechazado el pasado musical autóctono. Se centra en American Music since 1910, de Virgil Thomson, donde defiende que el modernismo de Debussy y Stravinski proporcionó identidad, prestigio y autoestima a la música estadounidense. Un relato que fue apoyado por personalidades musicales tan influyentes como Aaron Copland y Leonard Bernstein.

Estados Unidos había sido una especie de colonia musical germánica. Durante el siglo XIX estableció una tupida red de sociedades orquestales y corales, de las que surgieron sus principales formaciones sinfónicas. La estancia de Dvořák en Nueva York, entre 1892 y 1895, sirvió para convertir al Conservatorio Nacional en garante de calidad de esas formaciones, pero también aspiró a crear un estilo compositivo nacional. Si Dvořák había sido capaz de combinar las huellas de Beethoven, Schubert y Wagner con el atractivo rústico checo, ahora podría repetirlo con el estadounidense.

Su Sinfonía del Nuevo Mundo, estrenada en el Carnegie Hall, el 16 de diciembre de 1893, sirvió de inspiración para los compositores estadounidenses. Dvořák integró elementos autóctonos de indígenas indios y esclavos negros con el poema épico más popular estadounidense: The Song of Hiawatha, de Henry Wadsworth Longfellow. Encontró enseguida seguidores entre los compositores negros, como el afroamericano Harry Burleigh y el afrobritánico Samuel Coleridge-Taylor. Y su huella alcanzó tanto al rey del ragtime, Scott Joplin, como al único compositor no afroamericano que se situó entre la música popular negra y la clásica blanca: George Gershwin.

El clímax de la música clásica negra estadounidense se produjo entreguerras con tres sinfonistas: William Grant Still, Florence Price y William Levi Dawson. Entre 1931 y 1934 estrenaron sus sinfonías con una gran orquesta estadounidense. Still sería el primero, con su Sinfonía núm. 1 “Afro-American”, que tocó la Filarmónica de Rochester bajo la dirección de Howard Hanson. Le siguió Florence Price, en 1933, con su Sinfonía num. 1 en mi menor, estrenada por la Sinfónica de Chicago con Frederick Stock. Y Dawson presentó, al año siguiente, su Negro Folk Symphony, con Leopold Stokowski al frente de la Orquesta de Filadelfia.

Tres sinfonías de compositores negros, estrenadas por directores y orquestas blancas en salas con escasa presencia de público afroamericano. La escritora Shirley Graham inmortalizó ese logro: “¡De espirituales a sinfonías en menos de cincuenta años! ¿Cómo se han atrevido a intentarlo?... ¡Y una de ellas es una mujer!”. Rae Linda Brown utiliza esa proclama para titular uno de los capítulos de su fundamental biografía The Heart of a Woman: The Life and Music of Florence B. Price, publicada póstumamente en 2020, y donde se recoge la investigación de toda una vida de esta musicóloga afroamericana fallecida hace cuatro años.

Brown compara las tres sinfonías y revela su relación con el llamado Renacimiento de Harlem. Lo podemos comprobar tanto en los títulos de Still y Dawson como en su contenido, donde combinan el blues y el espiritual con elementos programáticos. Price introduce aspectos raciales, como la danza juba del tercer movimiento, un antecedente del cakewalk y el ragtime. Pero renuncia a un título y un programa, en favor de una conexión de su estilo personal con la herencia europea de Dvořák. Ese clasicismo de Price, que eleva la calidad de su música por encima de sus colegas masculinos, no estuvo exenta del ataque machista de Alain Locke, el ideólogo del Renacimiento de Harlem.

El relato biográfico de Price (1887-1953) es tan duro como emocionante. Creció en el entorno sureño segregado de Little Rock, Arkansas, donde destacó como pianista, organista y compositora. Con quince años se formó en la principal institución musical que admitía estudiantes negros: el Conservatorio de Nueva Inglaterra, en Boston. Su director, George Chadwick, fue también su profesor de composición, hasta 1906. Trabajó después en Atlanta y Little Rock, se casó con un abogado y tuvo dos hijas. Por problemas raciales, se mudó a Chicago, en 1927, donde vivió el resto de su vida. Pero, en 1931, se divorció tras sufrir malos tratos y estar a punto de morir estrangulada. Fue entonces cuando empezó su referida Sinfonía núm. 1 que culminó en 1932.

Brown dedica capítulos a dos composiciones más de Price: su Concierto para piano en un movimiento (1934), donde combina la herencia europea de Liszt y Brahms con la juba, y la Sinfonía núm. 3 en do menor (1940), con una paleta armónica cercana a Wagner y al expresionismo germano, aunque sin renunciar a otra juba en el tercer movimiento. Dos recientes grabaciones de esta sinfonía, en Deutsche Grammophon y Naxos, la confirman como la mejor composición de Price. Yannick Nézet-Séguin al frente de la exquisita Orquesta de Filadelfia eleva la riqueza de su paleta instrumental, mientras John Jeter muestra un mayor control idiomático, aunque con una orquesta menos refinada.

Price no consiguió que ninguna orquesta estadounidense importante volviese a tocar su música después de 1933

Price no consiguió que ninguna orquesta estadounidense importante volviese a tocar su música después de 1933. Conservamos sus cartas a Serguéi Koussevitzky, director titular de la Sinfónica de Boston, de quien no recibió más que indiferencia. Así comienza su última y más desesperada misiva, en 1943: “Para empezar, tengo dos desventajas: el sexo y la raza. Soy una mujer; y tengo un poco de sangre negra en las venas. Sabiendo lo peor, ¿sería tan amable de mantener bajo control su posible inclinación a considerar la composición de una mujer copiosa en sentimiento pero exigua en virilidad y reflexión, hasta haber examinado mi trabajo?”

Algunos directores europeos se interesaron más adelante en su música, como John Barbirolli, que le encargó una obertura para la Hallé de Manchester, en 1951. La obra fue estrenada pero se ha perdido. Y la misma suerte ha corrido su Sinfonía nº 2 en sol menor, de la que conservamos una sola página. Pero, en 2009, la casualidad hizo que antes de la demolición de su casa de verano, en Santa Ana, Illinois, se localizasen los manuscritos de dos conciertos para violín y su Sinfonía núm. 4 en re menor. En la actualidad, la universidad de Arkansas está implicada en la catalogación de su obra y la editorial G. Schirmer en su publicación. Mucho queda por descubrir acerca de quien mejor encarnó la profecía de Dvořák.

Dvorak’s Prophecy: And the Vexed Fate of Black Classical Music. Joseph Horowitz. W. W. Norton, 2021. 256 páginas. 30,41 euros.

The Heart of a Woman: The Life and Music of Florence B. Price. Rae Linda Brown. University of Illinois Press, 2020. 295 páginas. 27,83 euros.

Florence Price: Sinfonías nº 1 & 3. The Philadelphia Orchestra & Yannick Nezet-Seguin. Deutsche Grammophon, 2021.

Florence Price: Sinfonía nº 3. El río Misisipi & La sombra de Etiopía en América. ORF Vienna Symphony Orchestra & & John Jeter. Naxos, 2021.

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