LIBROS | CRÍTICA DE 'TALLEYRAND'

En la cresta de la ola

Xavier Roca-Ferrer revisa la controvertida figura de Talleyrand sin escatimar su cinismo pero tampoco sus méritos en el tablero político de los siglos XVIII y XIX

Pintura de Nicolas Gosse que muestra a Napoleón con un embajador austriaco en 1808. Entre ambos se sitúa Talleyrand.
Pintura de Nicolas Gosse que muestra a Napoleón con un embajador austriaco en 1808. Entre ambos se sitúa Talleyrand.Photo Josse/Leemage (Corbis via Getty Images)

Charles Maurice de Talleyrand es una de las figuras más fascinantes de la historia europea y, a la vez, una de las más controvertidas, una de las más denostadas tanto por los partidarios del Antiguo Régimen y la Iglesia católica como por los más ardientes revolucionarios, de tal modo que los esfuerzos revisionistas por situarlo en el oportuno marco histórico y por reconocerle sus virtudes no han conseguido preservar su nombre de las acusaciones de traidor a su rey y a su Iglesia, vertidas por unos, y de falto de escrúpulos y carente de fervor revolucionario, lanzadas por el bando opuesto. En todo caso, si su egoísmo y su proverbial cinismo no pueden desmentirse, también hay que acreditarle su inteligencia y su moderantismo, pero sobre todo, su habilidad para sortear los peligros y para situarse en la cresta de la ola.

Xavier Roca-Ferrer ha querido ofrecernos una biografía fiable de semejante personaje, usando sus grandes dotes para la divulgación histórica y su acreditada galanura literaria (recuérdese su estupenda versión de Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu) y recurriendo a la consulta de las mejores y más recientes obras sobre Talleyrand (en particular, las de Jean Orieux, André Beau y, sobre todo, Emmanuel de Waresquiel), para, obviando un frío eclecticismo, evitar cargar las tintas sobre los aspectos más negativos del personaje, señalar sus méritos al intervenir en el tablero político y declarar sin paliativos sus contradicciones e incluso sus acciones más injustificables, como su participación en el espantoso crimen de Estado que fue el rapto desde el margraviato de Baden y el fusilamiento en los fosos del castillo de Vincennes del duque de Enghien.

Nacido en 1754 en el seno de una familia de la alta aristocracia francesa, Talleyrand fue destinado a la carrera eclesiástica, llegando a la dignidad de obispo de Autun. Dotado de notables cualidades intelectuales y de un vivo ingenio, hubo de sobreponerse a un defecto físico demasiado evidente: fue cojo de solemnidad. Cojera que no le impidió ejercer una notable fascinación sobre buen número de mujeres, como la condesa Adelaida de Flahaut (madre de su único hijo); la duquesa de Curlandia, su verdadero gran amor, o su única esposa legítima, Catalina Grand, por el apellido de su primer marido, del que se divorció para casarse con Talleyrand, que, obligado a la boda por Napoleón, nunca la quiso, por no citar otras relaciones pasajeras o simplemente amistosas, que le reconocieron un cierto atractivo físico, pero sobre todo un trato exquisito para con las damas, una amena conversación y un gran sentido del humor.

Aristócrata no sólo de cuna sino también de espíritu, Talleyrand fue siempre un gran vividor, amante del lujo y de la buena mesa, apasionado de los libros y frecuentador de los salones parisienses de la buena conversación, las buenas maneras y un poquito de crítica y de intriga política. El estallido de la Revolución le reveló su afán de protagonismo, su inclinación hacia las opciones progresistas y su capacidad para hacer frente con elegancia a toda clase de situaciones, de las que supo sacar provecho personal sin traicionar sus preferencias (convicciones sería mucho decir) y de las que supo escapar cuando se pusieron peligrosas.

La biografía de Talleyrand se confunde entre 1789, fecha del comienzo de la Revolución, y 1838, fecha de su muerte, con la historia de Francia. La convocatoria de los Estados Generales en 1789 le dio la oportunidad de demostrar su talento para olfatear el espíritu de los tiempos y “gobernar la ocasión”. Fue de los primeros miembros del estamento eclesiástico en pasarse al Tercer Estado, contribuyendo a la redacción de la Constitución de 1791, escribiendo el artículo sexto de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, sugiriendo la conversión del patrimonio de la Iglesia en bienes nacionales y votando la Constitución civil del clero, tras lo cual pasó a ser uno de los primeros obispos constitucionales de Francia.

Sin embargo, el giro radical que iba tomando la política revolucionaria bajo el impulso de los jacobinos le hizo exiliarse y pasar varios años en Inglaterra y en EE UU, hasta que supo del golpe de Estado de termidor y de la ruina de Robespierre y Saint-Just, tras lo cual regresó a Francia para incorporarse al moderado régimen del Directorio, que le nombró ministro de Asuntos Exteriores. No satisfecho tampoco con la nueva situación, conspiró para el triunfo del golpe de Estado del 18 de brumario, vinculándose desde entonces y por largos años a Napoleón Bonaparte, que le colmó de honores, nombrándole gran chambelán y príncipe de Benevento. Sin embargo, disconforme con el cariz que fue adquiriendo la política de Napoleón, se distanció del emperador y, tras la derrota de Leipzig, abogó por la restauración de los Borbones, lo cual le permitió conseguir su viejo sueño de dar a su país una monarquía constitucional, aunque ello no evitó su escepticismo al ocupar el Ministerio de Asuntos Exteriores: “Sire, este es mi juramento número trece: esperemos que dure”.

Entretanto rindió un gran servicio a Francia al intervenir activamente en el Congreso de Viena y contribuir a la reorganización político-territorial de Europa, consiguiendo que su país fuese exonerado de su reciente pasado revolucionario. Tras la segunda restauración de los Borbones, Luis XVIII, que ya le había hecho príncipe de Talleyrand, le nombró (una vez más) ministro de Asuntos Exteriores y, tras su dimisión, le hizo (una vez más) gran chambelán. Finalmente, tras la revolución de 1830, juró como rey a Luis Felipe de Orleans.

Retirado a su castillo de Valençay, pasó su tiempo redactando sus memorias, hasta que regresó a París, logrando, en un último alarde de virtuosismo, reconciliarse con el Papa y morir cristianamente en 1838. Sin tiempo para decir más (hay que leer necesariamente el libro) me limitaré a reproducir el epitafio que Xavier Roca-Ferrer recogiera del Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki: “Que Dios, si existe, tenga piedad de su alma, si la tuviera”.

Talleyrand 

Autor: Xavier Roca-Ferrer.

 

Editorial: Arpa, 2021.


Formato: Rústica con solapas. 448 páginas. 21,90 euros.


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