La utópica pero necesaria unidad latinoamericana
La esquiva unidad sigue siendo una necesidad porque ningún país de la región puede tener individualmente una interlocución digna frente a Estados Unidos

América Latina no ha sido tierra fértil para la integración. Desde los albores mismos de la independencia, cuando Bolívar convocó en Panamá el Congreso Anfictiónico (1826), hasta nuestros días, casi todos los intentos de integración económica, comercial o política han fracasado en medio de la retórica y las buenas intenciones. Parecería que este lado del mundo estuviera fatalmente condenado a la desunión. Sin embargo, una cosa es cierta: por muchas razones, la unidad latinoamericana ha dejado de ser un ideal aspiracional y se ha convertido —más aún en estos tiempos— en una necesidad.
¿Cuáles son las razones para que la tan anhelada unidad nos haya sido siempre esquiva? Una respuesta corta y simple es que los procesos de integración han sido torpedeados desde afuera, hipótesis que encuentra evidencia histórica en la llamada Guerra Fría, que de fría tuvo poco pues sus costos humanos fueron muy grandes. En ese período, América Latina se convirtió en un campo de batalla entre dos superpotencias, EE UU y la URSS, debido a su ubicación geográfica y a su importancia estratégica. El triunfo de la Revolución Cubana en 1959 marcó un punto de inflexión, al demostrar que una revolución socialista podía triunfar en su “patio trasero”. Este hecho, y posteriormente el triunfo electoral de Salvador Allende en Chile (1970), hizo de América Latina el epicentro de una sangrienta confrontación entre Washington y Moscú, en la cual las potencias ponían la ideología y las armas, y América Latina los muertos.
La lucha contra el comunismo justificó el apoyo estadounidense a golpes militares e intervenciones directas (Guatemala, 1954; República Dominicana, 1965; Chile, 1973), así como la instauración de dictaduras militares en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y otros países, bajo el llamado Plan Cóndor. Esos regímenes, con el apoyo de EE UU, implementaron una represión brutal contra opositores reales o imaginarios y dieron lugar a desapariciones forzadas, torturas, asesinatos y exilio masivo. Impusieron, además, un modelo económico neoliberal que ha sido sacralizado.
La Unión Soviética y Cuba, como su satélite, promovían el sistema comunista, alentaban y financiaban revoluciones armadas. En el marco de esa confrontación proliferaron guerrillas en todo el continente. EE UU, por su parte, desarrollaba una política de contención en estrecha alianza con las élites nacionales. Se produjo una aguda polarización ideológica y el mundo se volvió binario y maniqueo: capitalistas y comunistas, sin posiciones intermedias ni matices, y sin importar la dramática realidad social que desde siempre ha asolado al continente.
Este período propició el florecimiento de la CIA. Las consecuencias fueron funestas: las políticas de seguridad nacional priorizaron el control político y militar sobre el desarrollo inclusivo y paralizaron reformas estructurales, que el subcontinente necesita implementar, para avanzar en la consolidación de una economía social de mercado y un estado social de derecho.
Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética terminó, formalmente, ese período. Sin embargo, en América Latina sus efectos y su mentalidad se prolongaron durante muchos años, casi hasta nuestros días. El resultado ha sido desigualdad, exclusión, polarización y un sistema democrático con grandes lunares. La violencia social —y más tarde también la criminalidad organizada— sustituyó la violencia política. Hoy la región no se ve amenazada por las viejas guerrillas, sino por pandillas, bandas y mafias. El final de la Guerra Fría no supuso la modernización del aparato productivo ni de la sociedad, ni la consolidación de un Estado más legítimo.
La respuesta corta y simplificadora sobre las causas de este fracaso es válida, pero insuficiente.
Cuando prevalece la ideología
Tratando de entender estas causas, creo que se relacionan con dos factores adicionales. El primero es que la integración ha sido más funcional a la política y a la ideología que a la economía y al desarrollo. Se ha promovido la integración entre quienes profesan un mismo credo político o económico. Pongamos por caso la Alianza del Pacífico y el ALBA. Una equivocación.
La Unión Europea, que es, a la fecha, el proyecto integracionista más exitoso de la historia, nació tras la Segunda Guerra Mundial para garantizar una paz duradera y evitar nuevos conflictos, inicialmente como Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Ese experimento, con sus luces y sombras, ha traído el período de paz más largo de la historia europea y ha creado un amplio espacio de movilidad y libertad entre territorios nacionales. Mirarse como aliados, como socios, marcó una diferencia.
La segunda variable tiene que ver con la falta de cohesión social en cada uno de los países latinoamericanos. América Latina y el Caribe es una de las regiones más diversas del mundo. África y Asia pueden competirle, sí, pero ninguna de ellas en mestizaje. Este es un rasgo transversal e identitario en casi todos los países que la conforman y que la define. El español y el portugués son dominantes, pero existen más de 400 lenguas indígenas vivas, como el quechua, el guaraní, el náhuatl y el mapudungun, y más de 800 pueblos indígenas que suman 58 millones de personas, cerca del diez por ciento de su población total.
Los pueblos europeos y africanos esclavizados se mezclaron con las poblaciones indígenas —a su vez también diversas—, formando una amalgama biológica y cultural que dio lugar a nuevas identidades, lenguas híbridas, religiones sincréticas y expresiones artísticas únicas. La falta de reconocimiento de esa realidad plural y de su singularidad ha hecho que el continente viva en una crisis permanente de búsqueda. Nos cuesta definirnos y se nos ha ido la vida buscando una etiqueta unificadora con la que podamos, y puedan, reconocernos.
El foro de la CAF
La semana pasada se llevó a cabo el Foro de la CAF en Panamá. Todo un éxito. Creo que una de las claves del mismo fue reconocer esta realidad plural. Se organizó no para una línea de pensamiento político o económico, sino precisamente para quienes piensan distinto: un diálogo entre iguales, pero diferentes. Demostró que América Latina aún es capaz de reunirse, escucharse y dialogar sin caer en la trampa de los monólogos ideológicos.
El mérito es mayor si se tiene en cuenta el momento actual: un punto de quiebre del orden mundial surgido tras la posguerra, en el que predominan la desinstitucionalización y el autoritarismo. El presidente de este banco de desarrollo, Sergio Díaz-Granados, lo expresó con precisión al advertir sobre el cisma del sistema internacional basado en reglas. Las instituciones que durante décadas sostuvieron la cooperación global están siendo desplazadas por un orden más áspero, guiado por intereses inmediatos, rivalidades geopolíticas y la competencia por recursos estratégicos.
En el Foro CAF se dieron cita siete presidentes de distinto signo ideológico y, a pesar de esas diferencias, se pudo conversar e identificar puntos de consenso, el primero y principal: actuar unidos, más que una aspiración, es una necesidad estratégica. Ningún país, individualmente considerado, puede tener una interlocución digna frente a EE UU. No dejaría de ser una paradoja histórica que la esquiva y utópica unidad latinoamericana termine consiguiéndose gracias a la soberbia y la arrogancia del presidente Trump, quien no quiere socios, sino vasallos. Y mucho menos, competidores en lo que él considera su hemisferio.
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