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El precio de la desidia

Con el soberanismo y la corrupción ya no sirve seguir mirando a otra parte

Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados durante el debate de los Presupuestos Generales del Estado.
Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados durante el debate de los Presupuestos Generales del Estado. EL PAÍS

“Si veo pasar un mamut salgo corriendo, si me dicen que pasará dentro de 15 años no me muevo”. Así explica el ecólogo Dominique Bourg la dificultad de los humanos para responder a los problemas a largo plazo.

En un artículo publicado en la revista Esprit en 2011, Emmanuel Macron relacionaba la política con esta doble temporalidad: el tiempo largo que condena a la procrastinación y el tiempo corto que conduce a la urgencia imperfecta e insuficiente. Y planteaba, como vía para armonizar las dos temporalidades, la recuperación de la ideología: “El discurso político no puede ser solo un discurso técnico que encadena medidas. Es una visión de la sociedad y de su transformación. Solo el debate ideológico puede reponer la cuestión de las finalidades”.

Asistimos estos días al agotamiento del modo de gobernar del presidente Mariano Rajoy. Para salvar la estabilidad, ha pagado el apoyo a los Presupuestos a precio de oro. Cinco años después del estallido soberanista de 2012, la cuestión catalana alcanza su máxima tensión, demostrando el fracaso del inmovilismo del presidente, convencido de que el independentismo declinaría solo. Y ahora declara el fin de la vía negociadora que nunca se abrió para entrar en la fase incierta y peligrosa del enfrentamiento institucional.

Rajoy no cree en los proyectos políticos, solo cree en el poder

La victoria de Pedro Sánchez en el PSOE, además de tener en la investidura de Rajoy a su catalizador, tiene algo de rechazo de una época de la que el presidente ha sido protagonista permanente. Todo ello con la corrupción crónica y la desidia en su tratamiento como telón de fondo de este Gobierno.

¿Qué define el modo de gobernar de Rajoy? El miedo a la política (en el sentido ideológico), el pésimo control de los tiempos y la indistinción entre política y legalidad. La filosofía espontánea de los juristas, y Rajoy lo es, tiende a confundir la realidad con la ley. Y ahí ha encallado el presidente en el caso catalán. La ley define un marco de convivencia, obliga a todos, puede roturar la realidad pero no sustituirla. Y la política está, entre otras cosas, para resolver los desajustes entre la realidad y la ley. En cambio, Rajoy la utiliza para desentenderse de sus deberes políticos. Para Rajoy, todo lo que no es inminente no es urgente. Si el mamut no aparece no hay porque inmutarse, aunque puede llegar la semana próxima.

En fin, Rajoy no cree en los proyectos políticos, en el debate sobre las finalidades al que apela Macron, solo cree en el poder. Su horizonte es el corto plazo y lo llama sentido común. Hasta que los problemas se hacen crónicos y, como con el soberanismo y con la corrupción, ya no sirve seguir mirando a otra parte. Y cuando llega este momento los ciudadanos verifican que la desidia la pagamos todos.

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