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La nostalgia como negación de la política

El pasado ya no es un lugar al que podamos regresar. Nuestras sociedades han decidido considerarse nuevas

Harold Lloyd en un fotograma de la película ‘El hombre mosca’. 
Harold Lloyd en un fotograma de la película ‘El hombre mosca’.  Cordon Press

Durante la modernidad, una especie de ley inexorable parecía regir la relación que las sucesivas sociedades iban manteniendo con el tiempo histórico que les tocaba en suerte vivir: en momentos en los que el futuro parecía ofrecer un sinfín de promesas, a cual más atractiva, la tendencia era a considerar el pasado como un lastre al que no merecía la pena prestar demasiada atención y del que, por tanto, convenía desembarazarse, olvido mediante, cuanto antes, mientras que cuando el tiempo venidero era percibido en clave amenazadora, como portador de peligros temibles, el reflejo casi automatizado era el de buscar seguro cobijo en el pretérito.

Esta idea fue desarrollada, con inteligencia, profundidad y erudición, por el filósofo alemán Reinhart Koselleck a lo largo de su fecunda obra, pero muy especialmente en su ya clásico libro Futuro pasado. En él hablaba del campo de experiencia y del horizonte de expectativas como esos vasos comunicantes de la historia que en su oscilante devenir —venciéndose de un lado, venciéndose del otro— explicarían el sentido primordial de lo que nos va pasando a los seres humanos en el transcurso del tiempo histórico.

Probablemente el rasgo más específico de nuestro presente lo constituye la interrupción de esta dinámica. Por una parte, es cierto que tendemos a interpretar lo que se nos avecina en clave atemorizada, asediados por la incertidumbre, preocupados por el entramado de riesgos en el que parecemos atrapados, sin que la evolución de nuestro mundo parezca ir en la dirección de reducirlos. Más bien al contrario, a cada poco nos vemos sorprendidos por alguna nueva amenaza, por una pandemia imprevista, por un gobernante de apariencia enloquecida (¿adivinan en quién estoy pensando?) o por el anuncio de la enésima burbuja cuya explosión podría llevarse por delante nuestra entera forma de vida.

Pero, por otra parte, ya no parece que el pasado sea un lugar al que poder regresar. El movimiento pendular que señalábamos al principio ha quedado bloqueado. Hace bastante que nuestras sociedades decidieron considerarse nuevas, otras, respecto a aquellas, anteriores, de las que provenían, y semejante decisión ha adoptado el rango de irreversible. Lo que ha terminado por imponerse es la mirada curiosa respecto a lo que hubo y a sus habitantes, nuestros antepasados. Qué raro vivían, qué cosas tan pintorescas hacían, qué costumbres insólitas tenían, que extraños sentimientos los embargaban. Caducó la identificación, el mirarse en ellos como en un espejo, la esperanza de encontrar en sus existencias las claves para nuestras cuitas presentes. El pasado ya no parece enseñar nada o, puestos a ponernos estupendos, la historia parece haber dejado de ser esa maestra de la vida que proclamaba Cicerón.

Ahora bien, resultaría incorrecto sugerir un paralelismo, o una simetría perfecta a este respecto, entre pasado y futuro. No cabe obviar que nuestra manera de relacionarnos con uno y otro contiene diferencias esenciales. Así, sobre el futuro (el lugar en el que vamos a vivir el resto de nuestras vidas, en brillante definición de Woody Allen) podemos proyectar cualesquiera sueños, ilusiones y esperanzas, pero a sabiendas de que, antes o después, se verán cumplidas o defraudadas. En cierto modo, al futuro le llega siempre su hora de la verdad.

Por lo que concierne al pasado, a pesar de su apariencia irreversible (“el pasado puede más que Dios”, acostumbraban a repetir los teólogos medievales), si somos suficientemente hábiles le podemos hacer decir casi cualquier cosa, a sabiendas de que nunca llegará la hora en que nos deje por mentirosos. Sí, es cierto, tal episodio tuvo lugar o no, no cabe afirmar que tal ejército ganó la guerra en vez del otro, fue aquel equipo y no el rival el que se alzó con la victoria en el partido decisivo de la competición en cuestión, nuestros antepasados vivieron en aquella ciudad y no al otro lado del océano, etcétera. No podemos inventarnos los hechos, por descontado, pero tenemos margen muy amplio, máxime en tiempos de posverdad, para la interpretación de cómo vivimos todo aquello, y probablemente gravite sobre esa variable vivencia la clave del registro nostálgico. Con otras palabras: ya no podemos encontrar cobijo en el pasado, pero tal vez sí todavía un tibio consuelo.

He aquí la clave bajo la que interpretar la generalizada nostalgia por el pasado a la que estamos asistiendo últimamente (y a la que se refiere Bauman en su obra póstuma, Retrotopía). En realidad, como mejor se entiende es si se la lee como expresión indirecta de la pérdida de la esperanza en encontrar la felicidad humana en el futuro. No deja de ser una expresión patética, en la medida en que, realmente, ese pasado que se declara añorar en modo alguno fue mejor que el presente en muchos aspectos. Constituye, en ese sentido, un pasado (re)construido a nuestra medida para satisfacer en el plano de lo imaginario las carencias o las desazones del presente. Así, por poner un ejemplo concreto, parece fuera de toda duda que buena parte de las modas nostálgicas (o de los consumos vintage o retro por parte de los jóvenes a los que todavía casi no les ha dado tiempo de tener nostalgia en sentido fuerte) se pueden interpretar como búsquedas de un anclaje de significado más estable y pausado, que es el representado por los objetos antiguos, orlados de un aura de autenticidad, frente a un modo de vida que cambia a gran velocidad debido a un flujo tecnológico y económico que solo es capaz de producir vertiginosas uniformidades.

Pero en ese sentido tanto da que la evocación de lo que hubo esté al servicio de la reconstrucción de un pasado de cartón-piedra al que viajar de visita recreativa para certificar su exotismo respecto a nuestro presente como que represente la ocasión de una intensa sensación de pérdida que proporcione el argumento justificativo para nuestra derrotada tristeza. En cualquiera de los dos casos, una manera fuerte de relacionarnos con lo que ocurrió se diría que se ha volatilizado por completo. El pasado (real, si se me permite el audaz adjetivo) ha perdido capacidad de interpelación. Ha pasado a ser una desvaída sombra al servicio de nuestra nostalgia o de nuestro tedio, pero no el contrapunto del presente, el recordatorio de esa condición contingente de cuanto nos va ocurriendo que nos habilita para pasar a la acción. Sin un pasado de semejante tipo, lo existente se convierte en condena fatal o en azaroso sinsentido, pero no en ocasión para intervenir en la propia historia, determinando su deriva. En definitiva: un pasado que, de mover, solo lo hace en la dirección de la añoranza, desemboca en un presente desactivado, un presente sin espesor alguno. Es, por si todavía no se han dado cuenta, el presente en el que vivimos instalados.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Autor de ‘Ser sin tiempo’ (Herder, 2016).

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