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Chulería

Tres ejemplos de un mal que invade el mundo: el de creerse, por defecto, por encima del otro

De izquierda a derecha; David Muñoz, Luis Enrique y Donald Trump.

No solo no te voy a dar la mano, sino que encima voy a torcer el morro y voy a mirar para el otro lado. De paso, te hago quedar como el culo. Hoy me ha dado por ahí.

Se llama chulería. La chulería de Trump, alguien a quien le pagan, entre otras cosas, por tener que dar la mano a quien le gusta y a quien no. Merkel no le gusta. Se llama dejación de funciones.

No solo soy el mejor cocinero del mundo, sino que lo voy a pregonar sin parar (ya le dije hace tiempo a Iñaki Gabilondo que era un genio —yo—), y soltando tacos además, que eso acojona: “Ponme ya la puta gamba”, “esto es una puta mierda”, “trae el puto pollo”. Así dejo clara mi condición de puto genio.

Se llama chulería. La chulería de Dabiz Muñoz, alguien que se dedica a cocinar a pesar de que los medios —todos, y ahora especialmente Cuatro (El Xef)— nos las arreglamos para hacer ver que, en realidad, se dedica a salvar a la humanidad.

No solo no voy a contestar a tu pregunta, sino que voy a aprovechar para ponerte en ridículo por lo mal que analizas los partidos. Así eludo mojarme y, de paso, confieso lo que siempre tuve: aversión a que se ponga en duda lo que digo y lo que hago.

Se llama chulería, la chulería de Luis Enrique, el entrenador del Barça, alguien de quien se supone no le pagarán por soltar bravatas.

Los feroces guerrilleros chechenos solían decir: “Un amigo te debilita, un enemigo te estructura”.

Pues eso.