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Almendros

Ante el deterioro brutal que han sufrido las instituciones cabe preguntarse si aquellos salones siguen igual de sucios

Golpe de Estado del 23-F.
Golpe de Estado del 23-F. EFE

El jueves, 26 de febrero de 1981, tres días después del fracasado golpe de Estado, los equipos de limpieza entraron en el Congreso de los Diputados para adecentar sus salones puestos patas arriba por la banda de Tejero, que entre otras hazañas patrióticas se había bebido todo el bar, se había llevado incluso el bote de las propinas y había desventado tresillos isabelinos para realizar con la borra una fogata en medio del hemiciclo en caso de que cortaran la luz. Tres días después del asalto de aquellos cuatreros sucedió uno de esos hechos que sirven para iluminar la historia. Al levantar las alfombras sucias y remover algunos muebles del Salón de Pasos Perdidos, los equipos de limpieza encontraron varios carnés del partido comunista, de Partido Socialista, del sindicato de UGT y de CC OO, que a simple vista formaban parte de la basura que iban a barrer. Eran las acreditaciones, en ese momento muy peligrosas, de las que unos periodistas y algunos invitados de izquierdas habían tratado de quitarse se encima ante un posible cacheo que podía llevarle a uno al paredón, si las cosas venían mal dadas. Se cumplen hoy 36 años de aquello, y bajo los mismos almendros en flor de febrero cabe preguntarse cuántas veces, a lo largo de este tiempo, se ha visto uno obligado a esconder bajo la alfombra la conciencia, la honestidad, la coherencia política, aquella rebeldía, cuántas chaquetas con los bolsillos llenos de antiguos ideales se encontrarían hoy los equipos de limpieza detrás de los muebles. Paradójicamente han sido los militares quienes mejor han cumplido su compromiso con la democracia. Pero ante el deterioro brutal que han sufrido las instituciones cabe preguntarse si aquellos salones siguen igual de sucios y el golpe de Estado no sucede cada día en el fondo de nuestros sueños.

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