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La intimidad del móvil de la primera dama brasileña

Un tribunal obliga a varios medios a retirar informaciones que reproducen sus mensajes

El presidente de Brasil, Michel Temer, y su mujer, Marcela, en el desfile de la fiesta nacional brasileña el pasado 7 de septiembre.
El presidente de Brasil, Michel Temer, y su mujer, Marcela, en el desfile de la fiesta nacional brasileña el pasado 7 de septiembre. AFP PHOTO

El conflicto entre la primera dama brasileña y el hacker que le clonó el móvil hace casi un año se acaba de cobrar varias víctimas colaterales: dos de los principales periódicos de Brasil, que se han visto, por primera vez en años, obligados por el Gobierno a no dar una información en sus páginas.

El pasado abril un hombre se las apañó para clonar el móvil de Marcela Temer, esposa del entonces vicepresidente Michel Temer. Así tenía en sus manos los mensajes, correos y fotos que hubiera en el dispositivo de uno de los personajes de los que más se habla en el país, en parte por su escasa presencia mediática y en parte porque, a sus 34 años, Marcela es 42 primaveras más joven que su marido. El hombre le exigió 300.000 reales —96.000 dólares— a cambio no publicar nada. Pero como el chantaje lo hizo por WhatsApp, logró lo contrario. Fue localizado por la policía y condenado a seis años de cárcel y la historia se olvidó. El impeachment a la entonces presidenta Dilma Rousseff y el impopular ascenso de Michel Temer acapararon la atención del país. Marcela se convirtió en primera dama. Se le dedicaron decenas de artículos. Muy pocos mencionaron al hacker.

Pero el viernes 10 de febrero tanto la edición brasileña de EL PAÍS como los diarios Folha de S. Paulo y O Globo desenterraron la historia. Publicaban los mensajes de aquel chantaje por WhatsApp y destacaban que, en ellos, el hacker no había amenazado con publicar intimidades de Marcela como se pensaba, sino algo que iba a “arruinar” el nombre de Michel Temer. El lunes las dos últimas Redacciones amanecieron con una orden judicial, solicitada por el Gobierno, que les obligaba a retirar los artículos de sus webs. Esos pantallazos, argumentaba, violaban la intimidad de Marcela (EL PAÍS no reprodujo las respuestas de la mujer y por tanto no recibió la orden). Docenas de instituciones han tachado el gesto de censura y abuso autoritario contra la libertad de prensa. El Gobierno ha contraatacado con una opinión: el que la palabra “arruinar” esté cerca del nombre de Temer es un detalle fuera de contexto.

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