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Ciudades

¿Dónde están las utopías urbanas del siglo XXI?

La utopía requiere concreción y para que sea verdaderamente influyente conviene que cuente con dosis de posibilidad.

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Tranvías en Debrecen, a 226 kilómentros al east de Budapest, muestran los elevados índices de polución en las ciudades de Hungría. AP

La insatisfacción de cada Presente, ha llevado a los seres humanos a añorar Paraísos Perdidos o a plantear Utopías de futuro. Pero la nostalgia de pasados idealizados (casi siempre míticos) resulta paralizante, mientras que el sueño por un futuro mejor se convierte en un motor de transformación social. En este sentido, las “utopías” han actuado históricamente como un horizonte hacia el que fijar el rumbo, y han propiciado buena parte de los avances sociales que disfrutamos actualmente.

El pasado mes de diciembre se conmemoraron los quinientos años de la publicación de Utopía, el libro escrito por Tomás Moro, que estableció el nombre de la esperanza y reactivó una dinámica soñadora que, aunque ya estaba instalada entre los seres humanos, se encontraba adormecida. No fue casualidad que la isla de Utopía apareciese en la época de los grandes descubrimientos, aunque, según relata el protagonista del texto, sus coordenadas geográficas fueran desconocidas. Esa particular circunstancia proporcionaba a Utopía una ambigüedad protectora y una cierta evanescencia, que se recogía ya en su propia etimología (Moro no aclaró si el término procedía de eu-topos, lugar donde todo está bien, o de ou-topos, lugar de ninguna parte). Pero la enigmática procedencia de la Utopía original nunca ha entorpecido la misión reveladora de las subsecuentes utopías que, partiendo de análisis críticos sobre cada realidad, han ido explorando alternativas para perfeccionar las comunidades humanas. En cierto modo, las utopías son modos de tomar conciencia (Walter Benjamin se refería a ellas como “conciencia onírica del colectivo”).

Las utopías imaginan sociedades perfectas en geografías ficticias, explorando nuevos modos de organización social que ejercen una soterrada reprobación sobre el orden establecido en su contemporaneidad. En ellas descubrimos visiones de armónicas comunidades, fraternales y solidarias, sueños de justicia e igualdad, ilusiones de libertad, o anhelos de racionalidad en el orden social, con novedades también en cuestiones productivas, de consumo o económicas en general. Las utopías, desde su papel como laboratorio social, han demostrado, a lo largo del tiempo, su capacidad para orientar y condicionar la evolución del mundo hacia situaciones preferibles. Aunque frente a la positividad utópica tampoco hay que olvidar a sus antagónicas distopías, que describen escenarios apocalípticos, tan apreciados por la literatura de ciencia ficción, ni los casos de utopías impuestas por un grupo humano sobre el resto y que han resultado pesadillas con mal final.

Hay utopías cuya transgresión no es holística (centradas, por ejemplo, en la política, en la ciencia o en la educación), pero a pesar de ello, muchas comparten sus meditaciones sobre el escenario en el que se desarrollan. De hecho, puede resultar paradójico comprobar como la isla de Tomás Moro, un lugar inexistente, fuera descrita con tanta precisión, descendiendo al detalle de la conformación de sus ciudades. En la isla de Moro, aunque era fundamentalmente agraria, se dotaba de un papel privilegiado a las urbes, en las que vivían los campesinos y en donde se manifestaba la verdadera civilización. Esa misma intención se descubre en otras muchas “visiones” que anticipan modelos organizativos otorgando una responsabilidad importante a la arquitectura y a la ciudad, porque proporcionan un soporte imprescindible. Por eso, una utopía que merezca recibir ese nombre siempre propone formas de vivir diferentes, incidiendo muy directamente en la formalización de nuestros entornos vitales.

Ciertamente, desde mucho antes de la aparición de Utopía, filósofos, arquitectos o personajes comprometidos, han proyectado ciudades ideales, ciudades alternativas, ciudades imaginadas en las que el planteamiento de los espacios y la convivencia entre personas se producía de forma novedosa. Esos escenarios inmateriales siempre han estado presentes, intentando influir en las ciudades reales. Desde Hipodamo de Mileto, que imaginó ciudades racionales y geométricas con cuadrículas igualitarias, hasta los teóricos renacentistas, los pensadores ilustrados o los socialistas utópicos del siglo XIX, todos buscaban una nueva ciudad para una nueva sociedad. También el siglo XX alumbraría sus utopías urbanas y se afanaría en conseguirlas, aunque con resultados desiguales. En ese sentido pueden citarse las Garden Cities de Howard, la Cité Industrielle de Garnier, la Ville Radieuse de Le Corbusier o la Broadacre City de Wright. Pero no son las únicas propuestas, porque la centuria pasada imaginó escenarios muy variados (y algunos contradictorios), vislumbrando ciudades flexibles, ciudades móviles, ciudades subterráneas, ciudades flotantes, ciudades verticales, ciudades hipertecnológicas, ciudades ecológicas y hasta ciudades pretendidamente inteligentes. Fantasías discutibles y discutidas que, con mayor o menor acierto, se atrevieron a proponer ordenaciones, y también viviendas o edificios cívicos, que pretendían mejorar lo existente.

Pero todo parece indicar que, en la actualidad, no vivimos en un mundo de utopías, que no somos capaces de concebir un futuro al que aspirar, sofocados como estamos por la dura realidad que nos envuelve. Parece como si el siglo XXI hubiera secado las fuentes que nutren los deseos de un mundo mejor. ¿Acaso la complejidad de nuestra sociedad nos conduce irremediablemente al inmovilismo y a la resignación? ¿Hemos perdido la capacidad de soñar, imbuidos en un materialismo conformista? ¡Atención! Porque, como alertaba el filósofo Paul Ricoeur, una sociedad sin utopía es una sociedad sin propósito, una sociedad desorientada, una sociedad extraviada.

Y nuestras ciudades están sufriendo especialmente la falta de imaginación, abocadas a la repetición de patrones anacrónicos, carentes de la audacia requerida para explorar entornos inéditos o para transformar con valentía una herencia que necesita vida. Nuestras ciudades invocan la aparición de soñadores arriesgados que acepten el desafío y propongan esos lugares que todos querríamos habitar.

Por eso necesitamos ideas que iluminen nuestro camino. Hay que atreverse a ser utópicos, a plantear perspectivas inéditas hacia las que avanzar. Se dice que la utopía nace de la indignación. Puede ser un argumento aceptable, pero si se queda en la mera protesta o en planteamientos ingenuos, sirve de bien poco. Porque la utopía no es una quimera, no implica lo imposible, como bien expresaron los grandes utopistas históricos, la utopía requiere concreción y para que sea verdaderamente influyente conviene que cuente con dosis de posibilidad.

En la actualidad, descubrimos una sintomatología urbana que arroja un diagnóstico de ciudades sin Modelo (con mayúscula), de ciudades sin rumbo, en definitiva, de ciudades sin utopía. Hace falta reflexión, mucha reflexión, y también ilusión. El siglo XXI debe reivindicar los sueños y recuperar la esperanza, porque como escribió Oscar Wilde en 1891, en 'El alma del hombre bajo el socialismo': “Un mapa del mundo que no contenga el país de Utopía no merece ni siquiera que le echemos un vistazo, pues ignora el único país donde llega toda la humanidad. Y cuando la humanidad llega allí, mira a su alrededor, descubre una tierra mejor y entonces alza velas. El progreso es la realización de las utopías”.

 

* José Antonio Blasco, Carlos Martínez-Arrarás y Carlos Lahoz son arquitectos y urbanistas. Su faceta profesional, dedicada a la transformación creativa de las ciudades y los territorios, se ve complementada con su dedicación a la docencia universitaria. Desde su blog urban networks realizan una labor divulgativa sobre el mundo de las ciudades y la reflexión urbanística.