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#Microcuento

Encuentro un jersey que es feo, caro y me queda mal. Barro la planta con la mirada hasta que doy con la dependienta más cercana

Entro al Zara. Encuentro un jersey que es feo, caro y me queda mal. Barro la planta con la mirada hasta que doy con la dependienta más cercana. Le digo que hace falta ser cabrona para vender algo así, que debería darle vergüenza, que por su culpa el mundo es un lugar espantoso, que no se merece seguir trabajando —ni viviendo, es obvio—, pero que soy MUY buena persona y ya le juzgará el destino, y le hago saber que lo menos que puede hacer es llevarme ante Amancio Ortega —no, que venga ÉL, qué coño— para decirle, no, EXIGIRLE disculpas públicas por ofenderme, llamarme impunemente gorda y hortera (porque el hecho de que el jersey me quede desfavorecedor y apretadete es inequívocamente un insulto a mi persona, a mi cuerpo, a mi forma, a mi feminidad… ¡Y a mi clase social! Porque mi billetera esbelta —más esbelta que YO, según Amancio, ¿verdad, Amancio?—  NO puede permitirse el irrespetuoso jersey, agrediendo vilmente a mi dignidad y mis derechos como persona que se viste), y que a la que avise a Amancio (para que retire IPSO FACTO el jersey del mercado entre súplicas de perdón) no se moleste en volver a trabajar nunca más, dimita si es que le queda decencia, y agradezca que no le insulte y escupa en la cara por faltarME al respeto dejando a MI alcance esa ofensa de jersey, ese atentado al buen gusto que dicto YO (faltaría), ese insulto a MI abrigabilidad (somos una asociación) y los límites de MI barriga, que son, OBVIAMENTE, medidas universales de proporción humana y divina idénticas a las que usa para orbitar la mismísima Tierra.