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Pacto de Estado y violencia machista

El Día de la Mujer en Madrid, el pasado marzo de 2016.
El Día de la Mujer en Madrid, el pasado marzo de 2016.

Hace años escribí que la violencia contra las mujeres es terrorismo machista, aunque así se la denomine en pocas ocasiones. La RAE, de la que soy poco partidaria por su defensa a ultranza del lenguaje sexista y su composición históricamente masculina, define al terrorismo como “sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror”. Y eso es lo que hacen los asesinos machistas.

El machismo es dominación sobre las mujeres, que se ejerce de muy diversas maneras, de forma cotidiana y continua. Cuando las mujeres se rebelan, las matan. La violencia está generalizada, y no consiste solo en agresiones físicas ni siempre termina en asesinato. La violencia, física y psíquica, es diaria, ha existido siempre, aunque se hablara de ella de diversas maneras: “crimen pasional”, “la maté porque era mía”, “algo habrá hecho”, “mi marido me pega lo normal” y un largo etcétera. Las cifras de mujeres asesinadas producen escalofríos y de la otra violencia, la cotidiana y silenciosa, no hay estadísticas, pero son terribles y no decrecen.

La Ley 1/2004 de medidas de protección integral contra la violencia de género, la primera ley del Gobierno de Rodríguez Zapatero, aprobada por unanimidad, fue decisiva para sacar del silencio la violencia contra las mujeres y para que se adoptaran muchas medidas que permitieron atajarla, sin que, sin embargo, hayan dejado de asesinarlas. La conciencia social ha aumentado mucho y su condena también, pero las muertes no cesan.

De este pacto de Estado, que es absolutamente necesario, me inquieta que nos haga creer que cuando se consigan todas sus propuestas, se va a poner fin realmente a la violencia machista

Conscientes de ello hemos reclamado, con vehemencia, un pacto de Estado contra la violencia machista, que, por fin, ha vuelto a ser el primer acuerdo unánime alcanzado tras la constitución del nuevo Gobierno. Con él se pretende erradicar, de forma efectiva, esta violencia con muchas propuestas, desde la creación de una subcomisión en el Congreso que revise la legislación actual, hasta formular nuevas medidas, que serán revisadas periódicamente, implicando a todas las administraciones, a todas las víctimas, a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, adecuando la legislación a los acuerdos europeos, sobre todo al Convenio de Estambul, incluyendo un plan de protección y reparación para los/as menores víctimas de violencia, mejorando el trabajo de los Juzgados especializados, acompañado todo ello de una imprescindible mayor dotación presupuestaria, muy mermada en los últimos años. En la declaración institucional que siguió al acuerdo parlamentario se califica la violencia machista como “una tragedia social” contra la que hay que luchar “hasta su total erradicación”.

Hasta aquí lo ocurrido. Ahora, mi duda. De este pacto de Estado, que es absolutamente necesario, me inquieta que nos haga creer que cuando se consigan todas sus propuestas, se va a poner fin realmente a la violencia machista.

Manifestación en Madrid contra la violencia de género en noviembre de 2015. ampliar foto
Manifestación en Madrid contra la violencia de género en noviembre de 2015.

El pacto de Estado es una condición necesaria, pero no suficiente, para su erradicación, porque contra lo que hay que estar es contra las causas que provocan la desigualdad entre hombres y mujeres, que es la raíz del problema, los “valores” de la sociedad patriarcal que no superamos. John Irving ha escrito que “los derechos de gais, lesbianas y transexuales están avanzando más rápido que los de las mujeres, entre otras cosas, porque “no hemos revisado ni la teoría de los derechos humanos, para que se rompa con el modelo patriarcal, ni el esquema de las relaciones laborales, que continua respondiendo a la división hombre proveedor/mujer cuidadora”. La estructura patriarcal se asienta, escribe Ana de Miguel, en la machacona creencia de que como “ya hay igualdad” cualquier acción que realicen las mujeres es fruto de la libre elección y no es cierto. La libertad de elección no existe para millones de mujeres.

No somos ni libres ni iguales, aunque las Constituciones de todo el mundo proclamen lo contrario. Seguimos sin hacer real la paridad en ningún ámbito de la vida, la brecha salarial aumenta, el desempleo femenino y la precarización laboral van creciendo. La corresponsabilidad y la conciliación parecen ciencia ficción y la feminización de la pobreza se incrementa. Los derechos sexuales y reproductivos, su libertad de ejercicio, siempre están en peligro. En la cultura tenemos históricamente un papel subordinado. En el mundo empresarial-financiero apenas existimos. El lenguaje también nos excluye y, sobre todo, no educamos en igualdad ni en la familia ni en la escuela.

Solo el feminismo, como lucha inagotable, nos permitirá la igualdad necesaria.

La primera vindicación de las mujeres fue, precisamente, la de promover la educación igualitaria entre los sexos. Las mujeres no son, por naturaleza, inferiores a los hombres, lo son porque no han recibido la misma educación. No hay más que mirar atentamente para comprobar los estereotipos de los que vivimos rodeados.

“El día en que la mujer pueda amar con su fuerza y no con su debilidad, no para huir de sí misma sino para encontrarse, no para renunciar sino para afirmarse, entonces el amor será una fuente de vida y no un mortal peligro”, escribió Simone de Beauvoir hace años y de eso se trata, de alcanzar la igualdad real y efectiva para que no usen ni abusen de las mujeres, y mientras, claro que es necesario un pacto de Estado contra la violencia machista, pero su consecución no debe ocultarnos nunca las razones estructurales y profundas de esta violencia a la que el patriarcado somete a las mujeres. Solo el feminismo, como lucha inagotable (Kader Attia), nos permitirá la igualdad necesaria.