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La peste

Un populista excéntrico preside EE UU y aves de la misma ralea ocupan o se acercan al poder en media Europa

Nigel Farage, líder del partido xenófobo UKIP, con Donald Trump, en agosto de 2016.
Nigel Farage, líder del partido xenófobo UKIP, con Donald Trump, en agosto de 2016.

Una rata llegada a Cádiz en 1347 acabó con el feudalismo: trajo a Europa un bacilo llamado Yersinia pestis, y en apenas cinco años había matado a una cuarta parte de la población. Aquello dio la estocada a un sistema que se estaba descomponiendo: para esa gente fue como presenciar el fin del mundo. El apocalipsis casi siempre defrauda a sus profetas —desde aquel fin de la historia de Fukuyama lo único seguro es que vendrán más años malos y nos harán más ciegos—, pero ha transcurrido casi una década desde la caída de Lehman Brothers y lo único que está meridianamente claro es que la Gran Recesión está sacando algún que otro fantasma del armario de la historia, repleto de ratas y pestes.

Así sucede en todas las crisis mayores. El mundo descubrió con Lehman que las bases de la economía globalizada eran más frágiles de lo que parecía. Arrancó así una sucesión de crisis con aire de thriller existencial: financiera, económica, de deuda y, por fin, política. Todas las grandes crisis empiezan y terminan en la política. Y en esas estamos: el Brexit veraniego y el trumpismo otoñal de 2016 son las dos últimas expresiones de un fenómeno más profundo que ha llegado para quedarse. Y ahora viene el invierno, con citas con las urnas en Italia, Austria, Francia, Alemania, Holanda: el bacilo político-económico que afecta al Atlántico Norte —un populista excéntrico preside EE UU, y aves de la misma ralea ocupan o se acercan al poder en media Europa— amenaza con apuntillar el orden internacional nacido en la segunda mitad del siglo XX.

Al calor de la crisis del euro y amparados por la desafección hacia la UE, los movimientos antiestablishment han arraigado. Partidos que eran euroescépticos son ya abiertamente eurófobos y abogan por cerrar fronteras, volver a las monedas nacionales y convertir la UE en una mera asociación de Estados; la pésima gestión de la crisis en Bruselas, con las élites dando la espalda a la gente, ha sido de gran ayuda. Pero el golpe definitivo lo han dado los anglosajones, que se retiran de las playas de Normandía. Reino Unido se va. Y Trump está dispuesto a suspender los acuerdos comerciales (descanse en paz el TTIP), a reducir drásticamente su papel en la seguridad global (¿descanse en paz la OTAN?), a retirar su firma del acuerdo de París para luchar contra el cambio climático y, en definitiva, a poner patas arriba el orden internacional liberal trazado a partir de 1945 sobre las bases construidas por Roosevelt después de la Gran Depresión.

“Trump quiere levantar muros, reducir derechos sociales y deportar inmigrantes. Es inaceptable. La UE va a denunciarle por plagio”, dice el politólogo Andrés Malamud con el punto ácido característico de los tiempos que corren. La UE encara ese órdago tras una crisis interminable que ha abierto grietas en la unidad europea. Y tiene apenas unos meses para buscar consensos en lo más urgente: debe diseñar un plan de política exterior y seguridad, a la vista de que EE UU no está dispuesto a seguir pagando la defensa europea y eso puede generar líos en la vecindad Este (Rusia) y Sur (Oriente Próximo).

Conviene invertir en ese capítulo no solo por reducir la dependencia de EE UU: ese podría ser el estímulo que Berlín ha negado al continente durante años. Eso sí, para matar esos dos pájaros de un tiro hace falta algo más que el proverbial ir tirando de Bruselas: es imprescindible que la política europea salte por encima de las brechas que se han abierto entre Norte y Sur, acreedores y deudores, incluso entre Este y Oeste. Es poco probable que eso suceda. Es más fácil que las élites sigan mirando hacia otro lado, que el establishment político, financiero —¿y periodístico?— que no vio venir el Brexit ni a Trump siga sin comprender la magnitud de la insurrección que aparece puntual en cada cita con las urnas.

Bajo esa dinámica late un rotundo cabreo con un sistema que genera problemas de desigualdad y redistribución: ese es el paisaje después de la batalla tras años de excesos del capitalismo y erosión democrática. Los partidos que entiendan eso dominarán el tablero político en los próximos años. El asunto ya no es civilizar el capitalismo: es hacerlo con reformas democráticas o con formas más autoritarias, con un nuevo nacionalismo económico; con ratas y pestes. En cada lugar, ese fenómeno adoptará las formas más acordes con su historia. EE UU ha alumbrado a su Trump; es hora de que Europa decida qué quiere ser de mayor. Puede acercarse por segunda vez en un siglo a las promesas hipnóticas de los demagogos. O puede buscar a su Roosevelt. “No existe más que un problema filosófico verdaderamente serio: es el suicidio”, escribió Camus. Sería bueno que Europa no eligiera, solo por esta vez, ese camino.

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