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MODA HOMBRE

El imperio de la sastrería

Savile Row es desde hace más de dos siglos el paraíso del buen vestir al más puro estilo británico. Hoy lucha por sobrevivir

En el número 3 de Savile Row se encuentra una tienda de Abercrombie & Fitch, la cadena norteamericana de moda para hombres famosa por tener maniquís con abdominales de plástico y vendedores tan perfectos que parecen de látex. La firma estadounidense se instaló en el corazón de la calle de la sastrería británica en 2013. Hasta entonces, el rumor era que si algo tenían que temer las sastrerías que se reparten por este pedazo del barrio de Mayfair (Hardy Amies, Gieves & Hawkes, Huntsman…) y en cuyas dependencias se han vestido desde Napoleón hasta la reina Isabel II, era que Savile Row se convirtiera en otra Bond Street, o sea, en otra calle llena de establecimientos de marcas de lujo global.

Con la llegada de Abercrombie, el peligro tomó otra fisonomía: Savile Row ya no iba a transformarse en otro pasaje de lujo lleno de turistas asiáticos y rusos con enormes bolsas cubiertas de logos, sino que iba a ser como Oxford Street, la avenida comercial más célebre del planeta. En Bond Street hay mucho para goce de unos pocos que se lo pueden permitir. En Oxford Street hay mucho para todos. Y en Savile Row ha habido desde siempre lo necesario para aquellos que necesitaban justamente eso. Lo justo y necesario. “Hace unos años se creó la asociación Savile Row Bespoke con el fin de proteger y desarrollar la sastrería que aquí llevamos a cabo”, explica Brian Lishak, socio de Richard Anderson, que fue el más célebre sastre de esta calle durante su periodo al frente de Huntsman, la firma más cara de la zona, y que en 2001 decidió abrir un establecimiento con su propio nombre. “Juntos, a través de esa organización, tenemos más poder para mantener nuestro prestigio. Trabajamos con el Gobierno británico con el fin de formar a gente joven en el arte de la sastrería, para que nuestros conocimientos no se pierdan. Nos reunimos periódicamente y tratamos los temas que nos preocupan. Es un avance”

Hace unos años se creó la asociación Savile Row Bespoke para proteger y desarrollar la sastrería mas clásica

La llegada de Abercrombie & Fitch a Savile Row conmocionó a un grupo de londinenses que, ataviados con sus trajes más clásicos, se manifestaron frente a la puerta del establecimiento. Meses más tarde, la Corte de Westminster era la que fallaba en contra de la firma norte­americana. Los vecinos la habían denunciado por pintar su segunda planta de un color no permitido (marrón) en un edificio catalogado. “A mí me parece mucho más grave la ropa que venden, pero cualquier victoria es válida”, bromea Jeffrey Doltis, propietario de Savile Row Co., un negocio de camisería a medida que inició su padre en 1938 y que trata de mantener el equilibrio entre la tradición, fabricando camisas de inspiración clásica a medida, y la modernidad, sirviendo a través de Internet prendas a clientes de más de 37 países. “El futuro de Savile Row sigue siendo prometedor”, cuenta Mark Henderson, el que fuera fundador de la asociación Savile Row Bespoke. “Pero no podemos negar que esta calle es un microcosmos delicado. Creo que ya ha pasado esa época en que la prensa publicaba día sí, día también que el futuro de la sastrería pendía de un hilo. Eso ha cambiado porque algunos nos hemos esforzado en mantener esta calle como el bastión desde el que se defiende la idea de la elegancia del hombre británico”.

Una camisa a medida de la compañía de Doltis puede costar unos 600 euros y un traje de otra de las firmas más clásicas de la calle, Dege & Skinner, unos 5.000. “Mira, si bajas andando unos 100 metros, a la izquierda tienes la tienda de unos muchachos canadienses que venden muchos bolsos. Y trajes. Ahí, un dos piezas cuesta la mitad. No te diré que porque esté hecho en China, que lo desconozco, pero sí en gran parte porque, si en tu dirección aparecen las palabras Savile y Row, el alquiler se duplica. Y estamos en Mayfair. Te puedes imaginar lo que eso significa”, informa Robert Whittaker, sastre de la casa. Dege & Skinner es una de las pocas sastrerías tradicionales que aún se dedican solamente a hacer piezas a medida. Hardy Amies ya no hace nada a medida e incluso Gieves & Hawkes ha abierto una tienda en la misma calle solo dedicada al prêt-à-porter. Curiosamente, cuando las firmas de lujo que decoran Bond Street, el paseo de Gracia, la calle de Serrano o la Quinta Avenida se afanan en otorgarse una pátina de autenticidad ofreciendo servicios de sastrería a medida (aunque en bastantes casos se limiten a ajustar los puños o los bajos del pantalón), algunas de las más reputadas y clásicas firmas de sastrería de Savile Row han decidido recorrer el camino inverso con el fin de sobrevivir. Esa es la paradoja.

El único restaurante que hay en la calle es un italiano llamado Sartoria que vende milanesas de ternera a 30 euros

El universo del caballero inglés se ha convertido casi en un lugar común. Cualquier tienda con ínfulas de elegancia clásica tiene un sofá Chester hecho con algo que imita al cuero, papel en las paredes y muebles barnizados con el pantone más oscuro. Todos quieren un trozo de lo que creen que es el mítico Savile Row, incluso quienes han abierto el único restaurante que hay en la calle, que es un italiano llamado Sartoria –referencia obvia a la elegancia– y que vende milanesas de ternera a 30 euros. En el semisótano del edificio de al lado se puede ver a los sastres y costureras de la tradicional Welsh & Jefferies cosiendo con la misma técnica que practicaron sus padres y sus abuelos.

Hoy la calle es un menú en el que se pueden encontrar muchos de los episodios acaecidos en Londres en los últimos 50 años. Desde la irrupción del pop hasta el advenimiento de los Sloane Rangers, epígonos londinenses de la cultura yuppy, pasando por la llegada de los renovadores de la sastrería, como el diseñador Ozwald Boateng, y el concepto actual de calle museo con vocación de centro turístico, algo que el sastre Lishak no va a esforzarse en desmentir: “Aprovechamos que la mayoría de los turistas con dinero se alojan cerca y pueden venir andando a nuestra tienda. Cada vez vendemos más a extranjeros”. Lishak admite sin pudor que las casas se han ido adaptando a los tiempos introduciendo nuevos tejidos y formas contemporáneas y que han sido, en gran medida, los clientes extranjeros quienes lo han propiciado.

Si existe un establecimiento en la calle que haya sobrevivido a todos estos vaivenes con inevitable elegancia y que sirva como ejemplo de todo lo que ha sido, es y será Savile Row, es Huntsman. Pasó de vestir a Eduardo VII o Winston Churchill a los Rolling Stones y los Beatles, quienes, por cierto, escogieron como sede de su discográfica, Apple Records, en el mismo edificio que hoy ocupa Abercrombie & Fitch. La firma sigue siendo la más cara de la calle, con trajes de hasta 8.000 euros. Su aparentemente humilde entrada esconde un palaciego interior decorado con cabezas de ciervo, relojes del siglo XIX y hasta una chimenea en funcionamiento. Como casi todos los locales de esa calle, cuando uno entra en él se lo encuentra totalmente vacío. Savile Row no es lugar para curiosear. Solo un par de educadísimos empleados reciben con una amabilidad perfectamente impostada. A diferencia de la convicción de que lo van a expulsar por zarrapastroso al entrar en cualquier tienda de marca de lujo, cuando uno va a los establecimientos de The Row jamás percibe que alguien le vigile por si roba algo, ni que la mala educación o la fría distancia sean algo que los dependientes piensen que es un arma infalible a la hora de distinguir al cliente potencial del incauto curioso. Aquí siempre son amables, siempre son elegantes. Para bien o para mal, en Savile Row viven tanto de sus maneras como de sus ingresos, algo que esta calle única espera que los millonarios globales, como el chino William Fung, sigan comprendiendo.

Los dependientes son siempre amables y elegantes. En Savile Row viven tanto de sus maneras como de sus ingresos

Fung adquirió recientemente las casas Huntsman y Gieves & Hawkes. De la primera ha mantenido intacta la pátina de elegancia casi pop, pero ha añadido tejidos europeos y trajes a 1.000 euros. De los segundos ha adquirido no solo el negocio, sino también todas las reliquias que a través de los años ha ido adquiriendo esta firma centenaria. Retratos de la familia real, cartas escritas por el almirante Nelson, trajes victorianos y demás recuerdos de lo que una vez fue el Imperio Británico. “Hay que enseñarlo todo. Hay que abrirse y dejar de lado el secretismo que ha acompañado a Savile Row desde siempre”, proclama Richard Cohen, ejecutivo de Trinity Group, el entramado comercial a través del que Fung opera en Europa. La llegada del millonario chino a Savile Row se parece mucho al aterrizaje de magnates rusos y asiáticos en la Premier League y en el mercado inmobiliario de la capital británica: quieren la bicicleta porque es bonita, pero si hay que poner una tercera rueda para no caerse, no les da ningún pudor instalarla.

Solo hace falta enfilar Burlington Gardens, andar unos 50 metros y cruzar Regent Street para adentrarse en el Soho. Allí está la célebre Carnaby Street, epítome del Swinging London y convertida hoy en calle comercial intercambiable. Podría estar en cualquier otra ciudad del mundo. En uno de los callejones que salen de ella, Marlborough Court, se encuentra The Face. Es una tienda regentada por un viejo mod que vende trajes de tres piezas, corbatines, chelsea boots y demás parafernalia de inspiración sesentera. En el escaparate muestra cómo vistieron estos conjuntos tribales los Kinks o George Best. “El negocio va horrible porque el entorno es horrible”, cuenta el propietario, quien ve con estupor que ni el hecho de ser una reliquia en tiempos de adoración por el vintage le sirve para salir adelante. Cuando se le pregunta si Savile Row corre el riesgo de convertirse en Carnaby Street, contesta: “No creo. Siempre habrá millonarios. Habrá peor gusto, pero se seguirá vendiendo”. Nos probamos dos trajes y camisas con chorreras y, al final, le compramos una camiseta. Tal vez le hemos decepcionado. Pero tal vez sea la única venta que haga hoy. “Al otro lado, en Savile Row, con una venta al día ya les debe alcanzar, ¿no?”, bromea. Ya no.

elpaissemanal@elpais.es