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El taxi de San Francisco, en bancarrota y contra Uber

La mayor empresa de la ciudad californiana se prepara para echar el cierre

Cinco millones de viajes el pasado año no son suficientes para salvar a Yellow Cab, la mayor empresa de taxis de San Francisco. La firma, que funciona con un modelo cooperativo, ya ha informado a los trabajadores de que están siguiendo los trámites para declararse en bancarrota. Cuenta con 530 conductores, de los que 300 son también socios. En octubre fue la última vez que recibieron dividendos por sus participaciones. Uber, la empresa a la que culpa directamente de este fracaso empresarial, tiene un censo de más de 16.000 vehículos.

En la ciudad quedan, por tamaño, DeSoto Cab Co., que se ha adaptado a los nuevos tiempos con una aplicación, Flywheel, para contratar sus servicios en tiempo real, y Luxor Cab. Ninguna de las dos se ha pronunciado. En su argumentario, Uber, nacida en esta ciudad, donde mantiene su sede principal, siempre se ha posicionado en contra de las empresas de flotas de taxis e invita a los conductores a pasarse a su lado para tener un horario más flexible, pero nunca se ha pronunciado acerca de modelos en los que los conductores son parte de la empresa.

Durante 2015, la empresa de Travis Kalanick, admirado y odiado a partes iguales, se ha dedicado a explorar nuevas posibilidades más allá del transporte de pasajeros, como la venta de comida a domicilio, los viajes compartidos en rutas frecuentes (Uber Pool) o la entrega de paquetes de tiendas de comercio electrónico. Incluso ha ofrecido adoptar cachorros, poner la música del pasajero a través de Spotify, cargar la ruta a la empresa o invitar a un amigo a una fiesta con el porte pagado.

Uber no ha hecho ningún comentario sobre el cierre, pero sí ha enviado un mensaje de felicitación de año a todos sus clientes residentes en la bahía de San Francisco con un anuncio: bajada de precios. Un 10% en la ciudad y un 20% en el resto de la zona de Silicon Valley. Incluye una nota. A los conductores se les seguirá pagando lo mismo. Una valoración por encima de 50.000 millones de dólares permite estos movimientos agresivos, aunque otros se queden por el camino.