Un salto decisivo

La cumbre de París logra un acuerdo histórico contra el cambio climático

Vista aérea del Arco del Triunfo donde se ha intentado pintar un sol durante la celebración de la Conferencia sobre el Cambio Climático COP21 en París.

El mundo dio ayer un paso decisivo para encarar la crisis ecológica que amenaza el planeta a causa del calentamiento global. Por primera vez en la historia se ha firmado un acuerdo universal vinculante para hacer frente al cambio climático. El texto contiene el objetivo explícito de que la temperatura media no suba a finales de siglo más de 2°C por encima de los niveles preindustriales, y el compromiso de hacer lo posible para que quede en 1,5°C.

El acuerdo supone un gran salto respecto del protocolo de Kioto, que entró en vigor en 2005. Mientras que aquel fue suscrito únicamente por 37 naciones, todas ellas desarrolladas, el de París lleva la firma de 195 países, incluidos los dos mayores contaminantes, China y Estados Unidos, que no habían suscrito el de Kioto. Esto configura un nuevo escenario en el que por primera vez se aborda de forma global y concertada la preservación del planeta. Lo acordado en París implica un mensaje claro a los agentes económicos para que orienten sus inversiones hacia las energías limpias y apuesten por un modelo productivo que no dependa tanto de los combustibles fósiles.

A diferencia de lo ocurrido hace seis años en la cumbre de Copenhague, que terminó sin acuerdo y con agrios reproches y recriminaciones mutuas, el clima que se respiraba en París tras la firma era de euforia, y también de alivio. No es para menos. La falta de acuerdo hubiera supuesto un gran revés y una pésima perspectiva. Hace tiempo que la comunidad científica advierte de que el tiempo para evitar una catástrofe se agota. Por esa razón, el acuerdo debe ser celebrado como un hito, lo que no impide una lectura crítica sobre algunas ambigüedades que contiene. La más importante, la falta de concreción en la reducción de emisiones.

El fracaso de las negociaciones hubiera puesto al planeta ante una pésima perspectiva

El acuerdo es jurídicamente vinculante en todo excepto en los objetivos de emisión de gases de efecto invernadero. De momento se han aceptado como válidos los planes de reducción presentados voluntariamente por 186 países, pero la suma de esas reducciones no permite alcanzar el objetivo de que la temperatura no suba por encima de los 2°C. De hecho, con las reducciones comprometidas hasta ahora, la temperatura global podría subir a final de siglo entre 2,7 y 3,7°C, lo que tendría efectos catastróficos. Este dato da idea del largo camino que queda por recorrer para alcanzar el objetivo acordado y lograr, como se establece en el pacto, que a mediados de siglo se alcance un equilibrio entre las emisiones de gases y la capacidad de absorción del planeta, lo que ha obligado a incluir medidas de protección de los bosques.

Como suele ocurrir siempre que se dirimen cuestiones tan importantes y con tantos intereses en juego, el acuerdo es fruto de un compromiso y ha sido posible tras permitir cierta flexibilidad en su aplicación. Pero se ha previsto que cada cinco años se revise el ritmo de cumplimiento para establecer las correcciones necesarias. Lo mismo ha sucedido con otro de los puntos centrales: el compromiso de crear un fondo verde para ayudar a los países en vías de desarrollo a luchar contra el cambio climático. El compromiso es que los países con capacidad de hacerlo aporten por lo menos 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020. Pero ha quedado pendiente concretar cuánto debe aportar cada uno y en qué medida deben contribuir también los emergentes. Otra de las novedades es que por primera vez se contemplan en un acuerdo internacional compensaciones por “pérdidas y daños” provocados por el cambio climático, aunque se excluye cualquier reclamación de responsabilidades a los países industrializados por lo que han contaminado.

Lo acordado lanza el mensaje de que debemos virar hacia una economía basada en energías limpias

De lo acordado en París se desprende un reconocimiento claro de que el modelo económico basado en las energías fósiles debe ser sustituido por otro basado en energías limpias. Pero la transición no será fácil. Especialmente para los países en desarrollo y para aquellos que, como China e India, todavía dependen en gran parte del carbón. El modelo de seguimiento previsto y la revisión, cada cinco años, de los logros alcanzados, exigirá un nivel de transparencia que hasta ahora no existía. Este es sin duda otro avance —en el que EE UU ha insistido especialmente— porque exigirá habilitar mecanismos eficaces de verificación de las emisiones.

Como era de esperar, las organizaciones ecologistas no están del todo satisfechas. Son pertinentes sus críticas a las inconcreciones del acuerdo y a que no se han tenido suficientemente en cuenta las necesidades de los países pobres, que son los que más están sufriendo las consecuencias del cambio climático. Pero esas carencias pueden ser subsanadas en el proceso de aplicación. Es posible que en relación a lo que debería haber sido, el acuerdo se quede algo corto. Pero si se valora en relación a lo que hubiera implicado no alcanzarlo, no cabe ninguna duda de que constituye un avance histórico, y como tal debemos celebrarlo.