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Cómo ser escritor en un mundo que no te deja escribir

Cada vez más autores consagrados usan estas aplicaciones para mantener el ritmo editorial, pese a las distracciones de Internet

Elia Kazan aislado con su máquina de escribir en 1969
Elia Kazan aislado con su máquina de escribir en 1969 Cordon Press

Parece extraño que alguien que decide escribir no pueda aguantar el suplicio del silencio y la barra parpadeante del cursor más de media hora. Un escritor que no tolera ese suplicio es como un pirómano postulándose para el ingreso en un cuerpo de bomberos. Pero más extraño es que en la mayoría de los casos así sea. Que los ingenios que tienen tiempo de contemplar cómo la página sigue en blanco son los que se erosionan más rápido. Y que, por otro lado, se hayan escrito tan grandes diarios desde las cárceles más inmundas y aplaudidos reportajes novelados desde los hoteles asediados de las peores guerras. Ahora esos dos frentes acaban de aliarse gracias a la tecnologías como Write or Die, una aplicación que busca recrear la incomodiad y la urgencia en la comodidad de un despacho.

Aplicaciones como Write or Die (Escribe o Muere) ofrecen distintas formas de presionar al usuario para que su ritmo de escritura no decaiga. Lanzan mensajes recordatorios. Emiten sonidos desagradables. Y, en última instancia, borran lo escrito si el autor no se le aplica

El propósito de esta aplicación, que ya va por la segunda edición y que han empleado algunos conocidos novelistas, es hacer de institutriz victoriana que golpea con una regla de madera en los nudillos del aprendiz de pianista si deja de practicar. De hecho, su lema es Putting the prod in productivity (un juego de palabras que, por traducir, podríamos dejar en Somos el pinchazo de la productividad). Y ofrece distintas formas de presionar al usuario para que su ritmo de escritura no decaiga. En su nivel Amable, salta un mensaje en página para recordarte con más o menos cortesía que debes escribir. En el Normal, el trato se recrudece: los altavoces del ordenador emiten un sonido horroroso cada vez que el autor se rasca la coronilla demasiado rato. La Kamikaze afea las cosas. cuando se deja de teclear, se obra la pesadilla más recurrente en un escritor: las palabras empiezan a esfumarse, a borrarse una detrás de otra. De la última fase, Nyan Cat, llamada así por uno de los memes más delirantes de la historia de Internet, mejor ni hablar. La pantalla se vuelve rosa, púrpura, color Apocalipsis, como el cielo de un conflicto bélico. Son los colores del meme pero es como escribir en un Beirut en guerra.

Jonathan Franzen, autor de Libertad, escribe en un ordenador que inhibe su conexión a Internet

Como curiosidad, Write or Die es de las buenas. Pero también es algo más. Una respuesta a una cuestión mucho mayor, más horizontal y que puede afectar más de lo que pensamos a cómo se escribe hoy en día. Durante un tiempo, los autores tenían la ventana de su despacho como mayor distracción cuando se ponían a escribir. Quizá también tenían que poner un candado en su nevera. El problema actual, que pretenden solventar a la tremenda algunas de estas apps para escritores, es que esa ventana es ahora la del ordenador, que invita a postergar lo que se está escribiendo para huronear en los perfiles de Facebook de desconocidos, teclear cualquier cosa en Google (el propio nombre, un síntoma extraño, lo que sea) o comprar un billete de avión para irse lejos de la habitación donde se supone que estás escribiendo. Es decir, uno vive en perpetua distracción. A uno le leen en perpetua distracción. Y ese es el mundo en el que están medrando aplicaciones como estas.

Uno de sus usuarios es David Nicholls, autor de novelas tan entrañables y dulces como Todo en un día (en ella, irónicamente, los empleados a media jornada de un restaurante mexicano echaban en falta más tiempo para consagrarse a sus inquietudes más artísticas). Se marcó 400 palabras por hora. “Era como escribir con una pistola en la cabeza”, confesó en el festival literario de Cheltenham. Si bien admitió que escribió 35.000 palabras que fueron directamente a la papelera, a partir de ellas reescribió una novela que se clasificó para el Booker.

David Nicholls, autor de novelas tan entrañables como Todo en un día, usó Write or Die. “Era como escribir con una pistola en la cabeza”, confesó en el festival literario de Cheltenham. Le salieron 400 palabras. Fueron casi todas a la papelera. Pero a partir de ellas reescribió una novela que se clasificó para el Booker

Porque Write or Die es el Führer de este tipo de aplicaciones. Hay otras muchas, generalmente algo más amables. Written? Kitten! aúna el amor institucional de Internet por los gatetes con los bloqueos literarios: si el autor es bueno y se aplica entregando un número de palabras, se le recompensará con un adorable minino. Con este sistema trabaja también 750 Words, que otorga puntos al que más trabaje y permite ver cómo lo llevan otros esforzados usuarios de la aplicación. OmmWriter provee músicas relajadas para poder escribir. Para aquellos que prefieren escribir una cafetería porque el silencio puede ser aún más alienante, Coffitivity ofrece un fondo sonoro que emula el tintineo de las tazas y el runrún de conversaciones. Songza va más allá y ofrece una paleta sónora con ritmos relajados a la carta.

Incluso Jonathan Franzen, probablemente el autor anglosajón que, en novelas como Libertad, más ha criticado la aceleración y lo fragmentado de nuestra cultura, intentó escribir en un ordenador que inhibía su conexión a Internet. Aplicaciones como AntiSocial bloquean las tentaciones de las redes sociales y otras, gratuitas, como SelfControl impide acceder a webs que distraen (hasta que el plazo expira, no puedes acceder a ellas incluso aunque reincides tu equipo; StayFocused, en la misma línea maraca el tiempo en 45 minutos al día). Todo sea por seguir en el día en el que es la máquina quien le dice al hombre: “Escribe, escribe, maldito”.

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