_
_
_
_
Migrados
Coordinado por Lola Hierro

El verdadero nombre de Drisse (I)

Lola Hierro
Drisse (a la izquierda) recién llegado a España. Era agosto de 2013. / Claudio Álvarez (El País)
Drisse (a la izquierda) recién llegado a España. Era agosto de 2013. / Claudio Álvarez (El País)

Drisse no es su verdadero nombre. Tampoco es de Chad, aunque eso diga en su orden de expulsión. Y durante muchos meses no quiso decir de dónde es ni cómo se llama porque no quería ser deportado a su país. Ahora, ya no importa.

Se le veía muy español tan solo 15 días después de haber llegado a Madrid. Me dio dos besos, uno en cada mejilla, cuando nos encontramos en la plaza de Lavapies. No teníamos ni un duro así que, en vez de irnos a tomar un café, nos sentamos en los asientos libres de la marquesina de autobús. Pero no pareció importarle, le vi contento. "¿Estás contento, Drisse?". "¿Sí, estoy muy bien, no debes preocuparte", me respondió con una sonrisa que reveló unos dientes blanquísimos. Eso y los ojos es lo único que tiene de color claro. Todo él es negro como la noche. Y es grande. Tan alto que me saca una cabeza y media, y yo no soy una mujer bajita. Además no está flaco, precisamente, ni gordo. Es un tío grande. En todos los sentidos.

El mismo día que llegó a Madrid, buscó amigos de su país. En Lavapies tiene muchos compatriotas, así que allí es donde le hice ir. Previamente le había recogido en la estación de autobuses de Méndez Álvaro, a donde llegó tras un viaje que duró toda la noche. Traía la bolsa del kit de náufrago que dan los de Salvamento Marítimo de Algeciras y 25 euros que recibió en la casa de acogida de la Cruz Roja de la misma localidad donde estuvo viviendo 10 días hasta que decidió venir a Madrid. Nunca olvidaré sus pintas. Los vaqueros no llamaban la atención, pero sí el jersey de rombos marrón y granate que le quedaba minúsculo, y bajo el cual asomaba una camiseta de baloncesto que tenía pinta de ser enorme. Colgando del cuello en pico del jersey, unas gafas tipo Warfarer con la montura de color azul clarito. Y de calzado, unas zapatillas Victoria de color gris.

De esa guisa llegó Drisse a Madrid, y así nos fuimos a desayunar un vaso de leche y un cruasán, que por cierto, me contó que en su vida los había visto y mucho menos probado. Era el 28 de agosto de 2013, el primer día de Drisse en Madrid y el día 42 en España, en Europa, la tierra que ha soñado con alcanzar durante los últimos tres años. La tierra prometida por la que ha vivido toda clase de calamidades.

La historia de Drisse se parece a la de tantos otros migrantes de países africanos que salen de sus casas con el objetivo de llegar a Europa y tener una vida mejor. Drisse dejó a su madre, su padre, dos hermanos y dos hermanas hace tres años. Partió rumbo a Marruecos, a donde llegó tras un año de camino. Allí las cosas no le fueron del todo bien. Vivió con otros chicos como él, llegados de todas partes de África, esquivando a la policía marroquí y sus palizas. Él no habla mucho de su etapa en Marruecos, pero sí cuenta que intentó hasta tres veces llegar a España en patera. Las dos primeras, su embarcación fue "rescatada" por las autoridades marroquíes, si por rescate se entiende que te detengan, te metan un furgón de cualquier manera y te dejen tirado en la frontera con Argelia o con Mauritania.

La tercera vez, fue la vencida. Se embarcó un 16 de julio de 2013 en una balsa hinchable precaria, de esas que usan los niños para jugar en la orilla del mar. Pero en la suya iban 10 hombres que no sabían nadar y que pretendían llegar a España. Pasó muchas horas en el mar, con un pie dentro del agua porque, de otra manera, no cabían. Remando y achicando agua al mismo tiempo. Pasando frío y viendo a sus compañeros vomitar dentro del bote. "Si lo hacían fuera, podíamos volcar", justifica él. Al día siguiente fueron encontrados por una patrulla de rescate de Salvamento Marítimo de Algeciras (Cádiz). Estaba salvado.

Las penurias de Drisse en España no tienen punto de comparación con las que pasó en África. Podía haber muerto en el agua, pero se embarcó igualmente. "¿No tenías miedo a morirte ahogado, Drisse?". "Sí, pero el mismo miedo me daba que la policía marroquí me matara cualquier día", responde muy tranquilo. En España, todo lo que le pasó por haber entrado ilegalmente fue un mero trámite para él. Primero fue conducido a las dependencias de la Cruz Roja, donde recibió una primera atención sanitaria. Sano estaba, así que le llevaron a la comisaría de Algeciras. Allí le tomaron sus datos (los falsos) y esperó hasta ser puesto a disposición judicial. El juez ordenó su ingreso en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Tarifa hasta que la policía hiciese las pesquisas necesarias para poder deportarle. Estuvo 20 días y le soltaron con una orden de expulsión. Y se fue al centro de acogida de la Cruz Roja, donde le conocí cuando andaba buscando testimonios como el suyo para escribir un reportaje para El País.

Drisse me contó su historia, igual que otros compañeros. Hicimos amistad y les dejé mi teléfono antes de despedirme de ellos. Unos días más tarde, ya en Madrid, me llamó. Me dijo que venía a la ciudad a buscar a un amigo y a vivir. Y unos días más tarde le tenía en la estación de Méndez Álvaro, con lo puesto y los 25 euros que algún voluntario de la casa de acogida le dio.

Drisse montó en metro por primera vez en su vida en Madrid, y no le gustó un pelo. De hecho, preguntó si era posible utilizar un autobús como el que le había llevado de Algeciras a Madrid para moverse por la ciudad. "Drisse, estás en una ciudad de casi cinco millones de habitantes con más de 300 líneas de autobús", le dije. Y decidió que aprendería a montar en metro. Otra nueva experiencia para él fue ir a cenar a un restaurante árabe. Le invité porque me chivó uno de sus amigos que no había comido en todo el día. Pero él se lo había callado. Nunca pide nada, para él siempre está todo bien. Le llevé y había una chica bailando una danza oriental. No daba crédito a lo que veía. La muchacha, vestida con un traje semi transparente, lleno de velos y moneditas que hacía sonar con el movimiento de sus caderas, le dejó boquiabierto. Le ofrecí salir a bailar con ella y casi le da un infarto. "¡No, por favor, no quiero, no digas nada!", me decía entre risas.

Juntos fuimos al centro de atención a migrantes subsaharianos Karibú, que tiene una fama muy merecida por su labor de ayuda e integración de estas personas. Pero estaba cerrado hasta el 3 de septiembre, y nos vimos en una situación complicada porque no sabía dónde cobijar a mi nuevo amigo.

Hasta aquí, la primera parte de la aventura de Drisse en Europa. El próximo miércoles 1 de octubre publicaremos la siguiente entrega con el desenlace de la historia.

Información relacionada:

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Lola Hierro
Periodista de la sección de Internacional, está especializada en migraciones, derechos humanos y desarrollo. Trabaja en EL PAÍS desde 2013 y ha desempeñado la mayor parte de su trabajo en África subsahariana. Sus reportajes han recibido diversos galardones y es autora del libro ‘El tiempo detenido y otras historias de África’.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_