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La adolescencia de las niñas Mei Ming

La primera generación de niñas chinas adoptadas por familias españolas alcanza la pubertad

Las cien primeras adoptadas llegaron a España en 1995.

Un documental ahonda en las preocupaciones y los miedos de estas adolescentes: seis de ellas hablan sobre sus vidas, recuerdos, proceso de adopción, sus orígenes o su integración

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Ana, de 14 años, fue adoptada a los diez meses.

“Me imagino que me abandonaron en una cestita, como en las películas… pero bueno, no todo es un cuento de hadas”. Esto conjetura Irene Rong, de sonrisa tímida, ante una cámara de vídeo. Irene, de 18 años, supo que era adoptada desde que tuvo uso de razón porque se daba cuenta de que sus rasgos faciales eran diferentes a los de su padre y su madre. Ella fue una de las 100 primeras niñas chinas adoptadas en España, en 1995, y la primera que llegó a Salamanca; también fue la que se intentaba redondear los ojos con los dedos ante el espejo cuando creía que nadie la miraba. Hoy, ya adulta, es la mujer que se siente tan orgullosa de sus orígenes como de su país de adopción y su familia.

El camino de Irene, que llegó a Salamanca con 17 meses, no ha sido fácil. Tampoco lo está siendo ahora el de esa primera generación de niñas chinas que salieron de los orfanatos en los noventa con destino a España y que hoy han llegado a la adolescencia, una etapa en la que surgen muchas preguntas –para las que no siempre hay respuesta– sobre el abandono que sufrieron, su proceso de adopción, la integración en su nuevo entorno, su doble identidad o su país de origen.

Seis de estas niñas se han puesto delante de una cámara para reflexionar sobre su experiencia y sus preocupaciones en el documental Generación Mei Ming: miradas desde la adolescencia, del director salmantino David Gómez Rollán. El trabajo permite conocer un pedacito de la vida de estas primeras niñas que hoy se enfrentan a un tránsito desde la pubertad lleno de interrogantes. “Tenemos un plus de dificultad en comparación con los que no son adoptados. Nosotros pensamos en nuestros orígenes, en por qué nos abandonaron… son preguntas que alguien que no ha sido adoptado no se plantea”, explica Irene.

España, con 18.000 menores de procedencia china, es el segundo país del mundo que más ha adoptado, la mayoría niñas. El auge se produjo en los noventa, doce años después de la implantación de la ley del hijo único en el país asiático, una medida de control de la población aplicada en zonas urbanas del país en 1979 con el fin de reducir el excesivo crecimiento demográfico. Esta norma conllevó un cambio en la planificación familiar de millones de personas y tuvo como consecuencia el abandono de miles de niñas cuando la familia buscaba tener un varón. El drama de los bebés dejados en estaciones, casas de acogida o en plena calle se conoció en España a través del documental Las habitaciones de la muerte, que retrata las condiciones de vida de estos niños en los orfanatos del país asiático. Y así comenzaron los españoles a adoptar en los últimos años del siglo XX y principios del XXI. En el año 2005, de los 5.423 menores que llegaron, 2.753 eran chinos.

Mei Ming (Sin Nombre) son las niñas de aquellos que abrieron el interés internacional por la adopción china. Las que sí salieron del país dejaron de ser Mei Ming para tener un nombre. “El documental las llama así como homenaje y recuerdo a todas aquellas que nunca pudieron dejar los orfanatos pero cuya visibilidad dio la oportunidad de que las demás si llegaran a salir y si tuvieran un nombre, una familia y una vida”, explica Gómez Rollán.

¿Cuáles son los principales problemas de una adolescente china? La inseguridad, la falta de autoestima y los ataques racistas, que suelen comenzar en la adolescencia. Estela, de 12 años y residente en un pueblecito vallisoletano de 300 habitantes, tuvo problemas al entrar en el instituto el curso pasado. “Había un niño que iba a por ella. La llamaba puta china y le decía que se fuera a su país”, recuerda su madre, Mariví. “Cuando me rechazan por el hecho de ser china me afecta, me duele que solo por eso no me vayan a aceptar”, dice la adolescente. “Que te llamen china no es un insulto, pero te lo dicen como si lo fuera”, lamenta Irene.

“De china tengo los ojos pero no tengo el idioma, y de España tengo el idioma pero no tengo los rasgos, así que soy rara en todas partes”, sentencia Marina, sevillana de 17 años. Todas las protagonistas del documental desearon, en algún momento de su vida, parecerse al resto de niños de su entorno para no llamar la atención, pero los ojos rasgados y la melena negra y lacia las delatan. Aquí entra el trabajo de los padres para lograr que sus hijas mantengan una buena autoestima y se acepten.

La ayuda de los progenitores, sin embargo, es finita. “Es difícil protegerlas, igual que a cualquier otro hijo. Hay que hablar con ellas, darles herramientas para que se acepten y hacer que siempre tengan muy claro cómo fue su proceso de adopción, que no tengan que descubrir nada fuera de casa”, afirma Ángel González, padre de Irene Rong y presidente de la Asociación Nacional de Defensa del Niño (Andeni). No siempre es sencillo porque en el caso de los bebés chinos, se suele disponer de muy poca información: de Irene solo se sabe que fue abandonada a los 52 días en la puerta de un orfanato; Ana Ling, santanderina de 14 años, sabe que sus padres la recogieron en otro a los diez meses, y Estela que es de la etnia han –mayoritaria en el país– y que cuando la abandonaron iba cubierta con una manta roja, color de la fortuna. “Supongo que me la pusieron para que me diera suerte”, dice la niña.

A las dificultades propias de la adolescencia se suma, generalmente, que los padres llegan a esta etapa de las vidas de sus hijas igual de perdidos que ellas. “Mucha gente tiene miedo a adoptar porque cree que cuando los niños se hagan mayores querrán marcharse a buscar a sus padres biológicos en su país y se olvidarán de su familia de aquí”, asegura el director del documental, que además tiene una hermana china de 10 años, también adoptada. Pero no hay nada más lejos de la realidad. “A veces he pensado que estaría mejor en China, pero no puedo saberlo; allí no tendría familia, no tendría el amor que tengo de mi madre…”, reflexiona Estela a sus 13 años. “No me siento adoptada, mis padres son mis padres sin ninguna etiqueta”, indica Irene en el documental. “Los padres biológicos que están en China sí que la tienen; no los conozco y no forman parte de mí”, asevera.

Los niños ya no vienen de China

El mayor número de adopciones de niños chinos en España tuvo lugar en 2005: de 5.423 menores, 2.753 provenían de este país. El año siguiente las cifras comenzaron a bajar gradualmente, coincidiendo con la decisión de Pekín de restringir las adopciones. En 2012, último año del que se disponen datos, llegaron a España 447 niños chinos, según el ministerio de sanidad. “Su descenso se debe al aumento progresivo y considerable de los tiempos de espera, que según la Asociación para la defensa del niño (Andeni) está en torno a los siete años, y a los nuevos requisitos para los solicitantes que entraron en vigor el 1 de mayo de 2007.

Ahora, quien quiera adoptar un menor chino, tendrá que tener pareja, pues no se aceptan familias monoparentales, demostrar que su nivel de estudios está por encima del bachillerato o equivalente, que dispone de unos ingresos anuales mínimos de 10.000 dólares por cada miembro de la unidad familiar más el futuro adoptado, o que no padece ciertas enfermedades o discapacidades.

La clave para que las niñas acepten su proceso de adopción como algo natural es decirles siempre la verdad desde el principio, pero en función de lo que puedan entender. “Con tres años, Irene tuvo un berrinche gordísimo porque vio una foto de mi mujer embarazada de nuestra hija mayor y ella quería la misma foto”, explica Ángel. “Ahí le contamos una parte de su historia, la que puede entender una niña de su edad”.

El documental Generación Mei Ming ha sido presentado en Salamanca, Madrid, Valencia, Extremadura y Gijón, y su director planea llevarlo en los próximos meses al resto de provincias. La sorpresa ha sido encontrarse con que la cinta no solo está dando respuesta a muchos interrogantes que tienen las pequeñas; también ha abierto las vías de comunicación entre padres e hijas. Las niñas ven que esos problemas que creían solo suyos son compartidos por muchas otras adolescentes, que no están solas y que es normal plantearse esas preguntas. “A mí me hubiese encantado tener una referencia cuando era más pequeña, creo que ayudamos a que otras chicas se abran y hagan preguntas a sus padres”, afirma Ana Ling.

Los cabezas de familia, por su parte, pierden el miedo a hablar con sus hijas sobre sus orígenes. “Muchos padres me comentan, tras ver el documental, que no sabían que sus hijas estaban dándole vueltas a cosas como saber más de dónde proviene”, indica el director de la cinta. “Ahora hay más comunicación”.

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