Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete

El dinero que se da, vuelve

Muchos Gobiernos se han escudado en la crisis para recortar en cooperación

Los analistas advierten del error: esa ayuda revierte en el donante y es decisiva para afrontar retos como la gestión migratoria o el cambio climático

Unos escolares descansan entre clases en una escuela del norte de India.

Pasa siempre en los últimos tiempos en los debates sobre el compromiso de los Estados económicamente avanzados con la ayuda al desarrollo. De repente, alguien se levanta y pide que se mire primero a la pobreza en casa antes de gastar recursos fuera; que se atiendan las necesidades de la población nacional ante los recortes a las prestaciones sociales mermadas por las políticas de austeridad. Ocurrió también el pasado miércoles en Madrid durante una charla sobre el futuro de la ayuda oficial al desarrollo organizada por la ONG Oxfam Intermón (OI). Al término de la mesa redonda hubo una intervención desde la platea que planteaba precisamente mirar puertas adentro, a los nuevos pobres que cinco años de crisis económica han creado. “Es un argumento falaz porque lo que se dedica a la ayuda al desarrollo no comporta ningún desgaste en ningún presupuesto de ningún país, y en cambio en otros lugares significa la diferencia entre la vida y la muerte. En el déficit el 0,3% del PIB no marca la diferencia”, replica José Antonio Sanahuja, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y vicepresidente de REEDES, la Red Española de Estudios del Desarrollo. Es, sin embargo, un discurso con el que han coqueteado muchos Gobiernos, olvidando a menudo sus compromisos internacionales.

En 2012, los últimos datos disponibles, la aportación total de los miembros del Comité de Ayuda al Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos bajó en un 4% con respecto a 2011, una media del 0,29% de su Renta Nacional Bruta (RNB). Pero en ningún otro país ha habido un recorte comparable al de España, que ha reducido su partida de cooperación un 70% desde 2008 —dejándola en un 0,17%, muy por debajo del objetivo del 0,7% que se tenía que haber alcanzado en 2012— y ha adelgazado significativamente la dotación financiera para ayuda humanitaria y para las operaciones de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), como detalla el último informe de OI sobre la Realidad de la ayuda.

¿Cuál es el futuro de la ayuda oficial al desarrollo en un contexto de crisis? Y, más allá de la coyuntura económica, ¿cuáles son los nuevos desafíos a los que la cooperación se enfrenta en un mundo en cambio? Lo primero, según los expertos que participaron en el debate del miércoles en Madrid, es que se entienda que la ayuda no es solo en beneficio de los países receptores. “Cuando nos preocupamos por los pobres es porque realmente estamos preocupados, pero además porque hacerlo es por nuestro propio interés”. Así lo dejó claro Simon Maxwell, investigador del Overseas Development Institute, centro de referencia en los estudios sobre políticas de desarrollo, quien sostiene que, ante retos como el cambio climático o la gestión de los fenómenos migratorios, la ayuda es un instrumento clave para abordar problemas que tienen repercusiones directas también en los países donantes. En esa línea se ha movido en los últimos años el primer ministro británico, David Cameron, quien, a pesar de la oposición interna de miembros de su propio partido, se negó a cortar la AOD y, en los presupuestos para 2013, la elevó incluso hasta el 0,7% de la RNB, considerándola una partida importante de sus políticas globales. A aquél que le recordaba la austeridad aprobada en casa, el líder conservador le replicaba que los pobres del mundo “no pueden esperar” a que los países ricos pongan sus finanzas en orden.

Pero es un mensaje difícil de transmitir en épocas de crisis y más cuando recortar en ayuda no parece tener coste político. Y esto a pesar de que, al menos en España, el apoyo declarado por la ciudadanía a la cooperación sigue siendo mayoritario. Según una reciente encuesta de Metroscopia, para el 81% de los españoles la ayuda a los países pobres es un deber moral y un 50% cree que se debería mantener sin cambios. “Una cosa es estar a favor del apoyo a los desfavorecidos y otra cosa es movilizarse. La lectura que hacemos desde las ONG es que nos encontramos en un momento de restricción de los derechos de todos y esto se coloca en un segundo escalón detrás de otros problemas más importantes para la población”, afirmó en el debate Jaime Atienza, jefe de campañas de Oxfam Intermón. “Deberíamos recuperar el espíritu de la movilización de 1994 para promover el 0,7% —añadió—. Pero no podemos pretender una movilización exclusiva o que esto esté en el mismo orden de prioridades”.

“Se puede estar a favor si lo que se plantea es una pregunta general sobre la cooperación. Pero si se habla de prioridades la respuesta no es la misma”, afirmó Javier Hernández, subdirector general de Políticas de Desarrollo del Ministerio de Exteriores. “En España, la ciudadanía no tiene asumido el concepto de ayuda al desarrollo como interés propio. No se entiende que la cooperación es también en nuestro beneficio”, añadió.

Para Maxwell el asunto no es la falta de comprensión por parte de la ciudadanía. “En Reino Unido, decimos que el apoyo es ancho pero no profundo. Pero hay tres cuestiones importantes. Una es el liderazgo: hacen falta líderes que puedan cambiar la narrativa. Luego, necesitamos apoyo público y que la narrativa sea optimista. Un problema sin soluciones no anima a nadie”, comentó. ¿No es el recorte de la ayuda en España una muestra de falta de liderazgo? Para Fernández “hay voluntad política del Gobierno” de recuperar la ayuda al desarrollo. “Esperemos poder hacerlo a partir de 2015”, dijo.

Para convencer de la necesidad de la ayuda hay también que mirar a cómo emplearla en el futuro de forma eficaz y reconocer los logros que se han conseguido. Como el hecho de que la pobreza absoluta se ha reducido en un 1% cada año desde los años noventa. Un dato mencionado por Erik Solheim, director del Comité de Ayuda al desarrollo de la OCDE, entre los que demuestran los progresos hechos en el desarrollo en tan solo una generación. Pero, lo conseguido no basta y, según Solheim, hay tres vertientes en las que se tiene que trabajar. La primera es tener en cuenta que, con respecto a lo que pasaba hasta hace unos años, ahora hay una multiplicación de actores: además de la sociedad civil y de las ONG que tienen un papel cada vez más importante, hay otros actores en la escena internacional, como China, Brasil, Turquía o México. “Ya no están solo el norte de América o la UE”, apunta. Luego, la ayuda tiene que tener un poder catalizador, acelerar procesos virtuosos en los países recibidores, como la mejora de sus sistemas de recaudación fiscal. Y, por último, está la inversión del sector privado. En este caso para Solheim, no se trata solo de invertir dinero sino de “transferencia de tecnología, de conocimientos”.

Si todos los expertos coinciden que un papel del sector privado será fundamental en el futuro, también reconocen que su papel puede ser complementario, pero que no puede sustituir el de los Estados y de la sociedad civil. “Hay problemas que aún no se pueden plantear desde un punto de vista empresarial”, comentó María Escorial, profesora en el Instituto de Empresa. También hay que tener en cuenta, según la experta, que hay iniciativas a largo plazo que siempre necesitarán ayuda pública porque no resultan rentables para el sector privado. En el caso español, por ejemplo, “las empresas se centran más en proyectos concretos que en una política general que tenga un impacto social en el país recibidor”.

Un médico comunitario vacuna a una madre y su hijo en Mongolia, dentro de una programa de salud maternal y posnatal.

Pero todo este debate no tiene que hacer olvidar, según Maxwell, que hay aún situaciones en algunos países donde lo que hace falta es abordar lo básico: tener seguridad alimentar, vacunar a los niños... “En Reino Unido el Estado gasta entre 12.000 y 15.000 dólares al año (entre 8.700 y 10.885 euros) por persona. En algunos países africanos esta cifra es menos de 150 dólares (108 euros). No hay dinero. Y allí la ayuda oficial juega aún un papel fundamental”.

Y luego, no todo se resuelve en la ayuda económica ni en la transferencia de tecnología y medios. Valentina González, directora de la ONG colombiana Casa Amazonia, “la ayuda es también respaldo político a movimientos sociales que no prosperarían sin ella. Es apoyo político a cuestiones de Derechos Humanos, es intervenir donde el Estado no llega”.

Más información