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EDITORIAL

Y van 55 años

Raúl Castro sabe que el discurso revolucionario cae en saco roto ante el fracaso del régimen

El pasado 1 de enero, 55º aniversario de la revolución cubana, Raúl Castro quiso alertar a sus compatriotas del gran peligro que les acecha: una “campaña de subversión político-ideológica” orquestada “por poderosas fuerzas dentro y fuera” de la isla, con el objetivo de desmantelar el régimen, “negar la vitalidad de los conceptos marxista-leninistas” y sembrar “pesimismo con respecto al futuro”.

La advertencia fue tan gratuita como inútil: nadie hay más consciente del fracaso de la revolución que los propios cubanos, que sufren la dictadura más longeva del planeta después de la de Corea del Norte. Pero el discurso sirvió para poner de manifiesto, una vez más, el cinismo de unos dirigentes parapetados en una retórica hueca.

Cuba tiene que importar la mayor parte de los alimentos y es un país que se mantiene a flote gracias al petróleo regalado por Venezuela, como antes dependió de la Unión Soviética (los expertos cifran la ayuda inyectada por Moscú en 65.000 millones de dólares). En bancarrota, y ante el temor a un estallido social, Raúl Castro ha ido aplicando con cuentagotas una serie de reformas para “actualizar” —dicho en sus términos— el modelo político, desde que su hermano Fidel le entregó el poder en 2008. Los cubanos ya pueden viajar al exterior y vender y comprar casas y vehículos (el viernes se levantaron las restricciones para los automóviles importados, que comercializa el Estado al doble de su precio original).

Las reformas han dado un respiro, pero sus efectos son limitados. Se ha enfriado el entusiasmo que provocó en 2011 la autorización para ejercer oficios por cuenta propia, como única salida para adelgazar la inflada plantilla estatal. Los 440.000 registrados en esa modalidad apenas suponen un 9% de la fuerza laboral. En un país donde el sueldo mensual medio ronda los 15 euros, no hay mucho terreno para que prospere el sector privado. Este año el Gobierno pretende aprobar medidas para impulsar la inversión extranjera y para ir liquidando el aberrante sistema que paga los salarios en una moneda débil y vende los productos en otra 20 veces más fuerte.

Las jóvenes generaciones, cada vez más frustradas, no atienden a las consignas vacías. Para ellas, la única “actualización” posible del modelo es su disolución. Los Castro lo saben. Simplemente, no quieren verlo en vida.