COLUMNA

Dieta y tentación

Los que no conocen el menú mediterráneo desconocen que lo mejor de nuestra dieta es que de vez en cuando nos rendimos

Imagen de una de las hamburgueserías gourmet abiertas recientemente en Madrid. / Samuel Sánchez

Este artículo consta de dos partes bien diferenciadas y un sutil hilo que las une. Lo advierto para aquellos que piensen que la relación entre una parte y otra está traída por los pelos. ¿Y?

1) Está ese individuo con mala baba que después de soltarte una grosería se apresura a darte una palmadita en el hombro y te dice, “¡pero que era broma!”. No solo te ofende sino que te acusa de carecer de sentido del humor. Así ocurre en algunas ocasiones con ciertos personajes que se presentan a sí mismos como humoristas. Si uno escribe un artículo en The Wall Street Journal que lleva por título, Our Inalienable Right to Snarf Junk Food (Nuestro derecho inalienable a atiborrarnos de comida basura) y lo firma como Joe Queenan, escritor y humorista, está sin duda protegiéndose de aquellos lectores que puedan considerarle un ignorante sin ninguna gracia. Como en algunos asuntos confieso que carezco de sentido del humor, lo primero que se me vino a la cabeza cuando leí su columna fue el verso machadiano, “desprecia cuanto ignora”. La de Queenan es una broma muy manida entre aquellos a los que se les llena la boca con la palabra libertad cada vez que se habla de instruir a las familias para que alimenten bien a sus hijos. Son esos mismos que apelan a la libertad para defender que cada cual se financie su propio sistema de salud cuando sobrevengan la diabetes, la obesidad o las enfermedades cardiovasculares. ¿Eligen los pobres ser obesos? Leyendo la diabólica manera en que esa comida está preparada para convertirse en adictiva, una se da cuenta de que no existe tal libre albedrío. Al señor Queenan le da miedo, si el Gobierno “comunista” de Obama impone una monacal dieta mediterránea, verse privado de la sagrada libertad de engrasarse los labios en Hooters, ese lugar lleno de ceporros que quieren comer alitas de pollo servidas por señoritas con unas tetas como globos. Para rematar esta tronchante columna, el humorista aventuraba que quizá si la gente en España se llenara la boca de comida basura no tendría el 27% de paro. ¡Festival del Humor!

Es una tortura. Déjalo ahora que estás a tiempo”, dijo Philip Roth a un camarero que le enseñó su novela

2) Los detractores de la dieta mediterránea no saben que las comidas tienden al remate marinero: unos cuantos barquitos de pan en el plato para apurar el aceite. La crueldad del humorista era expresada en The Lancet de esta otra manera: “Los españoles están azotados por la crisis pero tienen la esperanza de vida más alta de Europa”. Los nihilistas argumentarán, “¿para qué vivir más?”. Por desgracia, el nihilista español da el coñazo durante más años que el nihilista americano, que muere en la flor de la vida con la cabeza hundida en un Big Mac. Los que no saben de qué va esto del menú mediterráneo desconocen que lo mejor de nuestra dieta es que de vez en cuando nos rendimos a las tentaciones. Mi tentación no es exactamente una hamburguesa sino los bagels con queso crema y salmón de los delis. Un bagel es ese bollo que pasadas cinco horas está duro como una piedra. Uno podría suicidarse atándose un bagel al cuello y tirándose al Hudson. Por ejemplo. Mi lugar favorito para esta tentación es el Barney Greengrass, sobre el que ya he escrito en otras ocasiones pero que siempre ofrece nuevas y jugosas historias. Los camareros tienen a gala ser un poco bordes como prueba de autenticidad —al estilo de los camareros de La Mallorquina, en Madrid— pero a mí siempre me tratan como a una reina. Uno de ellos, Julian Tepper, es un joven escritor que hace un año me dejó las galeradas de una novela, Balls, llamada así porque trata de un hombre que tiene cáncer en un testículo. Ahora publica la segunda, pero hace unos meses fue el protagonista de una anécdota que transpasó las fronteras del viejo Barney’s hasta llegar a las secciones de Cultura de periódicos europeos. Julian contó en la revista The Paris Review cómo Philip Roth, cliente de la casa, apareció un mediodía para comerse sus habituales huevos revueltos con salmón, cebolla y bialy, otro bollo parecido al bagel. El camarero Julian, admirador de Roth, hizo acopio de valor y se atrevió a darle una copia de su libro. “Balls”, dijo Roth, “no sé cómo no se me había ocurrido a mí”. Dicho esto, trató de disuadir al joven de dedicarse a la literatura. Le describió el futuro que le esperaba como un infierno en el que la mayoría del material se desecha porque no es suficientemente bueno. “Una tortura. Ahora que estás a tiempo”, le dijo, “déjalo”. La crónica de Julian se reprodujo de esa manera vírica e incontenible que provoca la red y acabó en las páginas de The Guardian. Incluso hubo alguna escritora, como Elisabeth Gilbert, que ironizó sobre las exageradas palabras con las que el maestro describía al alumno los sinsabores del oficio. Por fortuna, las palabras de Roth no hicieron mella en este joven atractivo y entusiasta que podría escribir mil historias sobre la peculiar clientela de Barney’s si no fuera porque el dueño quiere que los clientes sigan teniendo en este pequeño comedor un lugar en el recogerse y llenar el estómago con sopas de pollo y pescados ahumados que protegen contra el frío extremo del invierno. Comida grasa, rotunda, pero no basura. La comida de los inmigrantes de Europa del Este. La de los antepasados de Roth, a la que el viejo e iracundo escritor es fiel.

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