TRIBUNA

China: certezas, enigmas y retos de un Congreso

Lo importante es si la nueva dirección china será capaz de hacer frente a los desafíos

Hoy comienza oficialmente el 18º Congreso del Partido Comunista Chino (PCC). Cada 10 años corresponde cambiar al secretario general y al número dos del partido, y esta vez toca. Hu Jintao dejará su puesto a Xi Jinping, que será elegido en marzo presidente de la República, mientras que Wen Jiabao cederá su cargo a Li Keqiang, destinado a ser primer ministro dentro de cinco meses, cuando se reúna la Asamblea Popular Nacional.

Esta es una de las pocas certezas del congreso, junto con el hecho de que las rencillas entre las diferentes facciones del PCCh han sido particularmente intensas. Como es sabido, las dos facciones principales son el grupo procedente de la Liga de la Juventud Comunista (Hu Jintao, Wen Jiabao, Li Keqiang, etcétera) y la tendencia de los red princelings (los “pequeños príncipes”, hijos de dirigentes históricos del partido: el expresidente Jiang Zemin, Xi Jinping, el secretario del PCC en Shanghái, Yu Zhengshen, etcétera). Esas pugnas se han acentuado en 2012, con los casos Bo Xilai (el más divulgado por la prensa), Xi Jinping (la agencia Bloomberg estimó en junio las inversiones de su familia en 376 millones de dólares) o Wen Jiabao (The New York Times desveló a finales de octubre que la fortuna de sus parientes podría rondar los 2.700 millones de dólares). Tales casos de corrupción o nepotismo han demostrado que esos males no afectaban únicamente a cuadros intermedios del partido, como se repetía sin cesar desde las alturas, sino también a los máximos dirigentes.

Pero, aparte de esas dos cosas, poco sabemos de los resultados del congreso. Lo que no deja de ser curioso porque los congresos celebrados en regímenes de partido único han sido casi siempre bastante predecibles. Los enigmas esta vez son muchos. Para empezar, se rumorea que el Comité Permanente del Buró Político podría pasar de nueve a siete miembros. Las quinielas sobre quienes serán esos siete magníficos parecen indicar que Jiang Zemin, de 86 años, habría ganado la partida a Hu Jintao, de 69. Esto es, los defensores del crecimiento económico a toda costa y del férreo mantenimiento del orden político se habrían impuesto a los pragmáticos tecnócratas, que quieren cambiar el modelo económico para hacerlo más sostenible, y han defendido, aunque hasta ahora solo de palabra, una tibia apertura política. En las diferentes listas que circulan, las que parecen más probables son de 4-3 o incluso 6-1 a favor de Jiang Zemin.

Un segundo enigma es si Hu Jintao seguirá encabezando durante un par de años más la poderosa Comisión Militar Central del PCCh, lo que continuaría la tradición. Pero se cree que Xi, envalentonado por los éxitos de su padrino Jiang, desea también ese puesto. Un tercer interrogante es si se eliminará el pensamiento Mao Zedong de la constitución del partido, aprovechando la caída en desgracia del izquierdista, conservador y maoísta Bo Xilai.

Pero lo realmente importante es si la nueva dirección será capaz de hacer frente a los importantes retos que tiene por delante. Entre ellos, destacan la desaceleración económica y el imperativo cambio de modelo, desde la inversión y las exportaciones hacia el consumo interno. Otro reto es la demografía. Si la política del hijo único no cambia en el propio congreso o poco después, China corre el riesgo de hacerse vieja antes de hacerse rica. La población en edad de trabajar está ya disminuyendo mientras que la tasa de dependencia (dependientes en relación con esa población) empieza a crecer. Es imprescindible un golpe de timón al respecto.

Un tercer reto es el de los problemas medioambientales, que son gravísimos y que, y esto es una novedad, hacen protestar a la cada vez más numerosa clase media, como se vio en Ningbo, al sur de Shanghái, en octubre, ante los planes de expandir una planta petroquímica.

Un desafío adicional es terminar la disputa con Japón sobre las islas Diaoyu o Senkaku y, sobre todo, convencer a EE UU de que China no será una amenaza militar, con el fin de que termine la contraproducente política de contención, acentuada con el giro del Pentágono hacia el Pacífico.

Finalmente, la ausencia de libertades públicas y de un sistema judicial independiente son rémoras cada vez más difíciles de mantener a medida que China se acerca al umbral de renta per capita a partir del cual la democratización empieza a ser, socialmente, una clamorosa exigencia. El PCCh no debería tener tanto miedo a la apertura política. Al fin y al cabo, el Kuomintang, en Taiwán, ha gobernado 18 años de los 26 de democracia. Y los dirigentes actuales de China, por mucho que el régimen sea caduco, no están exentos de algún que otro mérito.

Pablo Bustelo es investigador principal de Asia-Pacífico en el Real Instituto Elcano.

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