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EDITORIAL

Los que se van

Tras la estadística no se ven señales políticas para frenar la salida masiva de ciudadanos

El frenazo de la actividad económica, con un empobrecimiento general y un desempleo masivo, se está traduciendo en una pérdida de capital humano que, como muestran los datos del Instituto Nacional de Estadística, empieza a ser de amplias dimensiones. Aun no siendo comparables las cifras, dado que a mediados del siglo pasado la población española era muy inferior a la actual, lo cierto es que entre 1950 y 1973 abandonaron España en busca de trabajo un millón y medio de personas. Ahora el ritmo es mucho más rápido: solo desde el 1 de enero de 2011 son ya 927.890 los ciudadanos que han emigrado. Detrás de tales cifras hay muchos extranjeros que retornan a casa, pero también no pocos españoles: 117.000. Algunos de esos movimientos se deben sin duda a la mayor movilidad actual, pero los datos confirman una tendencia preocupante por cuanto reflejarían una emigración obligada por unas circunstancias adversas.

La descapitalización es evidente. El perfil del nuevo emigrante es el de un adulto de entre 28 y 45 años que elige por destino Reino Unido, Francia, Alemania, EE UU y algunos países sudamericanos. No hay datos sobre el nivel educativo de los que se van, pero dado el alto nivel medio de la actual población española, los expertos consideran que hay entre ellos muchas personas de alta cualificación. Son ciudadanos, en definitiva, que aplicarán los conocimientos que adquirieron aquí —y cuya formación ha sido sufragada en gran parte por los contribuyentes— en un país distinto del suyo. Solo su incierto retorno en el futuro cerraría el círculo positivamente. De momento, lo que se produce es una transferencia perjudicial para nuestros intereses, que solo se compensa en el medio plazo a través de las remesas migratorias.

El impacto demográfico de la nueva coyuntura es la primera reducción en términos absolutos del censo de población. En la última década, España ha sido el destino favorito de la inmigración hacia Europa: este país ha llegado a recibir a 700.000 extranjeros en un solo año. A pesar de las críticas hacia el efecto llamada y el aumento de la xenofobia, lo cierto es que la inmigración ha sido un factor determinante en el crecimiento económico español de los últimos años y en el aumento enriquecedor de la diversidad. Su marcha es un drama humano, pero también un termómetro preciso de la falta de oportunidades.

Era previsible que una crisis como esta expulsase a los ciudadanos no ya del mundo laboral, sino fuera de nuestras fronteras. Pero el fenómeno se está acelerando. Con menos adultos —nacionales o extranjeros— en edad de trabajar, las cotizaciones para el sistema de protección social se tambalean y al empobrecimiento actual es probable que le aguarde más empobrecimiento. Tras las estadísticas oficiales no se aprecia, sin embargo, señal alguna de un plan para frenar en lo posible una diáspora tan preocupante.

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