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sábado, 31 de diciembre de 2011
Reportaje:

Letizia después de Urdangarin

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Sus orígenes, su preparación intelectual, su abuelo, su carácter, su masa muscular, sus tensiones emocionales, el complicado encaje en la familia. los periodistas no han dado tregua a la princesa hasta que el 'caso Urdangarin' ha sido ineludible incluso para la prensa rosa más amable. La escritora Elvira Lindo relata sus encuentros con esta exprofesional del periodismo, obsesionada con el cumplimiento de la tarea que desempeña desde mayo de 2004

El día 1 de noviembre de 2003, la Casa del Rey anunciaba por sorpresa el compromiso del príncipe Felipe con la periodista Letizia Ortiz. A mediados de diciembre del mismo año, este periódico decidía quiénes serían los dos personajes del año: Sadam Husein y la futura princesa. Sadam pasó a la historia y a la posteridad de manera violenta; Letizia pasará a la historia, si el sistema de nuestro país no se resquebraja, como reina de España. El periódico encargó para su especial fin de año a quien esto escribe una semblanza sobre la prometida del Príncipe. La tarea no resultaba sencilla: el entramado protocolario de La Zarzuela había blindado la relación de Letizia Ortiz con la prensa. Imposible de cualquier manera acceder a la futura princesa que, desde el anuncio de su compromiso, había abandonado su piso del barrio de Valdebernardo y estaba ya viviendo en el palacio. Por otra parte, era sin duda estimulante ponerse a la tarea de reconstruir la vida de esta joven profesional a la que los monárquicos tradicionalistas habían descrito desde un primer momento como la mujer menos adecuada para acompañar al Príncipe en un proyecto sentimental que, por su rara naturaleza, nunca puede excluir los compromisos de Estado.

Enternecía su empeño en que sus apariciones fueran productivas. le frustraba que solo se apreciara el modelito"

Alguna vez nos criticarán y tendrán razón", dijo el príncipe, más sereno ante las reacciones de la opinión pública

En su presentación a la prensa le dijo al príncipe: "déja-me hablar". fue la última vez quereclamó pública-mente la palabra

Fueron muchos los artículos que leí. Algunos podían alcanzar la denominación de libelos, por no ser más que un encadenamiento de insultos que amparaban su tono denigratorio en una especie de sapiencia monárquica, que en España, donde hay un rey sin corte y donde la monarquía tuvo que reinventarse con la llegada del régimen democrático, resultaba ridícula. Los expertos torcían el gesto ante la llegada a la familia real de una chica sin experiencia aristocrática y con un divorcio a sus espaldas; por su lado, los informadores maledicentes, esos que todo lo saben, aportaban ese tipo de datos íntimos que solo buscan mancillar la imagen de una persona. Letizia y su pasado: las historias oscuras de su tiempo en México, de su matrimonio fracasado, de otros posibles amantes. Letizia y su familia: el acoso a los abuelos maternos por el simple hecho de que fueran personas humildes, o el cerco a su madre y sus hermanas, que como hemos podido comprobar (incluyendo el episodio trágico de la muerte de su hermana) jamás buscaron sacar provecho de su repentina y no buscada notoriedad. Había, según algún conocedor de ese cogollito endogámico que constituye la aristocracia española, un clamor de indignación materna por no entender que el Príncipe hubiera puesto los ojos en una joven de la clase media.

Por suerte, en aquel diciembre de 2003, Letizia acababa de abandonar la vida periodística y era relativamente sencillo charlar con personas que la hubieran tenido por amiga o compañera. Sus colegas me ayudaron a construir el retrato creíble de una mujer que podía ser cualquier mujer de su entorno profesional: perfeccionista, periodista vocacional, obsesiva con el trabajo, ambiciosa, algo nerviosa, despierta, con una franqueza que en ocasiones podía resultar cortante, y esa entendible vulnerabilidad de las mujeres guapas que se pasan la vida esforzándose en demostrar su inteligencia.

Aquel retrato vio la luz en un día como hoy. Por supuesto, a la carcundia que la rechazaba por razones de clase no le gustó ver reflejados por escrito los motivos de su descontento, y de la progresía de aire republicano recibí alguna carta en la que me expresaban su sorpresa por no haber sospechado jamás que yo fuera capaz de sentir simpatías hacia la Monarquía. Ay, España. Todo ello por no hacer un retrato amargo, sarcástico o denigratorio de la joven novia del príncipe Felipe, sino, creo, ajustado a la verdad.

A quien sí debió de agradarle fue a la propia Letizia, que, a través de una colega de televisión, me hizo llegar un mensaje de agradecimiento. El mensaje se materializó en una cena que tuvo lugar en el piso que la historiadora y académica Carmen Iglesias, profesora del Príncipe, tiene en el corazón del Madrid de los Austrias. Ahora no es un secreto, entonces sí. La prensa del corazón rastreaba con celo de sabueso los pasos de los novios, y cuando llegamos a la cita ya había dos paparazi haciendo guardia enfrente del portal. De aquella velada, tan astutamente propiciada por Iglesias, ha quedado el recuerdo del envaramiento inicial, que se fue diluyendo poco a poco hasta alcanzar una naturalidad en la cena que ni mi marido ni yo hubiéramos sospechado. Cuando cruzábamos la ciudad de regreso a casa, compartimos, supongo que con algo de inocencia por nuestra parte, una misma sensación: la de haber creído tener ante nosotros a dos personas que se quieren pero que van a ser para siempre prisioneros de un destino que escriben otros.

Letizia pudo apreciar la dimensión que adquiriría cada una de sus palabras a partir del primer encuentro con la prensa: aquella mañana en que se oficializó el noviazgo, se enseñaron los regalos del prometido a la prometida y viceversa, y en la que la novia, con un grado de naturalidad que luego sería borrado en sus comparecencias públicas, le dijo al Príncipe aquella frase tan común en cualquier pareja y tan extraordinaria entre parejas reales, "déjame hablar". Fue la última vez que Letizia reclamaría públicamente la palabra. No sabemos si de forma traumática o progresiva, aquella joven profesional que hablaba a diario para millones de espectadores aprendió a ser consorte silenciosa en la vida pública, con el sacrificio que eso conlleva para quien disfruta dando su opinión.

La siguiente vez que tuve la oportunidad de ver a la pareja fue en Nueva York. En realidad, los había visto antes, el día de su boda, pero, como todo el mundo sabe, las bodas reales se disfrutan mucho más por televisión. De aquella jornada conservo una imagen de ellos no mayor al tamaño de esos novios de plástico con el que adornan en las pastelerías el piso más alto de la tarta nupcial.

Tras un año de matrimonio, los Príncipes realizaron su primer viaje a Estados Unidos e hicieron acto de presencia en una gala en el Waldorf Astoria, en el Cervantes y en la ONU. Era enternecedor el empeño que Letizia ponía en que sus encuentros fueran productivos y profesionales, y cómo se frustraba al ver que la prensa solo apreciaba el modelito que había elegido para cada evento. Sospecho que ese desencuentro con quienes la juzgan siempre ha sido un motivo de disgusto para ella. Aquellos que valoran su presencia comparándola con una esclava de la moda como es Rania de Jordania no demuestran mucha perspicacia calibrando qué tipo de mujer es la princesa Letizia. Su manera de vestir es la de alguien para quien la ropa está al servicio de los acontecimientos. Sin más. Aunque no deja de ser evidente que durante estos años sí se ha preocupado por suavizar los rasgos angulosos de su rostro, acentuados por una extrema delgadez propia de las personas de carácter nervioso.

Cuando la periodista Letizia le dijo a su prometido "Déjame hablar", lo que deseaba era expresar ante los periodistas su admiración hacia la Reina, la figura que ella había decidido tomar como ejemplo. Hay algo que ha debido aprender de la que (si ocurre como está previsto) será su predecesora: a callar sin que parezca que está callada, a callar de tal manera que dé la impresión de que está interviniendo, a callar manteniendo la sonrisa y el gesto de interés, a callar y a reservarse su opinión para espacios muy íntimos.

Un sábado de aquel viaje a Nueva York, la pareja de príncipes fue a Broadway a ver uno de los clásicos, La calle 42. El frío inconsolable del aire acondicionado del teatro les expulsó a mitad de la obra y fue entonces cuando me sonó el móvil. A la salida, por cierto, del estreno de La mala educación, de Almodóvar. Nos podíamos encontrar, propusieron, para tomar algo. Como en aquella ciudad no somos nadie, como tampoco sabemos cómo se hace eso de reservar una mesa para los Príncipes de España, optamos por ir al mismo restaurante al que vamos y al que popularmente se va a la salida del Lincoln Center, Fiorello's. Sí, el mismo restaurante en el que cenó Vargas Llosa con su familia al salir de la ópera el día en que le concedieron el Nobel, Fiorello's. Un clásico donde, milagrosamente, siempre se encuentra sitio. Compartimos pizza, vino e intimidad. Si alguien de la clientela que nos rodeaba conoció al Príncipe hizo como que no. Tan solo un camarero mexicano le preguntó si era quien él creía que era y a partir de ahí nos trajo las viandas algo más rápido de lo que suelen. Eso fue todo.

A esas alturas ya se había especulado con posibles embarazos de la Princesa, y la Princesa esperaba impaciente el momento mezclando, imagino, su deseo con la presión a la que era sometida. Los medios de comunicación ya eran conscientes de la debilidad de Letizia por los medios de comunicación. Por los periódicos, por Internet, por aquello que debía leer y por lo que no. La prensa suele advertir en cualquiera sus aspectos más vulnerables, y en Letizia captó esa tensión transparente por su afán de mostrar una conducta irreprochable y llegar a alcanzar ese grado de "gran profesional" con el que el Rey ha descrito a la Reina. Esa célebre definición, que denota reconocimiento hacia la consorte, pero también una distancia que ha parecido siempre justificada por el rango, no está presente en la nueva pareja real, que, más de acuerdo con la generación a la que pertenecen, trabajan con una mayor sintonía.

Así me pareció cuando los observaba de cerca en aquel restaurante neoyorquino bullicioso en el que, por su proximidad al Lincoln Center, sirven la comida estudiantes de canto. Letizia, la princesa, como es natural por su vocación de periodista y por no haber nacido con todo dado, andaba preocupada por las críticas. Felipe, el príncipe Felipe, más sereno ante las reacciones de la opinión pública, más proclive a aceptar lo que el curso de la vida les depare, dijo: "Alguna vez nos criticarán y tendrán razón". Y a mí me pareció de una inteligencia y una dulzura que le han de servir como escudo en un país en el que nada se da por descontado.

De nuevo les dijimos adiós como se dice adiós a quien emprende un viaje que ha de ser por fuerza proceloso. Y les animamos, en broma, por supuesto, a quitarse de en medio durante un tiempo a un rincón poco turístico de Nueva York. Qué fácil es recomendar la libertad cuando se tiene.

Por aquellos tiempos, la crónica social se centraba, entre todos los miembros de la Casa del Rey, en Letizia: la ropa, los esperados embarazos, las tensiones, las posibles crisis. En realidad, los periodistas del corazón o de sociedad no han dado tregua a la Princesa hasta que el caso Urdangarin ha sido ineludible incluso para la prensa más ñoña. Hubo un conato de colocarla en primera plana con esas fotos en las que mostraba unos brazos esqueléticos en el viaje a Chile, pero el peso del fiasco Urdangarin es insuperable. Cabe preguntarse, y por qué no decirlo en público, si parte de esa falta de indisimulada sintonía entre la infanta Cristina y la princesa Letizia no era el resultado de una manera de actuar poco ejemplar del duque de Palma que afectaba directamente al futuro de su marido, el Príncipe.

Curioso es que el Rey, en su encuentro con los periodistas en el Congreso el día de la investidura del nuevo Gobierno, y tras el aplauso provocado por un discurso en el que todos entendimos había una valiente referencia a los negocios de su yerno, reprochara a la prensa su tendencia a personalizar las cosas. Una manera absurda de dilapidar el buen efecto conseguido. Es cierto que la Monarquía precisa de ritos y gestos un poco irreales para subsistir, pero dado que es un Estado democrático quien ha de servirse de sus desvelos diplomáticos y su presencia conciliadora, no hay por qué sobresaltarse ante la presencia de un heredero que no salvó la democracia pero que estudió en Georgetown, que no se casó con una gran profesional de la monarquía sino con una profesional del periodismo y que la eligió para trabajar a diario con ella, codo con codo. De momento, dicen los periodistas que les siguen de cerca, la presencia de Letizia ha sido beneficiosa.

Atención mediática

La princesa Letizia se solía quejar de la falta de atención de los periodistas hacia el cometido de sus viajes. "No se fijan más que en el vestido que llevo o en cuál es la razón que me ha llevado a elegirlo para esa ocasión".

Pareja y equipo

El Príncipe comentó delante de unos periodistas: "Letizia tiene que sonreír para que se aprecie que está de buen humor. Sus rasgos son más marcados y graves que los de la Reina, que tiene un gesto siempre amable". En la imagen, los Príncipes de Asturias saliendo del Congreso de los Diputados después de que el Rey inaugurara la décima legislatura el pasado martes.

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