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sábado, 6 de agosto de 2011
Reportaje:ARQUITECTURA

Ecoaldeas frente a la ciudad eléctrica

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El modelo nuclear llegó a influir en todo el diseño social y urbano de Japón. Un proceso polémico al que han reaccionado algunos interesantes movimientos ecosensibles

En los años cincuenta del pasado siglo XX comenzó una compleja operación urbanística que conectó los más importantes centros de producción y de negocio de Japón en la megalópolis de Tokaido, una conurbación lineal surgida de las ciudades de Tokio, Yokohama, Nagoya, Osaka y Kobe. Este crecimiento multiplicó sus centros expandiendo sus tejidos suburbiales hasta quedar fundidas en un continuo metropolitano. Una concentración de medios e inteligencias que contribuyó a que Japón multiplicase su PIB por sesenta en menos de cincuenta años. Una alta disponibilidad energética era imprescindible para concentrar los nodos de información, capital y recursos productivos, manteniendo dispersos -en enclaves más económicos, pero conectados por un transporte público vertiginoso- los tejidos residenciales donde, desde entonces, transcurre la vida doméstica de los trabajadores. En el proceso pueden describirse diferentes fases. Hasta los años sesenta, los núcleos urbanos de Tokio, Nagoya y Osaka absorbieron la población que migraba a las ciudades desde los entornos rurales, pero a mediados de década estos núcleos comenzaron a perder población en migraciones que colonizaban un tejido de crecimiento rápido que rellenaba sus intersticios.

Este urbanismo también contiene formas específicas de ciudadanía, de gobierno y de construcción territorial

En poco tiempo, un tapizado suburbial colmató los espacios no construidos que separaban estas ciudades. En un primer momento con bloques abiertos de viviendas sociales o corporativas de entre 4 y 8 plantas, conocidos como danchi, rodeados de espacios abiertos que, con el tiempo, fueron colonizados por sus usuarios con jardines, huertos, aparcamientos o trasteros informales. Posteriormente, tras la popularización que los medios de masas hicieron de la vida suburbial estadounidense, por medio de un denso punteado de viviendas aisladas o pareadas, no muy diferentes de las que tapizan las periferias urbanas de medio mundo. Una de las imágenes más difundidas tras el terremoto del 10 de marzo era la de las masas de viajeros que esperaban en las estaciones del centro de negocios de Yokohama a que se restableciese el suministro eléctrico y, con él, el funcionamiento de los trenes que les permitiría volver a sus residencias. Son trabajadores que reparten su jornada entre una vivienda y un puesto de trabajo localizados, en algunos casos, a más de 430 kilómetros de distancia (no más de 160 minutos con el tren de alta velocidad eléctrica Tokaido Shinkansen).

Todo esto participa de una estrategia político-territorial basada en la posibilidad de que las infraestructuras de producción y distribución energética, las de movilidad e incluso las de interacción social y comunicación (todas ellas pensadas como superestructuras de gran escala gobernadas a nivel nacional) vertebren de manera aparentemente neutral un territorio, trasladando la diferencia, las disputas y la evolución temporal a fragmentos urbanos blandos, más económicos y con una gobernanza más próxima al usuario. Permitiendo, como en el caso de Tokaido, que los tejidos fragmentados se acoplen a una serie de infraestructuras proveedoras de un programa de servicios optimizado y permanente. Una lógica que, llevada a la arquitectura, ha generado todo un conjunto de propuestas de la que sin duda la más popular es la metabolista torre Nakagin (1970-1972) de Kisho Kurokawa, en la que un conjunto de cápsulas residenciales de fácil sustitución quedan "enchufadas" a una torre infraestructural que les proporcionaba acceso y suministros.

La enorme productividad de las centrales nucleares hace que un gran territorio pueda ser provisto de energía con un número muy pequeño de centrales. Los seis reactores de Fukushima 1 sumaban 4.700 megavatios eléctricos de potencia, suficiente para garantizar el suministro de cuatro millones de hogares. Esto tiene dos consecuencias que en mi opinión tienen especial importancia. La primera es que lo nuclear tiende a producir un distanciamiento geográfico entre escasos puestos de producción y una inmensa cantidad de puntos de consumo dispersos en el paisaje. La segunda es que la concentración de la generación eléctrica construye paisajes centralizados de muy difícil transformación. Una vez construidas las redes de distribución, cualquier modificación será costosa y lenta. Mientras, las redes de distribución de energías renovables, con una capacidad productiva por instalación muy inferior -en el caso de los aerogeneradores no superan los 6 megavatios eléctricos, la energía consumida por 5.000 familias-, generan patrones de distribución redundantes y fácilmente reprogramables.

Estas construcciones territoriales han venido asociadas a cotidianidades marcadas por la segregación física, generacional y relacional entre aquellos ciudadanos laboralmente activos que, desplazándose, combinan su domesticidad suburbial con una vida colectiva que los expone a las relaciones y formaciones del mundo profesional; y una masa de población infantil, adolescente, enferma, discapacitada, desempleada y/o de mayores que desarrolla su día a día en entornos locales, con poca participación en la vida megaurbana. Esta fractura y sus conflictos interpersonales ha sido el tema de una parte del cine japonés contemporáneo que ha ganado presencia global con películas como Todo sobre Lily Chou-Chou, de Shunji Iwai, o Nadie Sabe, del director Hirokazu Kore-Eda. También conllevan formas específicas de constituir las ciudadanías, al dejar confinadas las labores de producción, evaluación e innovación energética en los círculos de expertos. Esto ha contribuido a incrementar el confort de cierta población, pero ha acarreado una pérdida de influencia de los tejidos locales y de proximidad en las políticas energéticas y un alto grado de inconsciencia en la población general sobre los procesos por los que la energía se hace disponible.

Realidades metropolitanas como las de Tokaido han atraído el interés de arquitectos y urbanistas en los últimos años, pero ante los retos que la crisis de los modelos energéticos activa, toman importancia las alternativas a modelos hasta hace poco hegemónicos y la posibilidad de encontrar perspectivas para evaluar y rediseñar nuestros contextos. Una de las alternativas más extremas es la de las ecoaldeas, como la de Konohana en el municipio de Fujinomiya (Shizuoka). Las ecoaldeas son pequeñas comunidades localizadas en entornos rurales que persiguen la autosuficiencia energética y material, con una vida colectiva basada en fórmulas elementales de democracia deliberada. Son agregaciones informales de pequeñas edificaciones con un elevado aislamiento térmico y con dispositivos para adaptar la ganancia térmica solar y la ventilación de sus interiores a las condiciones climáticas externas. En su construcción se utilizan materiales tomados del medio o de origen biológico -como madera, balas de paja o adobes-; o elementos reutilizados -como ventanas provenientes de demoliciones, neumáticos o botellas de vidrio-. Cada construcción cuenta con equipos para la producción energética (paneles fotovoltaicos o pequeños aerogeneradores) y para la acumulación del agua de lluvia recogida en los tejados. También cuentan con dispositivos para el cierre de los ciclos materiales, como espacios para almacenar materiales sobrantes, composteros e inodoros secos. Todo en un encuentro de rangos tecnológicos diversos, en el que las baterías de última generación conviven con los revocos de barro.

Este urbanismo también contiene formas específicas de ciudadanía, de gobierno y de construcción territorial. Si la electrificación nuclear se caracteriza por la precariedad crítica con que lo energético queda imbricado en el mundo ordinario, uno de los principios de las ecoaldeas es que cada individuo asuma la responsabilidad sobre el diseño, construcción y evaluación de su medio, tomando conciencia de la productividad de sus equipos y adaptando sus consumos a los recursos disponibles en proximidad. Para promover esta toma de conciencia se han desarrollado dispositivos arquitectónicos específicos, como los centros de formación: espacios comunitarios de pequeño tamaño construidos para dar cabida a un programan pedagógico y, en cierta medida, propagandístico. En España, situado en la ecoaldea del Valle del Pino del Conde, en Hoyo de Pinares (Ávila), el centro Karuna es uno de ellos. Diseñado, construido y gestionado por Mónica Cebada, Patricia Cebada y Rubén Solsona, funciona como un lugar donde se organizan jornadas y encuentros pensados para que, por una transmisión directa de experiencias, los asistentes reflexionen sobre las implicaciones medioambientales de sus acciones diarias y adquieran competencia en el manejo de las técnicas de bioconstrucción y bioclimatismo que les permiten acceder a la autoconstrucción de sus casas. El propio edificio es un prototipo cuya construcción está siempre inacabada, lo que permite mantener visibles sus componentes y discutir las técnicas edificatorias que en él se han aplicado.

Su gobierno busca instalar la acción política y la gestión del conflicto en la escala de las relaciones de vecindad, lo que en muchos casos ralentiza la toma de decisiones e incluso bloquea numerosos proyectos de transformación. Tampoco debe olvidarse que, pese a que existen redes internacionales que permiten que organizaciones urbanas tan pequeñas puedan ganar complementariedad en la asociación, como la Global Ecovillage Network o la Red Ibérica de Ecoaldeas, a día de hoy, las formas de vida que se dan en estos entornos siguen dependiendo de las prestaciones que proporcionan contextos urbanos y productivos como el de Tokaido.

La manera en que estas experiencias han enfocado su resistencia a la hegemonía de formas urbanas, como la de las megalópolis eléctricas, plantea un conjunto de prioridades cuya influencia es creciente en las agendas de la arquitectura y del urbanismo. No sabemos qué ciudades surgirán de las crisis actuales, pero sin duda la superposición de los espacios de consumo y producción, la adaptabilidad de los paisajes energéticos, la transparencia de las tecnologías y la toma de conciencia y responsabilidad de la población sobre las implicaciones de su día a día, así como la intergeneracionalidad y la traslación de la política a los contextos próximos son, en estos momentos, los puntos ineludibles que conectan el urbanismo y la arquitectura con los debates energéticos.

La torre Nakagin (1970-1972), en Tokio, tiene una columna central a la que "se enchufan" cápsulas residenciales para acceder a suministros y servicios. / ROLAND INGRAM

Centro Karuna en la Ecoaldea del Valle del Pino del Conde. / ANDRÉS JAQUE

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