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martes, 5 de abril de 2011
Crónica:

Violador reincidente 20 años después

La fiscalía pide 15 años de cárcel para Elías Román, condenado en los noventa por agredir sexualmente a cinco mujeres - Se había sometido a terapia en prisión

Esposado y conducido por dos mossos, Elías Román Arroyal besa en los labios a su mujer y acaricia a su madre antes de regresar a la Modelo, donde está encerrado por robar y agredir sexualmente a una chica en Barcelona hace dos años. "Pido disculpas si le he causado daño, no era mi intención. Solo quería amenazarla para conseguir dinero", dijo Román en su alegato durante el juicio, celebrado el miércoles pasado en la Audiencia de Barcelona.

Las comisarías y los juzgados son escenarios conocidos para Román, un violador reincidente que, tras cumplir 15 años de condena por cinco agresiones sexuales, volvió a las andadas pocos meses después de recobrar la libertad. Su perfil responde al del agresor sexual no rehabilitado, a pesar de que, al poco de iniciar su paso por la cárcel, se sometió de forma voluntaria a terapias para delincuentes sexuales.

El preso acompaña las violaciones de robos cometidos con "gran violencia"

"Sería un buen candidato para la castración química", dice un experto

"El tratamiento siempre ayuda, pero seguramente deberá volver a seguirlo", explican fuentes penitenciarias. La personalidad de Román, que ahora tiene 39 años, es "complicada": escasa capacidad de empatía, frialdad afectiva y una alta dosis de impulsividad. Tales elementos le convierten en un "delincuente de alto riesgo de reincidencia", según las mismas fuentes. El hecho de que empezara a cometer agresiones muy joven tampoco ayuda. "Habría sido un buen candidato para los inhibidores de la libido, pero entonces todavía no existían".

Con la cabeza rapada al cero, Román escucha de boca de la fiscal la petición de pena: 15 años a la sombra. La víctima de los abusos acaba de relatar cómo el agresor la abordó en plena calle, pasadas las cinco de la madrugada del 14 de junio de 2009, cuando regresaba de una discoteca. "Nos cruzamos y vi que me miraba fijamente", dijo. El agresor le colocó, presuntamente, un objeto punzante "frío y metálico" en el cuello para obligarla a caminar hasta un pequeño parque con arbustos.

Según la narración de la víctima, se tumbó junto a ella y le manoseó los pechos y los genitales por dentro de la ropa. También le obligó a tocarle los genitales. Román le quitó unos 100 euros, el móvil y una tarjeta de crédito. Le pidió el código PIN y, pese a las amenazas (volvería para rajarla si no lograba sacar dinero del cajero), la chica acertó a facilitarle un número erróneo.

El suceso duró apenas cinco minutos. Aún en estado de shock, la víctima entró en casa y le dijo a su madre que le habían hecho "de todo". Tras presentar la denuncia, reconoció a Román en comisaría cuando les agentes le mostraron una fotografía reciente. Para fortuna de ella (y desgracia del acusado) había sido detenido por un ataque similar cometido esa misma primavera.

En el juicio, Román admitió ser autor del robo, pero no de la agresión. Dijo que regresaba de fiesta y que había consumido drogas y alcohol. Y que quería el dinero para comprar heroína y "bajar los síntomas" del polvo blanco.

Criado en Barcelona, Román abusó de cinco mujeres y fue arrestado por ello en 1991. Dos años después, fue condenado a casi 30 años por cinco delitos de violación. Ha llovido desde entonces, pero su forma de proceder permanece intacta: acompaña las agresiones sexuales de robos cometidos "con gran violencia y extrema frialdad", según fuentes judiciales.

En 1999, comenzó a disfrutar de permisos penitenciarios. En una salida programada para disputar un partido de fútbol sala, se dio a la fuga. El Ministerio del Interior emitió entonces una nota de alerta en la que describía a Román como un "violador en serie y peligroso". "Tiene 29 años, mide 1.73 metros y es de constitución fuerte. Tiene ojos claros y cabello rubio, y un significativo tatuaje en la espalda: un escudo del Barça".

A las dos semanas de su huida, volvió por su propio pie a la prisión de Quatre Camins. "Se le cruzaron los cables", atinó a decir su abogado. La condena quedó extinguida en 2008 y el agresor trató de rehacer su vida: se casó y encontró un empleo. Ese estado de cosas se mantuvo durante diez meses. Hasta que, en junio de 2009 (un mes después de perder el empleo) el hombre volvió a la senda de la delincuencia.

Román aprovechó un semáforo en rojo para abordar a una joven vasca que circulaba con su coche por Barcelona. Le puso un cuchillo en el cuello y la amenazó: "Pórtate bien conmigo, haz lo que diga y no te rajaré". A la víctima se le ocurrió apagar las luces del coche, lo que alertó a la Guardia Urbana, que capturó a Román. El tribunal le condenó el año pasado a cuatro años de cárcel por detención ilegal, aunque le absolvió de agresión sexual porque esta no llegó a consumarse.

La víctima que declaró la semana pasada había sido abordada dos semanas antes, cerca de la vivienda de Román, en el barrio de Sants. Ante la policía, el agresor no se reconoció autor ni siquiera del robo. En el juicio trató de justificar ese cambio de criterio: "Se lo quería decir primero a mi mujer y a mi familia, antes de que se enterasen por terceras personas".

En la senda de los agresores en serie

El caso de Elías Román guarda paralelismos con los de otros violadores reincidentes cuyas salidas de prisión han causado alarma social. La excarcelación, en 2007, de José Rodríguez Salvador, más conocido como el violador de la Vall d'Hebron

, tras cumplir 16 años de cárcel por 17 violaciones, avivó el debate y la necesidad de aplicar métodos como la castración química. La Generalitat de Cataluña ya está usándolo en casos puntuales de presos que están a puntos de salir en libertad.

La mal llamada castración química no consiste en amputar órgano alguno al violador, sino de suministrarle fármacos (siempre, con su consentimiento) que inhiben la libido. El tratamiento hormonal, que se aplica en países como Estados Unidos desde 1996, es una inyección que disminuye la producción de testosterona, por lo que se reduce el deseo sexual. Los expertos aseguran que es un complemento al tratamiento psicológico.

Alejandro Martínez Singul, el segundo violador del Eixample

, abusó de diez niñas en la misma época, a principios de los 90. Pasó 16 años entre rejas y su salida, en 2007, provocó un gran revuelo, ya que se había sometido (sin éxito) a terapias psicológicas. Reincidió. En 2009, intentó violar a una niña de 12 años en el ascensor de su casa y fue condenado por ello. Otro caso tristemente famoso fue el de Pedro Jiménez García, preso condenado a 19 años por varias violaciones, aprovechó un permiso penitenciario para asesinar a dos policías en prácticas de L'Hospitalet y violar a una de ellas.

La junta de tratamiento de cada cárcel valora que el preso participe o no en las terapias a la hora de otorgar permisos. Según un estudio de la Generalitat en 2003, el índice de reincidencia es menor (4,3%) que en los que no lo han hecho (18,7%).

Elías Román, durante el juicio celebrado la semana pasada en la Audiencia de Barcelona. / MARCEL·LÍ SÀENZ

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