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sábado, 5 de febrero de 2011
Reportaje:VAMOS A...SANTIAGO DE COMPOSTELA

Las dos Marías y el falso peregrino

Un original recorrido por la capital gallega al hilo de historias y leyendas

Coralia y Maruxa Fandiño, más conocidas como Las Marías. Todo aquel santiagués de más de cuarenta años las ha visto alguna vez paseado por las calles. Con aspecto de folclóricas, maquilladas con polvos de arroz, de cuello para abajo desaparecían bajo un envoltorio extravagante de colores chillones. A eso de las dos de la tarde se las veía por la Alameda compostelana soltando piropos a los estudiantes que volvían del campus para comer en la zona vieja. Hoy una estatua les rinde homenaje a la entrada del parque, y no es para menos.

Muchos han oído hablar de su historia: nacidas en el seno de una familia de once hermanos, dos de ellos miembros de la CNT huidos, los falangistas las utilizaban para averiguar su paradero. Y como las hermanas se negaban a abrir la boca, no tuvieron empacho en probar con todo tipo de tretas: las desnudaban en la vía pública para humillarlas, las subían al monte Pedroso para torturarlas y hasta se dice que llegaron a violarlas. La provocación de Las Marías en la Alameda, muchos años después, fue así la manera de vengarse y protestar contra el régimen. Parece ser que para más inri, a principios de los años sesenta, un rayo partió en dos su casa. Enseguida se organizó una recolecta entre los vecinos y se llegaron a recoger 250.000 pesetas, cantidad suficiente en aquella época para comprar una casa nueva.

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Historias curiosas como esta hay muchas en Santiago, y para salirnos del circuito habitual proponemos una pequeña ruta que empieza precisamente aquí, junto a la estatua de Las Marías de la Alameda, para saltar al entorno de la catedral.

En la Edad Media, los peregrinos, al entrar en Santiago, acudían a la catedral y saludaban al Apóstol, dándole gracias por haberles permitido llegar sanos y salvos. Pero antes de esto ya había tenido lugar la primera ceremonia de purificación simbólica en el frío arroyo de Lavacolla, en donde se lavaban las partes pudendas ("lava a colla"). Es decir, que a Santiago tenían que entrar limpitos. Al menos por dentro.

Una vez en la catedral, se dirigían a la llamada Cruz dos Farrapos, situada en el tejado de la cabecera y en cuya base existe una construcción de piedra a modo de horno abierto. Allí se despojaban de esas túnicas o harapos de lana malolientes ("os farrapos") que habían llevado desde Roncesvalles. En un acto entre ritual e higiénico, procedían a quemarlas en la pira, a los pies de la cruz, como signo de renuncia a su vida anterior y de inicio de una vida nueva. Aún hoy, la piedra permanece requemada.

Sonrisa pícara

Y sin dejar la catedral, vayamos a conocer la historia del profeta Daniel, en el Pórtico de la Gloria. ¿A quién sonríe tan pícaramente con las mejillas ruborizadas? Pues a la que tiene enfrente, que es nada más y nada menos que la reina de Saba (aunque otros opinan que es Esther). Cuentan que en épocas remotas esta sonrisa -el rubor de las mejillas son los trazos de la policromía que se perdió y que ha sido recientemente recuperada- fue vista con malos ojos por el clero por ser libidinosa, y que incluso un obispo mandó rebajar a cincel los pechos de la reina. También cuentan (por contar que no quede) que el pueblo gallego, para protestar por la tajante decisión del obispo, decidió vengarse dando a algunos de sus quesos la forma de tetilla que tienen actualmente.

Muy cerca de allí, en la plaza de la Quintana, si empieza a anochecer merece la pena esperar a que aparezca proyectada sobre la pared de la catedral la llamada sombra del peregrino. La leyenda dice que pertenece a un sacerdote que mantenía relaciones con una religiosa del convento de San Paio y que todas las noches se reunía con ella cruzando un pasadizo existente bajo la escalinata de la Quintana y que unía la catedral al convento. Después de un tiempo, el sacerdote propuso a la religiosa escaparse juntos. Se citaron al anochecer y el clérigo se disfrazó de peregrino para no llamar la atención. La esperó pacientemente, pero ella no acudió a la cita. Desde entonces, al caer la noche, a él (o a su sombra) se le puede ver esperando.

Desde la terraza exterior del hostal de los Reyes Católicos tenemos perspectiva para contemplar la iglesia que es objeto de nuestra siguiente historia. Se trata de San Fructuoso, más conocida como la iglesia de las cuatro sotas. Las esculturas que la coronan, que representan las cuatro virtudes cardinales -prudencia, justicia, fortaleza y templanza- y que la gente identifica con las cuatro sotas de la baraja española, son dignas de admiración. Más recomendable aún es buscar un curioso detalle en el muro sur: una calavera esculpida con dos tibias cruzadas, colgada de un paño o mortaja con la siguiente inscripción que alude a la fugacidad de la vida: "Como tú te ves, me vi; como me ves, te verás".

Así que antes de que todo termine o de que sea demasiado tarde, una última propuesta en Santiago: vinos desde París hasta Dakar. Se trata de recorrer la Rúa do Franco de un extremo a otro, desde el bar París hasta la cafetería Dakar, bebiendo vinos por todos los locales (que son muchos) que hay por la calle. Pero cuidado: incluso los mejores corredores ya han confesado que este rally es más peligroso que el París-Dakar original.

» Cristina Sánchez-Andrade es autora de Los escarpines de Kristina de Noruega (Roca, 2010).

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