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Reportaje:

Vagabundos, SA

Con la franqueza por bandera, una pareja de mendigos recorren España pidiendo limosna en la calle y en Internet para pagarse sus vicios

Puede parecer ridículo preguntarle a un vagabundo si tiene alguna manera de probar que se licenció en la Universidad de Kent (Reino Unido) o que trabajó para el Deutsche Bank, pero el rigor periodístico obliga; otra cosa es que un vagabundo pueda satisfacer una petición de ese tipo. "¿Documentos? Se quedaron en otra vida", dice Lyndon Owen, galés de 37 años, informático en el pasado; en el presente, trotamundos sin hogar.

El Ayuntamiento de Madrid tiene un censo de mendigos donde seguramente no aparezcan los Lazy Beggers, un galés y un español que se conocieron en las Cuevas del Sacromonte (Granada) en 2001 y bautizaron con ese nombre inglés -Vagabundos Vagos- su amistad y su insólita empresa: rodar por la península Ibérica pidiendo dinero en la calle con la franqueza como técnica de mercadotecnia.

Tienen una página web con un sistema electrónico para recibir donativos

Duermen en una plaza y cargan su ordenador en un locutorio amigo

"Para cerveza. Para vino. Para whisky. Para la resaca". Lyndon Owen y su compañero, José Manuel Calvo García, canario de 55 años, mendigan desde hace una semana en la sombría calle del Carmen, a pocos metros de la plaza de Callao, detrás de una línea frontal de carteles donde exponen sus necesidades y resaltan su virtud: "Por lo menos, sincero".

Cuando pasa un peatón y les echa unas monedas menudas, su respuesta rompe con los clásicos de la mendicidad. En vez de un señor/señora dios le bendiga, dicen gracias, visite nuestra página web. Owen y Calvo tienen un sitio propio en Internet (www.lazybeggers.com) y un perfil en la red social Facebook: "Welcome to the 21st fucking century", ponen en su presentación. Bienvenidos al, digamos, maldito, siglo XXI.

Su iniciativa digital les ha hecho llamativos para los periódicos (han aparecido en The Guardian, Der Spiegel y Clarín, entre otros), pero no les ha dado dinero. En su web, diseñada por el galés, disponen de un sistema electrónico PayPal para recibir limosnas que no da mucho de sí. "Lo pusimos hace cuatro años y hemos sacado poco más de 1.000 euros", cuenta Calvo. "No nos ha dado ni para pagarnos las sesiones de Internet en los locutorios".

Realmente se sacan los cuartos en la calle. Unos 40 euros al día, que es lo que les cuesta vivir a los dos. Cuentan que cierto día, en un suceso paranormal, un joven a paso ligero les dejó un billete de 500 euros, sin mediar palabra.

El lecho de los Lazy Beggars cuando paran en Madrid (un par de veces al año) son los respiraderos superficiales del aparcamiento subterráneo de la plaza de las Descalzas. A menos de 100 metros está la plaza de Santo Domingo, uno de los tres lugares de la capital donde se puede coger Internet al aire libre, por gracia municipal. Y ahí tienen un locutorio boliviano en el que compran sus litronas de cerveza y les dejan cargar su ordenador de segunda mano.

En este pequeño perímetro en torno a la plaza de Callao duermen, piden, beben, comen, enchufan su computadora. Calvo, licenciado en Psicología, fontanero y técnico en instalación de placas solares, según sus palabras, afirma que su vagancia les impide moverse por otras zonas de la ciudad. "Y eso que en la calle de Fuencarral se consiguen muchos porros de limosna", anota.

Dice el censo que en el distrito centro de Madrid, donde han recalado estos vagabundos después de andar unos meses por el Algarve (Portugal), hay más de 100 mendigos. Owen y Calvo conocen a algunos, pero no intiman con ellos; su filosofía de vagabundeo no es la del cartón de vino y los líos callejeros.

Los Lazy Beggars aseguran que beben con moderación y toman pocas drogas. Pasaron sus baches químicos, el galés con la coca, el canario con el crack, pero antes de echarse a la calle, cuando trabajaban y hacían dinero. "Ahora somos felices y no lo necesitamos", dice Calvo.

Los dos afirman que decidieron ser vagabundos por su cuenta, que no hubo causas de verdadera necesidad. Owen dejó atrás una novia y una hija. Calvo, una esposa y dos hijos. Han perdido contacto con ellos. Los han sustituido por un amigo, dos páginas web, un par de perros (Whisky y Resaca) y la libertad de hacer el ganso en la acera que más les plazca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 17 de noviembre de 2010