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Entrevista:Rafael Argulloll | LIBROS

'Me importa el yo que se pierde'

El escritor crea su particular apuesta literaria en Visión desde el fondo del mar. A partir de sus viajes traza un autorretrato, donde se entrecruzan andanzas y asuntos de su tiempo

Rafael Argullol ha escrito su autorretrato en 1.212 páginas. "Más que autorretrato a secas, yo diría que es un autorretrato con época al fondo", comenta el escritor. "No me interesa la mirada de un yo narcisista sobre sus experiencias, eso sería puro solipsismo. El que importa es el yo que se pierde y que necesita reencontrarse a través del mundo. Había, pues, un rompecabezas donde estaban también la realidad y los otros, y se trataba de armarlo". El resultado es Visión desde el fondo del mar, que acaba de publicar Acantilado. "Ni memorias, ni autobiografía; en todo caso un libro de viajes inusual, un libro de viajes de los viajes".

"La raíz primera del libro está en la muerte de mi padre, que ocurrió hace diez años", cuenta Rafael Argullol (Barcelona, 1949). "De pronto empiezas a sentir turbulencias bajo tus pies, y te das cuenta de que la cosa va en serio. Al mismo tiempo, experimenté una rara libertad que me impulsaba a indagar, en las cosas y en mi vida. Y quise hacerlo de manera seria. No he escrito ningún tipo de diario, pero sí encontré 33 cuadernos de viajes. Escritos con mi letra, que es muy críptica, difícil de entender. Lo primero que tuve que hacer fue reconstruirlos".

"No creo en las abstracciones, sólo me interesa el pensamiento anclado en el cuerpo"

El libro está atravesado por múltiples relatos. Algunos muy personales; otros, en cambio, tratan del mundo: de sucesos políticos, de hechos históricos, de paisajes, de gentes muy diversas. A ratos es difícil trazar la línea que separa la realidad de la ficción. "Todo lo que cuento es verdad, y es cierto que hay muchas paradojas. Es una visión de mi paso por la vida...; mejor, es una visión mítica de mi paso por la vida. En mi narración se incorpora el mito y la verdad es el propio mito. Es inevitable, así, que terminen fundiéndose dos territorios: el de la verdad como verdad empírica y el de la verdad como verdad mítica. La distinción entre ficción y no ficción es forzada y falsa. La imaginación opera en este libro sobre la realidad, y no cuento ninguna mentira. El lector, además, puede reconocer perfectamente los distintos registros de la escritura".

Detrás de su nueva entrega, recuerda Argullol, hay otros 25 libros anteriores. "Y también me ha ayudado mucho escribir en los periódicos", confiesa. "No me interesa lo filosófico si es puramente conceptual, ni lo literario si no tiene ideas. Donde siempre me he movido con más comodidad es en la escritura que combina la idea con la imagen, donde se utiliza tanto el telescopio como el microscopio. Lo universal sólo adquiere expresión en lo singular, y lo singular tiene que perseguir lo universal".

Antes que nada, Visión desde el fondo del mar es un libro de viajes. "En mi caso serviría un epitafio que dijera simplemente 'viajó', pero me desconcierta lo que pasa ahora, que se haya impuesto una organización totalitaria del viaje que no deja ningún resquicio al azar". Argullol reivindica el nomadismo como una manera de conocer. Y su libro atraviesa distintos lugares del mundo. Ciudad y fecha, y luego la anotación: una historia, un paisaje, una reflexión, un recuerdo. Van apareciendo así Sarajevo, Pagsanjang, Ámsterdam, Nueva York, Lima, Benarés, Veracruz, Damasco, El Cairo... "El viaje es el territorio del deseo", dice, y recuerda de paso que su formación sentimental la hizo de la mano de Julio Verne y de Salgari.

"Hay dos memorias", explica Argullol. "La involuntaria y esa otra, en cambio, que te empeñas en buscar. Para encontrarla te sirven las anotaciones. Cuando anotas algo, sin embargo, lo haces porque se ha producido una ruptura en tu vida cotidiana, y lo que pudo ser irrelevante se llena entonces de trascendencia". ¿Qué viajes recuerda en especial? "El transiberiano que me condujo de Pekín a Moscú, los que hice cuando estuve en California y que me llevaron de Los Ángeles a Panamá... Aterricé en Centroamérica en una época muy dura, pero lo que más me impresionó fue el silencio sepulcral, un silencio que se escuchaba. Eran lugares habitados por indios y ahí fue donde pude entender lo que había significado la ruptura de la colonización: ¡se les había arrancado la lengua! Aunque hablaran en español, yo era para ellos siempre un extranjero, un gringo". Se refiere también a su experiencia del desierto en el Sáhara, y se acuerda de Lawrence de Arabia: "De ese momento donde se le pregunta por qué le gusta el desierto, y él contesta: porque está limpio. Y es justamente eso. Y sólo se entiende allí, cuando levantas los ojos y miras el cielo".

Un libro donde aparecen todos esos viajes y que, en determinados momentos, se llenan de experiencias marcadamente generacionales. Así, por ejemplo: "9 de mayo de 1968. En París, con Manaso", donde poco después Rafael Argullol escribe: "Todo transcurre como si en pocos días hubiera que demoler las mentirosas ideas que se construyeron durante siglos. En consecuencia hay prisa y todos corren, corremos, a un ritmo endiablado para llegar antes al pie de la hoguera donde se quema la historia humana. Este vértigo va acompañado del vago sentimiento de que hay que volver a un estadio de magnífica pureza en el que las cosas no sólo eran mejores sino perfectas". "Creo que fui rápido a la hora de romper con el paradigma de la revolución", cuenta Argullol. "Tendría 23 años cuando fui consciente de que tenía que escapar de esa jaula espiritual, y me fui a Italia, aun cuando allí se vivieran entonces momentos muy duros. Si el cambio profundo no se produce muy en el fondo siempre vuelven las fosilizaciones. No fue mi caso, y cuando las Brigadas Rojas mataron a Aldo Moro me negué a utilizar eufemismos como ejecución o ajusticiamiento: simplemente lo habían asesinado".

Argullol estuvo en las cárceles franquistas en 1969 y en 1971 por motivos políticos, y los detalles forman parte también de este libro. "No era un buen conspirador, pero hablaba bien en público". "Cuando llegaba la policía, los conspiradores ya se habían ido y cogían a los que seguían hablando desde las tribunas. La grandeza de mi generación fue el inmenso deseo que tuvimos de comernos el mundo. Su miseria, que el mundo se le atragantó. Creo que fue Stendhal el que dijo que en cada siglo hay dos generaciones que quieren cambiarlo todo y, en su caso, se refirió a Napoleón y a la Comuna. Son momentos en que hay una fuerte presión para poner las cosas patas arriba. Momentos utópicos frente a esos otros que les toca vivir a otras generaciones, que bastante tienen con poder simplemente sobrevivir".

Así que viajes y marcas generacionales, pero también hay otros registros en Visión desde el fondo del mar. El libro se inicia con la descripción del código genético del autor que ha encargado a un laboratorio al que ha enviado unas gotas de saliva. "Somos una anomalía", escribe Argullol cuando se entera de sus remotos parentescos. Luego se acerca más en el tiempo y se abre a esta época a través de una meticulosa, y brillante, descripción del asesinato en junio de 1914 del archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro. No tardan en aparecer referencias a la guerra civil española. El libro se lee como una novela y está, sin embargo, cargado de filosofía. Pero de una filosofía particular. "No creo en las abstracciones, no me interesa el pensamiento si no está anclado en el cuerpo". Así que reclama "representar todos los papeles en esta función, que es una comedia y es también una tragedia". El niño que adora de adolescente el boxeo es luego el que sabe del golpe de Estado que acaba con Allende y la democracia en Chile y es, después, el que recrea los atentados del 11 de septiembre desde distintos lugares del mundo.

Rafael Argullol se ha encerrado durante seis años para escribir este libro y ha vivido todo ese tiempo "como un monje". Creyó desde el principio que el secreto residía en conservar la "unidad de estilo" para que las distintas historias no se atomizaran y perdieran su sentido. Para conseguirlo fue necesario ese régimen "casi monástico". "Ya no soy joven, tampoco viejo, estoy quizá en ese punto donde era posible abordar un proyecto cuyo desafío consistía en acabar con todos los intermediarios: para empezar a enfrentarte a la vida directamente. Nos pasamos todo el tiempo gobernados por esas instancias que nos indican qué pensar y cómo comportarnos, devorados por sistemas filosóficos que no son más que cárceles. Cuando mi padre murió y vi que la cosa iba en serio, me di cuenta de que tenía que escribir este libro para sentirme más libre. Y para que estuviera vivo, lo escribí todo a mano".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 18 de septiembre de 2010