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Reportaje:VIOLACIÓN DE LA INTIMIDAD

El calvario de Cristina

La oficina de la Defensora del Pueblo Riojano colgó en Internet datos íntimos de una menor que había pedido amparo frente al acoso escolar. El juez no ve delito en esa difusión

Un brote de maldad puede aparecer en cualquier lugar, incluso en el patio de un colegio de monjas. Cristina, una niña de 11 años, no paraba de recibir balonazos y tirones de pelo. Eso era lo cotidiano a la hora del recreo, pero lo que no esperaba ella es que una mañana, mientras una multitud jaleaba a los agresores, fuese arrastrada al baño, donde entre varios le enredaron la cadena del váter al cuello. "¡Rara! ¡Monstruo!", le gritaban mientras tanto. Cristina conoce ese episodio como "el peor día de mi existencia".

En el parte del hospital queda constancia de las lesiones que sufrió. El caso fue remitido a la Fiscalía de Menores de Logroño. La directora del colegio declaró a la prensa local que se había tratado de un empujón. La denuncia se archivó después porque los agresores no habían cumplido aún 14 años de edad. Caso cerrado.

Superdotada, vejada en el colegio, su historia dio vueltas casi dos años por la red antes de ser retirada

Cristina, de la que años después se sabría que es una superdotada, (su cociente intelectual es de 173 puntos cuando la media es de 100), tuvo que acomodarse al ritmo escolar normal. Su madre luchó sin éxito para que la ascendiesen varios cursos. Pero la hija estaba atrapada sin remedio. Mientras los demás aprendían las operaciones matemáticas elementales, ella ya era capaz de hacer ecuaciones. Cristina era una chica diferente, incluso su padre le aconsejaba que en vez de leer libros de historia jugase con el resto de los niños. Tras un periplo lastimoso por colegios e institutos de Logroño, en los que nunca llegó a adaptarse a la enseñanza ni a relacionarse bien con los compañeros, en 2005 se matriculó en el instituto público Mateo Sagasta.

En clase se sentía un poco ridícula: todo lo que estudiaba se lo sabía. Acabó 4º de la ESO sin mayor problema, pero al siguiente curso coincidió en el centro con muchos de los alumnos que le habían vejado en aquel patio del colegio de monjas. Las amenazas se repitieron. En su taquilla aparecieron cartas anónimas y en el baño (de nuevo el lugar donde había vivido "el peor día de mi existencia") se veían unas pintadas con su nombre sobre un ataúd. La dirección del centro borró las pintadas, investigó, pero nunca se encontró al culpable. Cristina cayó en una profunda depresión, dejó los estudios y ella misma admite que intentó quitarse la vida.

El fracaso escolar entre los chicos superdotados no es nada extraño. Un 60% de ellos tienen problemas con los estudios, según datos de una asociación especializada. Muchos repiten curso por su apatía. Nada les motiva y pocos les comprenden.

La madre de Cristina luchó para que su hija progresase, y juntas relataron a la Defensora del Pueblo Riojano, María Bueyo, las dificultades administrativas para que el currículo de la niña se adaptara a un curso superior y le pidieron amparo frente a las vejaciones. Alguien del departamento de la defensora publicó en su página web la resolución sobre Cristina, sustituyendo su nombre por XX o YY; pero lo dejaron escrito con los apellidos completos una vez, al igual que el nombre de los centros donde la chica había cursado estudios y el dato de que estaba en tratamiento psiquiátrico. El apellido materno figuraba además en una segunda ocasión en el mismo documento. La menor, de 16 años, quedó retratada sin ella saberlo. Y en el siguiente instituto al que fue, todos se enteraron vía Internet. De nuevo era la "rarita". La historia corrió entre los alumnos a través de Tuenti y Facebook. Cada vez que contestaba en clase, al fondo se oía "otra vez la loca superdotada".

Uno de sus profesores, en un informe, explicaba lo siguiente: "Al destacar en los estudios, ha provocado diferentes reacciones: de crítica, de envidia, de indiferencia e incluso en algunos casos de agresiones físicas, porque saben que no va a utilizar la violencia para defenderse".

Al acabar el Bachillerato, fue seleccionada entre los 200 expedientes más brillantes de España para recibir la beca de una importante entidad bancaria. Un día antes de escoger a los 50 mejores, el director del programa la llamó y le dijo que era una excelente alumna, pero que habían descubierto que había necesitado ayuda psiquiátrica. No podían arriesgarse seleccionándola. ¿Cómo lo sabían? ¿De dónde habían sacado esa información? Cristina tecleó su nombre en Google y descubrió toda su historia relatada por la Defensora. "Quien tenía que protegerla no lo hizo. Es más, vulneró su intimidad", afirma ahora su madre. La Guardia Civil alertó a la Defensora, que instó a Google a retirarlo. Pero otros buscadores mantenían la misma versión, y para entonces la historia de Cristina había estado dando vueltas durante casi dos años en la red (de julio de 2007 a marzo de 2009). Madre e hija presentaron una querella contra la Defensora, pero el juez de instrucción número 1 de Logroño, Ulpiano González, archivó el caso el 18 de marzo pasado por "la ausencia de dolo" de la institución -es decir, no tener intención de hacer daño-, compartiendo los criterios del fiscal y acordando "el sobreseimiento libre de las actuaciones".

Para madre e hija, en cambio, el daño estaba hecho. Ahora entiende Cristina los murmullos que levantaba en los pasillos del instituto. La distancia de los otros alumnos. El silencio. Sus compañeros habían leído su historial, lleno de momentos dolorosos. Cristina, de 19 años, camina hoy por el campus de la universidad en la que estudia, alejada de su ciudad natal. Aquí ya no se siente "un bicho raro", aunque, a diferencia de los demás universitarios, odia salir de noche. "Hubiese dado lo que sea por ser una chica normal, con una inteligencia corriente. Ser diferente es lo que me ha traído todos los problemas", cuenta ante una coca-cola ligth. Ella le busca la lógica a todo, un sentido detrás de cuanto ocurre. Y la vida, piensa ahora, hay veces que no lo tiene. Como las agresiones en el patio. Cristina sólo ha encontrado comprensión y paz entre gente como ella, que sabe lo que es vivir con altas capacidades.

Ese fue el calvario de Cristina. Lo que no esperaba es que una solicitud a la Defensora del Pueblo de su comunidad terminara poniendo sus datos personales en la picota. La Agencia Española de Protección de Datos inició en su día un proceso de infracción contra la Defensora de La Rioja, pero lo suspendió porque Cristina denunció el hecho por la vía penal. Ella se siente dolida y quiere una reparación por el daño sufrido. ¿Qué opina la Defensora de todo esto? Después de varias llamadas, un portavoz de la institución respondió el miércoles 31 de marzo: "No queremos pronunciarnos porque es un tema sensible y delicado, pero usaremos nuestro derecho a rectificar lo que no sea exacto en su testimonio".

Mentes brillantes como Albert Einstein también sufrieron. Cristina sabe lo que es eso. Aunque ahora en la universidad parece haber encontrado su sitio. Hace unas semanas, en un examen, un profesor planteaba el problema bancario de una empresa. Los alumnos rellenaron varios folios con la respuesta. Cristina, no. "No se puede resolver porque está mal planteado", escribió en el primer folio. Le pusieron un 10.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2010