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Reportaje:música

24 horas en la vida de una banda

Amaral abre a EL PAÍS las puertas del universo que rodea su gira de conciertos

Un enorme telón de terciopelo rojo está a punto de abrirse. Son las 21.25 en la Plaza Mayor del Poble Espanyol de Barcelona. Los amplificadores escupen a todo trapo All tomorrow's parties, de la Velvet Underground. Eva Amaral y Juan Aguirre forman un corro con los cinco músicos del grupo para bailar algo parecido a un Sirtaki en el centro del escenario. Una manera como cualquier otra de capear los nervios. Quedan por delante dos horas largas de show. Al otro lado del telón hay 5.000 personas que no pueden ver nada de todo esto. Están ansiosas por escuchar una ristra de éxitos encadenados que se han convertido en la banda sonora de sus vidas.

Hay momentos durante un concierto de Amaral en los que uno puede cerrar los ojos y tener la sensación de entrar en la panadería del barrio. O en el patio de vecinos. O en un supermercado. O en la peluquería. O en una sala de espera. O en una comisaría. O en una cárcel. O en un bar de desayunos. O de cañas. O de copas. O en incontables paisajes de la geografía española por donde su música se ha colado hábilmente a lo largo de los últimos once años. A veces, incluso, en silencio. Como un susurro. Sin darnos cuenta de que estaban ahí. Pero estaban. Y ahí siguen, con casi dos millones de discos vendidos (alrededor de 200.000 de ellos corresponden a su último trabajo, Gato negro. Dragón Rojo, de 2008). Quizá por todo eso hasta el más profano en la materia se sorprenda a sí mismo tarareando con soltura el 80% de los estribillos de su repertorio.

"El blues de la generación perdida' habla de nosotros", dice una seguidora

"Nosotros necesitamos tres 'tráilers'; los Rolling, cincuenta"

Al final de la jornada los técnicos han realizado hasta 560 horas de trabajo

Suena de fondo la Velvet Underground. El telón rojo está a punto de abrirse

Son las mismas letras que "hacen pensar" a Roser González, barcelonesa de veinte años y una de las primeras personas que aguardaban cola cerca de la entrada principal del Poble Espanyol cuatro horas antes del concierto del pasado 10 de julio. "A mí me gusta especialmente El blues de la generación perdida; creo que habla de nosotros, de los que hemos perdido la capacidad de reaccionar contra lo que no nos gusta". Letras que su amigo Abel a veces no entiende, aunque parezca dispuesto a escucharlas en directo por 30 euros. También son las melodías que hacen sentirse "viva y joven" a Pilar Señas, de 47 años y natural de Utrera (Sevilla). "Yo no era de Los Pecos, ¿eh? A mí me gustaban Silvio Rodríguez y esas cosas. Hoy, en cuanto oigo esta música me entran ganas de bailar". Y bien que lo hizo durante la prueba de sonido, a eso de las 18.00, cuando visitaba las pintorescas calles del recinto y se encontró con este tinglado.

La faena en un bolo de estas dimensiones arranca muchas horas antes de que el telón de terciopelo rojo comience a desperezarse. Los más madrugadores son los equipos de luces y sonido. Una potencia equivalente a 100.000 y 80.000 watios, respectivamente, en forma de amplificadores mastodónticos, focos y bombillas LED o pantallas de vídeo desembarca junto a un total de 12.000 kilos de material repartidos en tres tráilers de 16 metros de largo. 32 estibadores echan el resto en las labores de descarga a partir de las siete de la mañana para que los técnicos de montaje puedan ponerse manos a la obra.

"¡Gelo! ¿dónde está el chispas?". Uno de los 16 operarios reclama la presencia del electricista a Gelo Jiménez, de 47 años, regidor a cargo de la producción de escena. Al mando de todos estos hombretones tocados con casco y vestidos con pantalones vaqueros cortados por encima de las rodillas, camisetas sin mangas y botas de alpinismo está Sergi Gras. Tiene 28 años. Le llaman, simplemente, El Jefe. Es el coordinador de producción de la gira de Amaral. Un tipo a un walkie pegado. Utiliza un lenguaje estricto. Y directo. Frases cortas. "Afirmativo. Las órdenes que doy pueden afectar a un tío colgado a diez metros del suelo y no podemos permitirnos ningún titubeo". Como muestra, la tragedia que se cebó el pasado jueves, 16 de julio, con los trabajadores que montaban el espectáculo de Madonna en Marsella (Francia). El escenario se desplomó causando la muerte de una persona y dejando seis heridos, dos de ellos de gravedad.

La experiencia de Sergi en producciones de conciertos de bandas foráneas y españolas le ha concedido perspectiva sobre la disparidad entre las giras de unas y otras a través del territorio nacional. "La diferencia fundamental es que nosotros volvemos a casa cada domingo. El artista extranjero que pasa por España puede estar hasta seis meses danto tumbos. Lleva consigo desde sus espacios personales de ocio hasta los servicios de lavandería. Por eso nosotros necesitamos tres tráilers; y los Rolling, cincuenta".

Pasan varios minutos de la una de la tarde. Comienza a izarse la jaula de hierro que rodeará el fondo del escenario, donde unas pantallas en forma de semicircunferencia darán a los músicos la apariencia de verse rodeados por los palcos de un teatro. Todo este embolado crece al margen de Juan y Eva, el corazón de Amaral. Tras el almuerzo pasean por las calles del centro de Barcelona junto a Jesús Marcos Castillo, alias Presser, road manager de 32 años. Hacia las cuatro conversamos con ellos en el vestíbulo del hotel donde se alojan.

A Juan Aguirre (San Sebastián, 1970) le apasionan las guitarras, aunque no hasta el colmo fetichista de ponerles nombre. Es un hombre tranquilo. Y, como Eva Amaral (Zaragoza, 1972), habla bajito y sin prisa. Reconoce no derrochar en manías o rituales antes de una actuación. "Pero cuando queda poco para empezar me vuelvo un poco autista, me encierro en mí mismo".

Eva asegura que es posible llevarse bien después de tantos años juntos, historia de amor y desamor incluida, "pero sobre todo, una historia de mucha música y amistad": "No me parece que estemos quemados todavía. Ni la relación tampoco. Por eso tenemos la sensación de estar en el mismo barco, con muchos proyectos". Entre ellos, canciones nuevas que empezaron a trabajar a principios de año y aún están macerando.

¿Les molesta que cuelguen la etiqueta de comercial a lo que hacen? Eva responde: "Prefiero no pensar en lo que contiene la palabra comercial. Ni si lo somos o no. Hago canciones que me gustan a mí, que nos gustan a los dos... Los Beatles son comerciales. Y a mí me da exactamente igual si lo son o lo dejan de ser. Tenían unas canciones más grandes que este hotel". ¿Puede ser que en España tengamos demasiados prejuicios? Juan entra al trapo: "No creo que seamos un país diferente. Todo el mundo sabe que somos un grupo que ha salido de la nada y que, por el azar o no sé por qué extraña fórmula, hemos roto el techo de las pequeñas salas, que es de donde venimos. Lo malo no es que nos haya pasado a nosotros, es que le debería pasar a más gente".

Sus discursos rezuman autoafirmación de principios y agradecimiento por el éxito a partes iguales. Sin excesiva alegría. Sin excesiva tristeza. Los dos comienzan a enfilar la senda de los cuarenta... "¡Qué horror!", exclama ahora sí, entre aterrada y divertida, Eva Amaral. "Pensé que estabas hablando de los Cuarenta Principales. Se me ha venido el hotel encima. ¡A mí me quedan cuatro años para los cuarenta y pienso aferrarme a ellos!". Juan sale al paso: "Yo los cumplo el año que viene... A mí lo que no me gustaría es que nos convirtiésemos en un grupo dinosaurio, el típico grupo previsible".

Para Juan, los Rolling Stones "son el paradigma del grupo dinosaurio en el sentido de grupo de rock de estadio". "Tengo muchos discos de ellos y me gustan en la época de los setenta, pero no es el modelo de grupo que a mí me sirve". ¿Lo dejarían si se convirtiesen en algo parecido a ellos? "Lo que sé es que nunca haremos Gato negro.Dragón rojo 2. Ni versión 2.0. Si nos aburrimos, nos despediremos de los fans en un mensaje y adiós; que canten otros", sentencia Juan. "Con el paso de los años tienes que estar en el escenario con dignidad", remata Eva. "Los artistas que rondan esa edad, como los Rolling, David Bowie, Neil Young... Hay gente que ha sabido encaminar eso mejor que otros".

El resto de la banda espera para subir a la furgoneta. Zulaima (chelo y coros), Iván (bajo y coros), Octavio (guitarra), Quique (teclados) y Coki (batería). Manuel Notario, manager del grupo, repasa algunas fechas de próximos directos: el 24 de julio en Málaga; el 27, en Santander; 20 de agosto, festival Ecopop; 12 de septiembre, Pozuelo de Alarcón (Madrid)... Así hasta un total de treinta actuaciones. La mitad que el año pasado. "Hay que tener en cuenta que en la gira de 2008 presentábamos disco nuevo. Y sí, claro que la crisis también nos afecta", justifica Manuel. "Hemos mantenido el caché, aunque es cierto que también hemos negociado algunos bolos puntuales".

La prueba de sonido transcurre ante los ojos de espontáneos que visitan las callejuelas del Poble Espanyol. Son las 17.30. Mario se concentra en su equipo de luces; Fernando y Miguel, en los controles de sonido; David, en la colocación de cámaras para la realización en vivo del concierto. El resto de técnicos corre de un lado para otro. Comprueban la potencia de máquinas de humo, transportan bombos y platillos, reparten los últimos martillazos... A las 19.00, unos 30 brazúpedos encargados de la seguridad y el control de acceso al recinto terminan de desalojar a los que se han colado en el ensayo. Queda una hora para la apertura de puertas. Cinco miembros de la Cruz Roja llegarán diez minutos antes. Una ambulancia permanece aparcada junto a la entrada principal para atender cualquier incidencia.

Dos minutos después de las 20.00, un agente de seguridad se acerca al portón principal. La sensación de encontrarnos ante una puerta de chiqueros es inevitable. Pero lo que se preveía una marabunta dispuesta a correr y pelear a muerte por la primera fila se reduce a un tranquilo paseo al caer la tarde. Los primeros en entrar: dos veinteañeros. Daniel Monfort avanza empujando la silla de ruedas de su amiga Patri.

El ambiente en los camerinos parece tan sanote como el del público. Aromas antisépticos. Destilados que brillan por su ausencia. Como mucho, una cervecita para calmar la sed. Bajo unos lamparones de cristal, Juan Aguirre calienta músculo trasteando su guitarra Baby Taylor. A su lado, en unos sofás, Quique y Octavio departen con una pose más de tertuliano que de rockero. "Chicos, esto parece La Clave", bromea Coki, el baterista malagueño de 32 años. Eva se explaya en el maquillaje, enclaustrada en el camerino que comparte con Zulaima. Ahí fuera, los teloneros Alis amenizan la entrada y posicionamiento de más de 4.000 personas.

21.15. Eva sale del camerino vestida de negro. Botas acharoladas. Dragón tatuado sobre la espalda al aire. Sempiterno flequillo hacia delante. "¡Vamos poniéndonos las orejas!". Sergi trae los In-ears, esa especie de pinganillos que muchos músicos han sustituido por los monitores de escenario para escuchar lo que tocan. "Sabéis como hilarlo, ¿no?", grita Eva con el repertorio en la mano. Todos hablan. Nadie escucha. Quedan dos horas hasta que puedan regresar exhaustos a estos camerinos para relajarse, conversar acerca del polémico legado del escritor Stieg Larsson y plantear una copa en la coctelería Milano de Barcelona.

Antes de todo eso el equipo de la gira de Amaral habrá realizado en conjunto un total de 560 horas de trabajo y llevará consumidos 180 litros de agua embotellada desde primera hora de la mañana. Se recaudará medio euro por persona de media en el puesto de merchandising de la puerta principal. Patri cantará todo el repertorio sentada en su silla de ruedas, desde la primera fila, junto a padres agarrados de la mano de sus hijos, mujeres abrazadas y parejas que se besan. Antes de todo eso sonará de fondo la Velvet Underground a todo trapo. Eva respirará hondo y canturreará por Lou Reed con la guitarra al hombro. Antes de todo eso tendrá que abrirse el descomunal telón de color rojo. Esos más de cien metros cuadrados de terciopelo esconden a una banda que asegura luchar por no convertirse en un dinosaurio. ¿Será posible lograrlo mientras las mieles del éxito se paladean durante tanto tiempo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de julio de 2009