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Entrevista:

El crepúsculo de un mundo

López Andrada describe el fin de la cultura rural del norte de Córdoba

Hace no demasiado tiempo la vida en grandes zonas del interior de Andalucía era dura. Las personas más humildes tenían muy poco y trabajaban de sol a sol. Muchos niños perdían la oportunidad de estudiar para ayudar al sustento de su familia. Era un mundo rural que vivía en comunión con la naturaleza y con los ciclos del año. El dinero era escaso y la gente compartía lo poco que tenía. Toda esa cultura desapareció con la mecanización del campo. El escritor Alejandro López Andrada (Villanueva del Duque, Córdoba, 1957) ha convertido ese mundo rural de su tierra natal en el eje de El óxido del cielo (El Páramo).

El libro cierra la trilogía que inició con El viento derruido (Oberón, 2004) y Los años de la niebla (Oberón, 2005). "Ahora soy el notario de un universo clausurado. Hablaré, por tanto, de un mundo que existió, un mundo perdido, anclado en unos años que el progreso lamió con su lengua descarnada", escribe López Andrada, que trabaja como técnico de Cultura de la Mancomunidad de Municipios Los Pedroches, en el norte de Córdoba. López Andrada es autor de varios poemarios, por los que ha recibido los premios Rafael Alberti, José Hierro, Ciudad de Badajoz y Andalucía de la Crítica, entre otros.

"La gente era menos individualista y vivía más unida", comenta el escritor

El óxido del cielo funde literatura de viajes, ensayo antropológico, novela, memoria y poesía. López Andrada da voz a los protagonistas de una forma de vida de la que sólo quedan recuerdos. Pueblos del norte de Córdoba, como Villanueva del Duque, Torrecampo, Fuente la Lancha, Hinojosa del Duque, Belalcázar, Villaralto o El Viso, forman el escenario de las historias, los recuerdos y las anécdotas que ahorman El óxido del cielo. "El libro habla de la transición de la mecanización agrícola. Es entonces cuando muere ese mundo rural, en la segunda mitad de los años sesenta. El óxido del cielo es el símbolo de esa muerte de una cultura crepuscular", comenta el escritor cordobés.

López Andrada desgrana los rasgos principales de esos modos de vida desaparecidos. "La vida era muy sencilla y estaba basada en la comunión del hombre con el paisaje y la naturaleza. La gente era menos individualista y vivía más unida. Era un mundo que se regía por las estaciones. Había menos dinero. Lo poco que había se compartía. Se vivía casi como en la Edad Media", afirma. Todas esas formas de existencia se fueron al garete en pocos años.

"Entre 1965 y 1975 hubo una revolución social y técnica. Entraron las televisiones, los frigoríficos, las lavadoras... La juventud ve hoy ese mundo como algo legendario, como algo muy lejano a ella. La juventud vive con Internet de espaldas a la cultura rural. Vivimos en un mundo global mucho más urbanita y menos rural. En los pueblos ya no se percibe esa atmósfera rural que había. La vida de los pueblos es actualmente muy parecida a la de las ciudades", explica.

"Vivimos muchísimo mejor desde el punto de vista material, pero el hombre se ha vuelto más egoísta y se comparte mucho menos. La gente de los pueblos se aísla en las casas. Lo que hemos ganado materialmente lo hemos perdido espiritualmente", agrega. Aquel mundo estaba lleno de penurias para los más pobres. "Había una diferencia de clases mucho mayor que ahora. Se perseguía a los disidentes ideológicos. Normalmente esa gente tan pobre era de izquierdas. Los poderosos sabían que podían y debían abusar de ellos", concluye López Andrada.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de julio de 2009