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Reportaje:MEMORIA HISTÓRICA

El botín de los vencidos

Perdieron la guerra, pero ganaron amigos para siempre. Seis soldados 'rojos' se reúnen desde 1942

Yo soy El Muerto", responde Enrique Manso, de 89 años, cuando le preguntan su nombre.

"¡Pero di por qué! ¡Explica por qué te llamamos así!", grita Pedro Macías, alias Piter, de 94. "¡Porque le olían muchísimo los pies! ¡A muerto!", se adelanta sin dejarle contestar.

Enrique arrastra el mote desde los 16 años, cuando le pusieron un fusil en la mano para que defendiera la sierra de Madrid del avance de las tropas franquistas con el resto de compañeros del Batallón Alpino. Es uno de los seis ex combatientes de la Guerra Civil que esta semana se reunieron en un café de la capital para "recontar las batallitas". Llevan haciéndolo desde 1942. Entonces tenían que reunirse de forma clandestina, pero eran muchos más, hasta 30. El Muerto, con 89 años, es el más joven de este grupo de supervivientes. El mayor es Piter, de 94. Ninguno de los seis aparenta su edad. Tampoco el encuentro parece el de un grupo de hombres que ha visto matar y morir, a veces, antes de cumplir los 18. Durante casi tres horas, los seis ancianos ríen como niños mientras recuerdan los únicos momentos de la guerra fratricida que se pueden repetir entre carcajadas.

A Pedro estuvieron a punto de fusilarle por organizar un partido de fútbol contra el bando franquista

"Por la noche insultábamos a los otros [los nacionales]. Ellos nos gritaban '¡Rooojos! ¡Hijos de la Pasionariaaaaa!', y nosotros, para fastidiar, les llamábamos lo mismo. A veces también les decíamos: 'Ayer estuve con tu novia. Es muy feaaaa!", recuerda Adolfo Ruiz, de 92 años. Acudió voluntario a alistarse en el Batallón Alpino cuando estalló la guerra. "Lo hice porque pensé que allí no tendría que pegar tiros y podría seguir esquiando. Era campeón de España".

En ese encuentro al que han sido fieles durante 66 años se lee otra historia de la Guerra Civil. La de la amistad que surge entre dos hombres malvestidos y hambrientos que acaban de recibir un fusil y temen tener que usarlo. La del miedo compartido que crea vínculos de lealtad para siempre. Las tres horas se van en recordar, entre risas, anécdotas cómicas, picantes y hasta alguna escatológica. Obedecen un pacto no escrito de no revivir los tramos más atroces de su vida, pero la crueldad de aquella guerra está presente en todos sus recuerdos, incluidos los que hoy prefieren recordar entre risas.

"Organizábamos encuentros con el enemigo. Ellos tenían tabaco de Canarias, y nosotros, papel de fumar de la fábrica de Alcoy, así que nos lo intercambiábamos. Incluso organizamos un partido de fútbol...", cuenta José Iturzaeta, de 90 años.

Le interrumpe Piter. "¡Ese partido lo organicé yo! Bajé a hablar con ellos [los nacionales] a La Granja y, cuando volví, el mando me quería fusilar por confraternizar con el enemigo. Ya habían escrito mi condena de muerte. Al final me libré porque otro mando intercedió...".

No utilizan apenas la palabra "enemigo". Eran apenas unos niños. Enrique tenía 16 años cuando le dieron un arma para defender un país en guerra. José, 17. Por eso, Piter pretendía jugar al fútbol "con los otros" para pasar el rato y Alfredo hacía bromas sobre la novia del soldado que no veía al otro lado, como si fuera un amigo del barrio.

"Una vez empezaron a dispararnos y uno de nosotros gritó: '¡Pero no dispares más, hombre, que le vas a dar a alguien!'. ¡Y pararon!", recuerda José. "Otras veces oías: '¡No me cago en tu padre porque seguro que es el mío!".

Sobre todo, recuerdan, tenían miedo al frío. "Hubo casos de congelaciones y de desorientación por ventiscas", cuenta José. "Estábamos a veintitantos bajo cero. Una vez se congeló un mulo. Uno que era matarife lo descuartizó y empezamos a comérnoslo como locos. Aquello nos supo a gloria. Comeríamos cada uno un kilo de carne. Pero, de repente, uno de nosotros empezó a llorar. Le dije 'Tú ¿por qué lloras, infeliz?'. Y me contestó: 'Lloro porque no puedo comer más. ¡Estoy lleno!".

Piter intenta enseguida restarle dramatismo. "Teníamos un complemento alimenticio por la altura: mantequilla y pan". José insiste: "Íbamos a Rascafría a comprar leche, y cuando volvíamos se había congelado y era una pasta fría".

Casi todos tenían madrinas de guerra que les escribían y les enviaban ropa. "Yo estaba enamorado de la mía. Se llamaba Lucía", asegura Adolfo. "Hace dos años vi su esquela en el periódico", añade emocionado. Esta vez es José el que trata de recuperar las risas: "Anda, pero si eras un picaflor...". Le ayudan sus compañeros: "Éste tenía un montón de novias. Le gustaban más las mujeres...".

Durante el tiempo que duró la guerra, y antes de que les dijeran que la habían perdido, que tiraran sus armas al río y huyeran como pudieran, los miembros del Batallón Alpino prepararon una gran ofensiva a La Granja y Segovia que nunca se llegó a ejecutar, sufrieron una emboscada en la que murieron dos compañeros y se enfrentaron en combate al ejército enemigo en el Puerto del Reventón en febrero de 1938. "Nos sorprendieron al amanecer", recuerda José. "Atacaron con artillería del 7,5 transportada por mulos a los que previamente, por la noche, habían calzado las patas con trapos para que no hicieran ruido". Piter añade: "Eran 20 por cada uno de nosotros. No teníamos nada que hacer". "Nos retiramos a Rascafría y nos bombardeó la aviación alemana e italiana. De 30, quedamos 15", recuerda José. "Teníamos fusiles de 1800 y una mala ametralladora", añade Adolfo.

Cristóbal Hidalgo, de 91 años, que se incorporó más tarde al Batallón Alpino, recuerda haber tenido entre las manos una metralleta Hotchkiss. Las balas que disparaba han aparecido en la trinchera excavada recientemente en Ciudad Universitaria por un equipo de estudiantes de historia y arqueología dirigido por el arqueólogo Alfredo Ruibal en un proyecto financiado por la Universidad Complutense.

Los hallazgos del equipo de Ruibal dan fe de lo terriblemente inferior que era aquel ejército. "Hemos encontrado proyectiles del último tercio del siglo XIX. Los republicanos disparaban con excedentes militares de la Primera Guerra Mundial. También encontramos casquillos de 1916, y unas balas italianas muy raras, llamadas Vetterli, que corresponden a unos fusiles antiquísimos, muy poco fiables. Los había vendido Rusia. Parece que a los republicanos se les acabó esa munición y tuvieron que tirar los fusiles porque ya no había con qué dispararlos. También han aparecido trozos de granada rusa justo al lado de la trinchera, cartuchos de caza, porque al principio salieron con las armas que tenían en casa, e incluso un proyectil del tipo de fusil que se utilizó en la conquista del Oeste de EE UU", explicó Alfredo Ruibal.

Bajo la tierra han quedado muchas pistas con las que los historiadores tratan de reconstruir la vida de los hombres que permanecieron atrapados durante cuatro años en aquella trinchera de 30 metros de longitud. Setenta años después aún se ven sus huellas: las marcas de los sacos terreros, los restos de una pequeña fogata que los republicanos utilizaban para calentarse y cocinar, los zapatos que llevaban -"eran muy humildes, sólo hemos encontrado una bota militar"-, la estrella roja de la boina de un miliciano, una lata de comida - "que abrieron con una bayoneta porque aún se ven las marcas...- y dos medallitas religiosas -"quizá el hallazgo más emotivo, porque demuestra que en las trincheras de guerra hasta los más ateos terminan creyendo en Dios".

Aunque lo peor para Pedro Macías, Enrique Manso, José Iturzaeta, Adolfo Ruiz, Cristóbal Hidalgo y Antonio Sánchez, que apenas interviene porque ya no se lo permite el oído, quizá vino después de la guerra. De eso apenas hablan. Pese a todo, Piter también es capaz de recordar con ironía ocho años de prisión en Carabanchel. "Me obligaron a trabajar para levantar la cárcel. ¡El pájaro construyó su propia jaula!". -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de diciembre de 2008