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Necrológica:

Ángel Campos Pámpano, poeta

Fue también traductor al castellano de prestigiosos escritores portugueses

Con el mismo sigilo y delicadeza con que enviaba algunos de sus poemas por correo electrónico a sus amigos, con el mismo silencio que siempre fue innato a la esencia de su poesía, moría el 25 de noviembre pasado, en Badajoz, el poeta Ángel Campos Pámpano, tras una repentina y abrupta enfermedad.

Nacido en San Vicente de Alcántara en 1957, pocas facetas del mundo de la literatura le fueron ajenas: fue profesor (de varios institutos de secundaria extremeños y del Instituto Español Giner de los Ríos de Lisboa, los últimos años), editor, director y animador incansable de revistas y proyectos editoriales (como Espaço Escrito o Falar de Poesía) y excelente traductor de muchos de los nombres fundamentales de la literatura portuguesa del siglo XX, cuyos nombres quedarán unidos ya al suyo: Fernando Pessoa, José Saramago, António Ramos Rosa, Eugénio de Andrade o Carlos de Oliveira. Una trayectoria que le ha hecho merecedor de premios como el Giovanni Pontiero de traducción o el Eduardo Lourenço a las relaciones hispano-portuguesas.

Pero el de Ángel Campos Pámpano es, y así será para siempre, el nombre de un poeta. Un poeta de vocación exacta, que creía que la esencia lírica estaba indisolublemente unida al alma humana. Un poeta comprometido ideológicamente con su tiempo y con el mundo que le rodeaba.

Autor de más de una decena de poemarios, reunidos hace pocas semanas en el volumen La vida de otro modo. Poesía reunida 1983-2005, pretendió hacer de la poesía una casa habitable en la que desentrañar el misterioso mundo de los afectos. Una casa compartida con sus seres queridos, que tenían el privilegio de poder asomarse a la trastienda de un hombre enteramente humano, que sentía con intensidad los avatares y misterios de la vida.

En 2004, publicaba uno de sus más bellos libros de poemas, dedicado a la memoria de su madre. En ese libro, de título significativo La semilla en la nieve, escribía: "Siento caer la luz / no sé si dentro o fuera de mis ojos / pero sobre el mismo paisaje / de infancia / estremecido". Una semilla, la suya también, que permanecerá siempre entre quienes lo rodearon, con la certidumbre de saber que no sólo sus palabras, sino su forma de hablar -honda, afectuosa- pervivirá para siempre, de forma indeleble.

Antonio Sáez Delgado es profesor de la Universidad de Évora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de noviembre de 2008