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domingo, 21 de octubre de 2007
Reportaje:MEMORIA HISTÓRICA

La fuga de los 221 muertos

La mayor evasión de España ocurrió en 1938, en un fuerte navarro. Huyeron 795 presos republicanos, 221 murieron a tiros. Éste es el relato de los supervivientes

L as puertas de la prisión están abiertas, pero en su interior más de 2.000 presos dudan. En pocos minutos, aprovechando que es domingo, que hay pocos militares en el fuerte y que los que hay están cenando y desarmados, un grupo reducido de reclusos se ha hecho con el control del penal y grita "¡Sois libres!, ¡A Francia!", mientras va abriendo todas las puertas. De los 2.497 presos, casi todos republicanos, que hay ese día en el fuerte de San Cristóbal, en el monte de Ezkaba (Pamplona), sólo 20 están al corriente de los planes de fuga. Muchos temen que sea una trampa de los funcionarios para matarlos en cuanto atraviesen la puerta. Finalmente, 795 presos deciden aprovechar la oportunidad de escapar a Francia, aunque nadie sabe en qué dirección está.

"Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos", cuenta Álvarez

"Querido papá: sólo te conozco por las cartas que escribiste, pero estoy orgulloso de que fueras asesinado y no asesino"

Es 22 de mayo de 1938, el día en que se produjo la mayor fuga penitenciaria de España.

"El desconcierto era total. Había rumores, pero nunca pensamos que la fuga fuera a llevarse a cabo. Cada uno tiró por su lado; algunos, que incluso pensaron que se había terminado la guerra, fueron directos a la estación de tren de Pamplona y trataron inocentemente de comprar un billete con los vales de la prisión. Naturalmente, los detuvieron enseguida. Yo calculo que estuve unos 15 minutos corriendo desorientado por el monte hasta que oí claramente el toque de trompeta de las fuerzas que venían de refuerzo desde Pamplona. Estábamos muy débiles por el hambre. Muchos iban sin zapatos. Comprendí que no podría correr muy lejos, y además no sabía adónde, así que decidí regresar a la prisión. Para cuando llegaron los refuerzos militares de Pamplona, yo estaba en mi sitio de siempre", recuerda Ernesto Carratalá, de 89 años, superviviente del fuerte de San Cristóbal. Aquel 22 de mayo llevaba poco más de un año en el penal, tenía 18 y venía del de Burgos, tras un consejo de guerra en el que otros 35 republicanos fueron condenados a muerte. Él no porque entonces era menor de edad.

Félix Álvarez decidió arriesgarse. "Las tropas nos perseguían a tiros por el monte, nos iban matando como a conejos, al que veían lo mataban, así que nos fuimos dividiendo y dividiendo, y al final íbamos dos gallegos y yo, que soy de León, juntos. No sabíamos dónde estaba Francia. Por la noche avanzábamos y por el día permanecíamos agazapados, hasta que ya no aguantamos más el hambre y nos arriesgamos de día. Llegamos a un pueblo, Gascue-Odieta, y una mujer avisó a los militares. Vinieron a por nosotros, pero, antes de devolvernos al fuerte, la señora nos dio el mejor manjar que he probado en mi vida, un plato de sopa, ¡con fideos!", recuerda Álvarez, de 89 años, preso en el fuerte durante casi cuatro. En ese momento no lo sabían, pero el leonés y los dos gallegos estaban ya muy cerca de la frontera con Francia.

La primera parte del plan había sido un éxito; 795 presos descalzos y hambrientos habían conseguido escapar del fuerte humillando a la autoridad militar. La fuga, planificada durante meses entre un pequeño grupo de reclusos, se ejecutó según lo previsto -habían reducido a los guardias que les llevaban el rancho de la cena, les habían arrebatado las llaves y se habían disfrazado con sus uniformes para atravesar el patio- hasta que uno de los centinelas de la entrada intentó resistirse. "Fue la primera y única vez en mi vida que vi matar a un hombre. Un grupo de paisanos golpeaba certera, brutal y repetidamente la cabeza del centinela. Lo hacían con un martillo, y no pararon hasta que, agotada su resistencia, el soldado cayó inerte. Me quedé sobrecogido. Contemplar un homicidio desde la barrera y asumir instantáneamente que de alguna manera te verás implicado en sus consecuencias no es para menos", recoge Carratalá en sus Memorias de un piojo republicano.

En tropel, los presos van saliendo del fuerte, pero uno de los guardias ha conseguido escapar y se dirige a Pamplona para pedir refuerzos. "Si no les hubiera avisado, no hubiese venido nadie hasta el relevo de la mañana siguiente y habríamos tenido más tiempo", lamenta Álvarez. La segunda parte del plan, la huida, va a fracasar estrepitosamente.

De los 795 presos que se fugaron aquel día, 585 fueron capturados y 207 muertos a tiros en el campo cuando trataban de escapar por el monte. Las autoridades militares, que, humilladas, habían tratado de justificarse en la prensa asegurando que los fugados no eran presos políticos, sino "presos comunes de la peor especie (...), un puñado de asesinos, atracadores y ladrones" (Diario de Navarra, mayo de 1938), recuperaron su autoridad con toda la contundencia de la que eran capaces. Catorce de los 17 promotores de la fuga fueron condenados a muerte y fusilados en público en el centro de Pamplona, el 8 de septiembre de 1938, tras un consejo de guerra. Gregorio Morata Gómez, uno de los tres procesados que se libraron de la pena capital, aparecía descrito en el sumario como "psicópata inadaptado a la sociedad civil, débil mental". Tenía 19 años y cumplía en San Cristóbal una pena de 10 por un robo cometido cuando tenía 11. Era deficiente.

Sólo tres presos consiguieron llegar a Francia, según consta en el Cuaderno de Registro de 795 fugados que realizó un funcionario de la prisión. Uno de ellos, José Marinero Sanz, murió hace 40 años en México, donde se casó y tuvo tres hijas a las que jamás habló de San Cristóbal, como pudieron comprobar los investigadores Félix Sierra e Iñaki Alforja, autores de un exhaustivo estudio sobre el fuerte. De los otros dos fugados que lograron cruzar la frontera, nunca más se supo. "No nos teníamos que haber fugado. Salimos sin provisiones, muy débiles, sin conocer la zona. Fue un error, pero nos estaban matando de hambre y de frío", concluye Félix Álvarez.

Hoy, el fuerte y sus alrededores (615.000 metros cuadrados) son una gran tumba, una gran fosa de fosas en la que yacen los cuerpos de los 207 fugados, un grupo indeterminado de presos "gubernativos" (no registrados) que falangistas de distintos pueblos iban a pedir al fuerte para fusilarlos en la primera curva, y cerca de 400 presos a los que no fusilaron, pero dejaron morir. "Te despertabas por la mañana y veías al de al lado todo hinchado por avitaminosis. Muerto. Al día siguiente, otro. Morían de inanición porque los administradores estaban compinchados para quedarse parte del dinero con el que tenían que comprar nuestra comida -lo denunció un funcionario, pero el caso fue sobreseído-. En invierno teníamos que enterrar a los compañeros en la nieve del patio hasta que pudieran llevárselos a todos en camiones", recuerda Carratalá.

Al principio, los presos son enterrados en fosas comunes en cementerios de pueblos de la zona, pero los alcaldes protestaron porque ya no quedaba sitio para sus muertos y el director del penal improvisó un camposanto alrededor del fuerte. Antropólogos forenses de la sociedad de ciencias Aranzadi han comenzado a exhumar a los presos enterrados en ese cementerio. De momento, han encontrado a siete. Saben que nunca podrán recuperarlos a todos, pero decenas de familias les siguen buscando.

Como Roberto Rocafort, de 72 años, que busca a su padre, Javier, electricista, afiliado a Izquierda Republicana en Sangüesa, uno de los presos gubernativos. "Encontrarle va a ser más difícil porque no está en el cementerio. Lo mataron los falangistas un día que vinieron a buscar a los tres presos que había de Sangüesa en San Cristóbal. Se lo dijo a mi madre un cliente de la taberna que había oído a los falangistas jactándose por el pueblo de haber matado a mi padre. Fue el 6 de abril de 1937. Yo tenía dos años".

Setenta años después, Roberto recorre con EL PAÍS las instalaciones de la cárcel desde la que su padre le escribía unas cartas que hoy guarda como un tesoro: "Por mí estar muy tranquilos porque estoy muy bien. Y como yo nada he hecho, a mí nada me harán. Estoy muy tranquilo... El jueves te marchaste un poco preocupada porque te pareció que estaba yo más delgado, pues he de decirte que estoy como siempre, muy bien, sólo que como no sabía que venías, no me afeité y la barba desfigura mucho... No hace falta que vengas porque hace mucho frío y a mí me da pena que lo pases por verme... Domi, me parece que voy a ser tan feliz cuando nos juntemos con nuestros hijos como nunca". Dominica Lozano recibió la última carta varios días después de la muerte de su marido, fechada en el mismo día que había sido fusilado. En su última línea, Javier Rocafort había escrito: "Le dices a María Ángeles que le llevaré una muñeca, y a Roberto, un caballo".

Roberto recorre el penal con la foto de boda de sus padres. Las brigadas donde vivían los presos son agujeros helados y húmedos en los que apenas entra la luz. "¿Cómo podía decir que estaba bien en estas condiciones? No se quejaba nunca. Él... decía que estaba bien...", repite Roberto una y otra vez, sobrecogido por aquella mentira piadosa que su padre repetía en cada carta. Los presos han dejado múltiples dibujos en las paredes, y Roberto busca por una nave oscura e interminable uno de su padre. "Ahí pone Roberto, a lo mejor lo escribió pensando en mí", se consuela tras examinar con detalle las decenas de cuentas, calendarios, trozos de pan o mapas de España señalando Francia que han garabateado los reclusos. La huella que busca no está.

"Hasta hace muy poco me emocionaba mucho y me derrumbaba enseguida al hablar de mi padre. Hoy lo estoy llevando muy bien, y es por el psicólogo que me enviaron a casa los de la Asociación de Familiares de Fusilados y Desaparecidos de Navarra. Venía todas las semanas, le leía las cartas, charlábamos. El último día me dijo que le escribiera una a mi padre. Lloré muchísimo, pero ya no lloro más", asegura Roberto.

Ésta es la carta que le escribió: "Todo Sangüesa imaginó que Javier había tenido un hijo la mañana que pasaste por el pueblo tocando el claxon de tu moto. Querido papá, soy Roberto, ese hijo que tanto deseabas. Durante dos años, solamente dos años, te dejaron jugar conmigo. No nos dejaron más tiempo juntos el odio, la envidia, la ambición y la locura, que se apoderó de España, en especial de tu querida Navarra, de tu pueblo. Primero, cárcel, 10 meses de cárcel, sin juicio, sin motivo alguno. Después, el asesinato a sangre fría. Pero quiero que sepas, querido papá, que estoy orgulloso de ti, que prefiero mil veces que seas asesinado a que fueras asesino. Solamente te conozco por las cartas que enviaste a mi madre desde la cárcel, pero son suficientes para saber que eras un hombre de bien, que pensabas ser muy feliz con tu familia el día que todo terminase. Pero no te dejaron. Te quitaron la vida...¡por nada! Un abrazo, papá, adiós para siempre". -

La vida en una botella de jarabe

Las fosas de la Guerra Civil están siempre ocupadas por esqueletos anónimos. Son los investigadores que recogen testimonios y los forenses que encajan esa información con las pequeñas pistas que encuentran en los huesos (una lesión, una malformación...) los que les ponen nombre. Así ha sido en todas las que se han abierto en España desde 2001, excepto en una, San Cristóbal, donde ha aparecido, entre las tibias de un esqueleto, una botella de jarabe con el nombre y los apellidos del muerto.

El tapón de rosca de la botella y un fragmento de periódico enrollado que llevaba dentro ha permitido conservar en su interior un documento del penal en el que algún funcionario resume el 26 de diciembre de 1943, la vida del preso 42: "Andrés Gangoiti Cuesta falleció en este establecimiento el día de la fecha a consecuencia de tuberculosis pulmonar. Tenía 23 años de edad, soltero, marino de profesión. Natural de Gorliz (Vizcaya) y vecino de Bilbao. Hijo de Lorenzo y de Lucía. Este penado fue condenado a la pena de 30 años por un consejo de guerra celebrado en San Sebastián por el delito de adhesión a la Rebelión".

También aparecieron botellas, éstas de vídrio, con los otros seis cuerpos que Aranzadi ha exhumado hasta el momento en el cementerio del fuerte de San Cristóbal, pero sin documento dentro. Los antropólogos creen que estas botellas, también enterradas entre las tibias, llevaban tapones de corcho que se pudrieron con la humedad e impidieron que se conservaran esos cortos resúmenes de vida de los jóvenes presos muertos de hambre y de frío en San Cristóbal.

Ernesto Carratalá, de 89 años, superviviente del fuerte de San Cristóbal. / Carles Ribas

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