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Reportaje:MÚSICA

Dios con batuta

El 16 de enero se cumplieron cincuenta años de la muerte de Arturo Toscanini, un mito en vías de revisión en el que la rabia se mezcla con el talento.

Una serie de discos que recogía parte de su legado discográfico se titulaba Maestro furioso. Su cólera era, como la de aquel conquistador, "la cólera de Dios", según declarara uno de los músicos que sirvieron -valga el símil militar- bajo sus órdenes. Otro matizaba: "Su don divino era sacar de nosotros todo lo que llevábamos dentro". El director de orquesta como maestro, como padre, como Dios. La autoridad como vía hacia la excelencia que desembocará en el perdón agradecido del súbdito. Carne para el doctor Freud y para quien se asome, cincuenta años después de su muerte, a una personalidad musical y humana de un raro atractivo.

Siempre había sido Toscanini bien consciente de su valor. A los diecinueve años, siendo violonchelista, debutaba como director, en Río de Janeiro, en una sustitución de última hora dirigiendo Aida de memoria. Por cierto, siempre dirigirá de memoria un repertorio imposible: seiscientas obras de doscientos compositores. La verdadera razón era, al parecer, su mala vista. Río fue el principio del sueño que había acariciado en Parma -donde nació el 25 de marzo de 1867- cuando escucha el Tristán. Luego vendrá La Scala y una plétora de estrenos empezando por Pagliacci, La bohème y tres de las Cuatro piezas sacras de un Verdi de cuyo homenaje musical a su muerte será responsable. Y enseguida el Metropolitan de Nueva York y la fama universal. Ese italiano bajito y con bigote, pinturero y requiebrador de cualquier mujer que se pusiera a tiro, estaba revolucionando la dirección de orquesta. Allí -donde coincidiría con Mahler, cuya música no le interesó nunca- se encontrará con Geraldine Farrar y se enamorará de ella. Decide irse. Le pagan poco y la glamurosa soprano le atrae peligrosamente para su carrera. "Soy una estrella", le dice ella. "Tenga cuidado. Cuando brilla el sol las estrellas no se ven", le contesta él. Es el único sol posible. Le traiciona el subconsciente cuando le dice a sus músicos en un ensayo: " No hay que demostrar que soy Toscanini, no me pongan en valor a mí". ¿No será, en el fondo, el orgullo de saberse el astro rey? En aquellos años la fama de su fidelidad a lo escrito por el compositor comienza a hacerse legendaria. El tiempo demostrará, a la vista de las anotaciones de sus partituras, que no era así. Beethoven, Verdi, Elgar, Shostakóvich eran cambiados por la pluma del maestro que les enmendaba la plana desde su propia suficiencia mientras no le daba importancia a cualquier acusación al respecto, que también las hubo. Pero las críticas no suficientemente aduladoras fueron vistas siempre como el producto de algún resentimiento de sus -escasos- autores.

En 1929 deja La Scala tras

un primer periodo de agotamiento y vuelve a Nueva York, en plena Depresión, para ganar la cifra astronómica de 110.000 dólares por diez semanas de trabajo. Cruza el Atlántico con frecuencia y vuelve a Italia hasta que en Bolonia se le pretende obligar a dirigir el himno fascista y se rompe la baraja. Dirige en Bayreuth pero en el templo de Wagner sólo le aprecia Siegfried, el hijo del compositor. Allí trabajará gratis hasta que Hitler llegue al poder y manifieste sus intenciones. Toscanini será claro: "No quiero nada con el diablo". El otro diablo, Mussolini, le vigila y pide que le envíen directamente a él los informes de la policía sobre su conducta. La Filarmónica de Viena y el Festival de Salzburgo serán su consuelo hasta que, tras la anexión de Austria, decida marcharse no sin antes firmar una carta en contra de los acontecimientos. La siguiente etapa será Palestina, la recién creada Orquesta Filarmónica de Israel.

A los setenta años, en 1937, le contrata la National Broadcast Corporation, la NBC, que funda una orquesta para dar a sus emisiones un toque de calidad en un momento en que a la emisora americana se la criticaba por lo contrario. En 1948 aparece en el primer concierto televisado de la historia. El ocaso asomará seis años después. Mientras dirige la Bacanal de Tannhäuser de Wagner, debe parar. La emisión se interrumpe, suenan los primeros compases de una grabación de la Primera de Brahms. Toscanini se recupera y llega hasta un final que es el principio del suyo. Al enterarse de la muerte de su mujer, que su familia le había ocultado durante un tiempo, se encierra en su habitación para entrar poco después en coma y morir el 16 de enero de 1957.

Admirado por colegas tan diferentes como Bruno Walter u Otto Klemperer, Toscanini impondrá una visión del director de orquesta omnisciente y poderoso, intratable en los ensayos -hay un documento tremendo de uno de La Traviata donde los insultos salen por su boca como dardos envenenados-, violento en el trabajo pero encantador en la calle, sabedor de que su aura todo lo transforma. Hoy, y sobre todo al compararlo con su polo opuesto, Wilhelm Furtwängler, su figura pasa por un periodo de revisión, suscita reservas pero permanece incólume como manifestación incomparable de un arte difícil de explicar.

El legado

TOSCANINI SE llevó a la tumba su secreto. Tampoco hubo sucesores. Pero la verdad es que el fenómeno era irrepetible. En lo que toca a la popularidad, a la divinización del oficio de dirigir una orquesta, sólo Herbert von Karajan se le pudo acercar después. En todo caso, tenemos los discos para recordarnos su verdadero ser: las sinfonías de Beethoven, de Brahms -con la Sinfónica de la BBC, con la que se entendió de maravilla a mediados de los años treinta-, su Falstaff de Verdi, su irritante pero eléctrica Segunda de Sibelius... Y, sobre todo, para los aspectos más relevantes, y también más íntimos, de su biografía, un impagable documental en DVD, Toscanini. The Maestro, publicado por RCA. Ahí está todo él, su grandeza y su miseria en una sola pieza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de febrero de 2007

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