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Reportaje:

Matta-Clark, el artista destructor

La carrera de Gordon Matta-Clark (Nueva York, 1943-1978), hijo del pintor surrealista chileno Roberto Matta, fue corta e impactante después de darse a conocer por sus cuttings, transformaciones de edificios mediante cortes o extracciones de fragmentos de edificios. El Reina Sofía le dedica una exposición con fotografías, foto-collages, dibujos y las 19 películas que realizó.

Hace unos meses, el patronato y la dirección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía tomaron la decisión de cerrar al público el jardín interior del edificio Sabatini, en línea con la creciente y preocupante tendencia de los museos a hacer usos privativos de espacios públicos. Pues bien, si Gordon Matta-Clark asistiese el próximo martes 4 de julio a la inauguración de su exposición no le quepa a nadie la menor duda de que, con medios pacíficos o violentos, con la metodología diligente y expeditiva que le caracterizaba, procedería a la apertura del referido jardín para devolvérselo a sus legítimos propietarios: los ciudadanos.

Gordon Matta-Clark estudió arquitectura en la Universidad de Ithaca en el Estado de Nueva York y literatura en París, pero decidió ser artista y no ser ni ejercer de arquitecto. Como tal, desarrolló entre 1970 y 1978 el corpus de obra más complejo del último tercio del XX, abrumadoramente no objetual, y trabajó como ningún otro en la urgencia de los cambios económicos, políticos, sociales y culturales que la crisis sesentayochista había evidenciado. Se trata de un artista poliédrico, energético, dinámico, explosivo, extremadamente inteligente e intuitivo, que cuando a finales de los años sesenta irrumpe en la esfera artística de Nueva York, lo hace con los títulos y avales de propiedad de primer beneficiario de la herencia de los años sesenta: pop, minimalismo y conceptualismo. Sobre la base que configuraron esos tres grandes movimientos construye un entramado reticular, política y artísticamente articulado, de crítica institucional, generando experiencias colectivas en el interior del espacio público.

Su obra, que él se encargó de definir como 'hermenéutica marxista', posee la belleza convulsa de un tiempo de crisis vivido desde la lucidez

Matta-Clark buscó en la arquitectura espacios internos más allá de la geometría construida

Su trabajo refleja desde sus

comienzos su preocupación por los nuevos modos culturales en la vida cotidiana y por las nuevas subjetividades e identidades políticas posteriores a 1968: trabajando con basuras, ofreciendo oxígeno a los transeúntes de Nueva York, abriendo un restaurante gestionado y dirigido por artistas, poniendo en tela de juicio la propiedad privada del suelo... o subiéndose a la Clocktower para, colgado de su reloj, proceder a afeitarse, ducharse y lavarse los dientes.

Todas esas acciones tenían lugar en tiempo real, acotado y preciso, fuera de los sacralizados recintos de galerías o museos, pero previo a ellas realizó miles de dibujos, anotaciones y libretas de trabajo que, a la manera poussiniana, implican que concebía el dibujo como la imagen interior del proyecto. Del mismo modo, prácticamente todas sus acciones e intervenciones en edificios fueron fotografiadas, filmadas o grabadas en vídeo, y el modo en que las registraba estaba en perfecta coherencia con el discurso general que trataba de construir.

En donde realmente Matta-Clark dio el gran salto fue en sus trabajos con la arquitectura y el espacio. No veía en los edificios más que unas esculturas con tuberías y, en una sucesión de metáforas dentro de otras, buscó espacios internos más allá de la geometría construida. "La auténtica naturaleza de mi trabajo con edificios está en desacuerdo con la actitud funcionalista, en la medida en que esa responsabilidad profesional cínica ha omitido cuestionar o reexaminar la calidad de vida que se ofrece".

Las intervenciones en edificios (cortándolos, seccionándolos, troceándolos, agujereándolos, desplazándolos) le permitieron materializar ideas sobre el espacio que él intuía desde una dialéctica personal (designar espacios, crear complejidad). Las dualidades que fue descubriendo, impecablemente reflejadas en sus montajes fotográficos (vertical/horizontal, interior/exterior, vacío/lleno) resumen en términos de experiencia estética más de 2.000 años de ideas filosóficas sobre el espacio.

Esos cortes conforman una suerte de narración gráfica y textual que explica tanto el proceso de la obra como su contexto interno. Sus viajes al subsuelo de la ciudad pretendían descubrir espacios sin nombre, lugares ocultos: "Tengo interés en una expedición al subsuelo: una búsqueda de los espacios olvidados y enterrados bajo la ciudad... Esta actividad debería sacar el arte de la galería e introducirlo en las cloacas".

Su interés por los espacios in

termedios, por los contenedores corporales y sociales, por la degradación urbana y los edificios okupados le permitieron trascender el conflicto que mantuvo con la Institución Arquitectura. Uno de los primeros episodios de dicho conflicto lo protagonizó al ser invitado a participar en una exposición en la Cooper Union. En este caso, su obra consistió en el desmontaje de las ventanas del lugar de la exposición para poner en su lugar fotografías de las ventanas reventadas de edificios degradados del Bronx, y sucedió que las ventanas fueron repuestas, la participación de Matta-Clark cancelada y que Peter Eisenman le acusó indirectamente de nazi. Este conflicto continúa hasta hoy y se hace visible cuando, por ejemplo, este artista sigue estando vetado en las bienales de arquitectura de Venecia.

Matta-Clark es el gran artista del espacio -éste fue su material de trabajo y proyecto-, de sus vacíos, no sólo del arte de las últimas décadas sino de lo que hoy conocemos como historia del arte. Muy inteligentemente estuvo al margen de las, aún hoy, difíciles -por no decir imposibles- relaciones artista/arquitecto, operando directamente sobre los sólidos construidos. "Los arquitectos construyen, los artistas destruyen", afirmaba Dan Graham a propósito de la obra de Matta-Clark.

En todo caso, su obra, que él se encargó de definir como hermenéutica marxista, posee la belleza convulsa de un tiempo de crisis vivido desde la lucidez. Matta-Clark es un antihéroe moderno y uno de los primeros artistas de la posmodernidad. Él, en definitiva, transformó en arte lo que las organizaciones ciudadanas, partidos y sindicatos no querían, no podían u olvidaban hacer: perseverar en el proyecto moderno de emancipación. Más que poner el dedo en la llaga, hundió, con toda la generosidad imaginable, sus manos y su cabeza en las heridas sistémicas del capitalismo tardío. Por eso es un artista ineludible a la hora de entender el arte de los últimos cuarenta años.

A punto de inaugurarse la exposición que le dedicará el Museo Reina Sofía y a pesar de que tres de las grandes exposiciones de Gordon Matta-Clark han pasado por España y de que toda su filmografía ha sido también proyectada en nuestro país, que nadie interesado en los momentos constituyentes de la contemporaneidad artística se la pierda, pues podrá encontrar importantes claves para comprender nuestro presente.

Darío Corbeira es artista plástico y editor del libro ¿Construir... o deconstruir? Textos sobre Gordon Matta-Clark (Ediciones Universidad de Salamanca). Gordon Matta-Clark. Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Del 4 de julio al 16 de octubre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de julio de 2006