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sábado, 13 de noviembre de 2004
Crítica:

Prisionera en casa

  • Elena Ferrante
"Un mediodía de abril, justo después de comer, mi marido me anunció que quería dejarme". Así comienza Los días del abandono, la novela en la que la escritora italiana Elena Ferrante narra la vida cotidiana y analiza los sentimientos de una mujer herida en un Turín vacío.

Una mujer es abandonada por su marido sin explicación alguna. Es un asunto tan tratado que dan ganas de pasar de largo: sería un gran error. Ésta es una novela muy bien medida, una novela como una montaña hermosa y agreste, dura e impresionante, a la que se asciende por una vertiente y de la que se desciende por la otra con la plena convicción de que el esfuerzo ha merecido la pena. La cumbre, el eje, se configura en una escena memorable (un encuentro sexual forzado, explícito y de alta densidad emocional) en torno al cual la conciencia de la protagonista sufre una especie de paroxismo que alcanza a ser uno de esos momentos dramáticos capaces de soportar el peso de toda una narración.

LOS DIAS DEL ABANDONO

Elena Ferrante

Traducción de

Nieves López Burell

Salamandra. Barcelona, 2004

224 páginas. 11,50 euros

Reiniciemos. Olga, una mujer de 38 años, con dos hijos, escritora amateur y casada hace 15 años con un hombre que prefiere mantenerla a que trabaje, es abandonada de la noche a la mañana. Lo primero que se instala es la ausencia; después, la incomprensión de la ausencia provoca el vacío (el "vacío de sentido" al que llamará por su nombre hacia el final de la novela); y el vacío, la pérdida de sí misma. La reacción de Olga es un aferramiento al yo propio como único asidero y, naturalmente, ese yo sufre el ataque feroz y obsesivo descomponiéndose. En su tormento, el yo es centrífugo y arroja lejos de sí, incluso airadamente, todo cuanto se opone al triunfo del dolor y la autocompasión. Éste es el camino hacia la escena cumbre; una vez cumplida ésta, la pérdida de sí misma acaba llevando a Olga a una situación límite: "Era una inepta, estaba prisionera en mi propia casa". Literalmente.

Elena Ferrante -que ya dio una muestra excelente de lo que es tratar asuntos cotidianos de una manera distinta, personal y sin concesiones a la sentimentalidad o el costumbrismo en aquella primera, hermosa y singular novela que era El amor molesto (Destino)- construye el desarrollo de la historia con una habilidad y una firmeza más que notables. Apenas tiene otras cosas que: los recuerdos, el dolor y la rabia de Olga, los dos hijos, la figura del vecino y la ausencia -una ausencia muy bien explotada- del marido. Y una baza más: el cuerpo, la fisicidad del cuerpo, el modo en que el cuerpo recoge el dolor y reacciona. Y aún más: todos los detalles, todas las anécdotas, los recuerdos que acuden o que son llamados, los objetos, están relacionados con el desarrollo de la novela; es decir: no sólo participan de ella sino que la construyen, la tejen, por así decirlo, y de ahí proviene la fortaleza del relato y su poderosa cohesión. La implicación de los detalles de la vida cotidiana en el asunto, toda esa vida vivida que al resentirse primero y reventar después se abraza al drama de la incomprensión primera de la mujer, la vacía de manera contundente y convincente, la empuja al desencuentro de sí misma, a perderse a sí misma, que es cuestión central en la novela. "Mi marido había apartado de mí sus pensamientos y deseos para llevárselos a otro sitio". A partir de ahí empieza el calvario que se inflige, aun a costa de sus hijos. Y a partir de la escena cumbre, Elena Ferrante comienza a manejar la figura de los hijos con una habilidad dramática envidiable hasta conseguir entre los tres (ella y los niños) el clima opresivo que provoque la catarsis. El perro y el vecino -la aparente secundariedad de éste es enormemente eficaz- son los otros dos componentes.

El yo herido, el orgullo herido, es lo primero que sucede a la ausencia del marido y lo que concede al yo de Olga la ceguera de su respuesta, la respuesta que se vuelve contra ella. Así comienza el ascenso a la angustia que la desbarata. Pero, culminado el ascenso, alcanzada la opresión insoportable de la situación, llega la catarsis y lo que resulta real y contrastadamente hermoso es el manejo de la catarsis, el descenso por la otra vertiente, la recuperación del sentido, todo ello despacio, a su ritmo, compensando excelentemente el camino anterior a la angustia, a una neurosis en la que las actitudes mentales (manías que adquiere provocadas por la inseguridad, por ejemplo) y la fisicidad del cuerpo tienen un papel expresivo relevante. Cuando la situación límite estalla, comienza un camino tan doloroso como el anterior, pero esta vez se mueve hacia la recuperación de la realidad, desciende hacia la realidad (de nuevo las actitudes: ese abrecartas con el que pide a su hija que la saque de sus ensimismamientos mientras tratan de romper el encierro en casa que ella misma ha provocado). La situación de encerramiento en la propia casa tiene una fuerte carga simbólica; la lucha por salir también la tiene. El yo centrífugo se transforma en yo centrípeto hasta que, poco a poco, va relajando sus revoluciones y la novela se cierra admirablemente en cuanto a su mecanismo tan bien como se ha abierto camino en la cabeza del lector.

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