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sábado, 25 de septiembre de 2004
Tribuna:

La isla del tesoro

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Hubo un tiempo en que los tesoros no estaban localizados en los parqués de la Bolsa ni en los platós televisivos ni en las oficinas bancarias ni en las múltiples "cuevas del poder", sino en islas perdidas, bosques sagrados o en remotos pozos casi inaccesibles, y los caminos que llevaban a ellos, lejos de estar iluminados con luz cegadora, eran difíciles y secretos, únicamente dibujados en mapas a los que se accedía a través de la imaginación. Puede que para nuestros criterios actuales este tiempo sea tan pretérito que se pierde en aquella Edad de Oro con la que, suponemos, nos han mentido los libros y los mitos.

Ahora creemos estar tan completamente convencidos de que el oro es solamente oro, y nada más, que apenas nos resultan creíbles estas historias que nos hablan de tesoros, fantásticos por intangibles, en el que el metal o la piedra preciosos se revelaban en una palabra, un pensamiento o, más exquisitamente, en una emoción. No es que seamos completamente incrédulos, pero sólo creemos en lo que afanosamente llamamos la realidad y no se nos ocurre que el mapa que conduce al tesoro quizá atraviesa territorios que no pertenecen a ella aunque no por esto son menos reales.

La realidad es así: una fórmula que, meditada un segundo, no significa absolutamente nada pero que se ha convertido en la justificación universal a la que casi todos recurren. La política contemporánea, que huye como del diablo de cualquier posible acusación de utopía, recurre por supuesto a esta receta. Sin embargo, no es más que el reflejo de una constelación social en los más distintos órdenes que se exterioriza con expresiones paralelas: el mundo es así o la vida es así. Su reiteración continua nos sitúa en un círculo vicioso del que no podemos o no deseamos escapar.

De hecho, la percepción de ese círculo es diferente y señala en gran medida las regiones espirituales de nuestro tiempo. Unos cuantos, efectivamente no muchos aunque es difícil cuantificarlos por su propia posición, se sienten verdaderamente atrapados y desearían romper el hechizo. Son los que se declaran agobiados por la realidad y por la imposibilidad de evadirla. En el otro extremo se hallan los que, por así decirlo, están encantados con el encantamiento porque sirve a sus fines o a sus réditos. Son los que han ajustado la realidad a sus intereses mientras a través de sus despachos públicos, empresas privadas o medios de comunicación se cansan de explicar cómo no podía ser de otra manera. Estos últimos son los auténticos beneficiarios del embrujo si bien (nadie lo ha resumido mejor que los programadores de la televisión, la publicidad o la política basura) ellos dan "lo que la gente quiere".

Y la gente -otra gran categoría- efectivamente lo quiere. O lo acepta. O no lo rechaza. Entre los que se sienten atrapados y los que se sienten encantados el grueso de la población, la gente, parece protagonizar el embrujo, quizá sin demasiada convicción pero sin demasiada resistencia, como si se hubiera olvidado en algún lugar perdido de la conciencia el momento en el que podía creerse que "las cosas podían ser de otro modo". Inesperadamente, en las protestas contra la guerra, por ejemplo, se producen bruscas disconformidades; no obstante, pronto vuelve el sopor, la invencible pasividad mediante la que cualquier circunstancia queda acomodada en la suprema patria de lo inevitable. Cualquier situación encaja en la idolatrada realidad aunque se trate de asuntos aparentemente tan desagradables como la especulación inmobiliaria, el caos de la enseñanza, el tráfico de inmigrantes o la venta masiva de la intimidad. Cuando la realidad es así se hace difícil, finalmente, evitar el todo vale, no tanto, desde luego, por su inmoralidad culpable, sino por pura amnesia.

No nos acordamos de que los tesoros se encuentran en islas perdidas, bosques sagrados o pozos lejanos. Y en consecuencia creemos que ya los poseemos. Pero ¿cómo hemos podido olvidar algo a la vez tan elemental y tan esencial?

Tal vez no disponemos ni de tiempo ni de espacio para hacerlo y, por consiguiente, necesitemos recuperar el plano que lleva al tesoro. Sería paradójico que, después de todo, esta recuperación, y no la realidad, fuera la cuestión fundamental de nuestra época. Y la suscitáramos en los debates ciudadanos y en las campañas electorales. Y la convirtiéramos en una exigencia de los derechos actuales del hombre. Y nos preguntáramos unos a otros: ¿cómo reconstruir aquel trazado que nunca hubiéramos debido olvidar?

Necesitaríamos una distancia, en primer lugar con respecto a nosotros mismos, que, por lo general, no tenemos. También un detenimiento que tampoco poseemos: si pudiéramos pararnos al margen del camino como aquellos individuos que permanecen horas y horas al lado de la carretera sin sentir el deber de hacer nada... De hecho, podríamos. Pero no lo haremos porque nosotros, sometidos a un imperativo de oscura procedencia, sí nos vemos obligados a integrarnos en ese singular vértigo en el que no hay tiempo para preguntar.

Si preguntáramos seguramente empezaríamos a recordar. A menudo, no obstante, hemos perdido las ganas, las ilusiones o simplemente el hábito de hacerlo. Además, siempre estamos rodeados de respuestas. Nuestro mundo -la realidad- es un abrumador mundo de respuestas en el que ningún resquicio queda a salvo. De ahí que dependamos tan servilmente de la promoción de verdades que nos rodea con su cadena de montaje. La historia de la propaganda política es a este respecto admirable porque no contiene prácticamente ni un solo interrogante. Es una máquina de respuestas, disparatadas a posteriori pero de una impecable coherencia en el momento de ser formuladas. Más eficaz e impune es todavía el engranaje de la publicidad comercial, un omnipresente "maestro de la verdad" de nuestra época.

Una a una las respuestas sin pregunta van envolviéndonos, naturalmente para nuestro bien, según se encarguen de anunciarnos las distintas promociones. El político nos administrará para nuestro bien, y el banquero y el constructor de viviendas y el fabricante de drogas curativas y el encargado de facilitarnos el último descanso. Las respuestas, agolpándose ruidosamente, llenan el último rincón de nuestra vida. Aseguran nuestra salud, nuestra diversión, nuestro sexo, nuestra religión. Todo es fácil de conseguir, inminente, sencillo, fast: fast life, fast food, fast death.Por si fuera poco, las respuestas son tan poderosas que prevén cualquier rebeldía. Como aquella promoción de una marca automovilística que proclama solemnemente: "Sé realista, pide lo imposible" sobre la foto de unos manifestantes o la que ha insertado a toda página en varios periódicos el principal fabricante de inmundicias del mundo, asegurando que su comida es maravillosa para el universo y que únicamente hace falta hacer ejercicio (un probable mensaje a Clinton, recién operado del corazón, para que se mueva más mientras siga comiendo la misma basura confesada en sus declaraciones).

Todo, como se ve, ajustado a la realidad, incluso para especular demagógicamente con los imposibles. El problema de tanto realismo nuestro es que, en última instancia, el mundo permanezca confundido en el ruido ensordecedor con que el alud de respuestas nos avasalla cada día. Y quede poco espacio para la libertad y ninguno para el enigma.

Por eso a veces, ante la imposibilidad de habitarlo, tenemos nostalgia del silencio. Quisiéramos vivir un instante sin el ruidoso cerco de las respuestas. Y entonces, sin coacciones, poder enunciar alguna pregunta. Pero no como ascetas que se alejan y renuncian, sino como aventureros que intuyen que el tesoro no es el proclamado y que el otro, el que aguarda en la isla, exige afrontar un camino más arriesgado y más libre.

Rafael Argullol es filósofo.

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