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Crítica:

El corazón escondido

Toni Morrison ha vuelto a sorprender con su última novela. Ha creado un universo de voces que reconstruye un tiempo y unas vidas al explorar en las tinieblas que a veces asedian a las pasiones. Y para ello, la premio Nobel de 1993 cuenta la historia desde el centro mismo de las huellas dejadas por un hombre en el corazón de dos mujeres, y que ha titulado a secas Amor. Una palabra a la que devuelve todo su enigma, su deseo y su grandeza.

"Naturalmente, todas tienen una triste historia que contar: atención excesiva, insuficiente o de la peor clase. Algún cuento sobre papás monstruosos y hombres embusteros, o mamás y amigos mezquinos que les hicieron daño. Cada historia contiene un monstruo que las volvió implacables en vez de valientes, así que abren las piernas antes que el corazón, donde aquella criatura se ha acurrucado". Esta declaración de L. es la de una testigo de un drama de amor-odio que se ha venido desarrollando ante sus ojos durante más de cuarenta años. Su visión de la historia que se narra va en cursiva, para diferenciarla del resto de la narración, porque ella se mantiene aparte hablando desde el presente. Ella recuerda, los demás actúan.

AMOR

Toni Morrison

Traducción de Jordi Fibla

Lumen. Barcelona, 2004

240 páginas. 19,50 euros

La narración de los hechos alterna dos voces: un narrador en tercera persona, un narrador despersonalizado que da cuenta de lo que sucede a los personajes desde ellos mismos y una primera persona que, en forma de yo o de tú utilizado como primera, entra y sale del relato del narrador a conveniencia de la autora. El resultado, ese salto o intercambio de voces hecho con toda fluidez y sin interrumpir el hilo narrativo, dota al texto de una flexibilidad y también de una ambigüedad extraordinaria. Es un artificio necesario porque la novela es un ejercicio de desvelamiento y éste es un caso en que la forma se atiene en todo al sentido. Iniciamos la lectura como si estuviéramos en una casa desconocida y a oscuras y la lectura avanza al compás de la narración del mismo modo que si, tanteando primero, probando a reconocer las habitaciones, abriendo ventanas y puertas, subiendo y bajando, la claridad fuera adueñándose del interior del edificio sin que el ambiente deje de contener misterio; y llamo misterio a la posibilidad de que siempre haya algo más de lo que nuestros ojos descubren y fijan.

La historia es la de un hombre ya fallecido y sus relaciones con diversas mujeres. Este hombre, Bill Cosey, tiene la brillante idea, allá por los años cuarenta en Estados Unidos, de montar un hotel para la gente de color con dinero: en él tienen todo lo que les ofrece cualquier gran hotel en punto a comodidad, lujo, diversiones, descanso y la ventaja de no tener que pasar por ninguna discriminación; no la hay por la sencilla razón de que sólo hay negros en un ambiente de esplendor blanco. Pero el hotel decaerá y finalmente cerrará y, a la muerte de Cosey y debido a un confuso testamento, su nieta y su última esposa deben convivir juntas en la casa que hereda la segunda. Pero sucede que estas dos mujeres, ahora ancianas, fueron en su juventud íntimas amigas y ahora se odian y se ven obligadas a vivir en ese caldo de cultivo: un rencor ciego. Lo que la novela trata de esclarecer es la razón por la que las dos mujeres han llegado a mantener esa terrible cohabitación.

En torno a ellas se mueven personajes que han sido partícipes del entorno íntimo de Cosey durante esos más de cuarenta años. Para ello, la autora hace desaparecer a Cosey -sólo aparece por intermedio de los demás, nunca de sí mismo- para dejar que asome a través de las mujeres y de los testigos. Pero lo que en principio parece un desvelamiento del personaje se va convirtiendo poco a poco en un relato centrado por la larga sombra de Cosey en esas dos mujeres "cuya historia contiene un monstruo que las volvió implacables en vez de valientes". Los testigos (L., Vida, Sandler

...) irán cubriendo las partes vistas desde el exterior y ellas dos nos hablarán desde el interior de la historia; poco a poco, la luz penetra en el relato volviéndolo cada vez más apasionante porque es del corazón escondido de lo que Toni Morrison desea hablar, del enigma de esos corazones que guardan lo que más necesitan y desean -su amor- recubierto de odio como un avaro que esconde su tesoro más amado en un cofre de plomo.

La llegada de una joven libre

y salvaje y su encuentro con el jo

ven nieto de dos de los testigos es a la vez simbólico y efectivo. Simbólico porque reproduce una vez más, en inicio, la figura de esa mujer que abre las piernas antes que el corazón donde se ha acurrucado y, en cierto modo, también la figura del muchacho que se está haciendo hombre en una sociedad distinta de aquella que generó el drama que llega a su término con las dos ancianas. Y es efectivo porque de la actuación de ambos se derivará el movimiento que dará fin a la novela. Toni Morrison, con admirable sabiduría narrativa, coloca a los personajes sobre el tablero de la vida, todos ellos firmemente dibujados, todos ellos imprescindibles, y el lector queda boquiabierto ante la exhibición de madurez, dominio y construcción que ésta demuestra.

Si el artificio del juego de voces es un ejercicio expresivo que llena de sentido la estructura de la novela, la creación de personajes es igualmente extraordinaria. No importa si se encuentran en una situación tópica u original porque su poder de convicción es su fuerza. Toni Morrison tiene el don de los grandes creadores de personajes que es el de obligarlos a moverse y actuar de manera que siempre que intervienen nos digan algo nuevo, añadan algo a lo que ya sabemos. No hay ni una pizca de gratuidad. Y como la novela es, decía antes, una novela de desvelamiento de la oscuridad a la claridad, los seguimos con verdadera pasión. Pero, además, como todo gran creador o creadora, Toni nos lleva hacia la claridad, sí, mas para dejar el sentido de la historia en manos del lector; no la anécdota, sino el sentido. La verdadera claridad no es simple, es compleja. El lector continúa meditando tras la lectura porque el asunto -el amor perdido como la vida- queda a la luz, mas no resuelto.

Habría que añadir que Toni Morrison es una mujer negra que escribe una novela con personajes de su raza exclusivamente. El lector advertirá también que, a contrario de los circuitos cerrados y autosatisfechos en los que se mueven las minorías de cuota, aquí asistimos a una representación del alma humana universal, no del alma negra etiquetada. Pero, claro, Toni Morrison es una creadora universal no una escritora-gueto. Y, por si fuera poco, a pesar de recibir ese Premio Nobel que a tantos convierte en imitadores de sí mismos, ha vuelto a escribir una obra maestra.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de marzo de 2004

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