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Reportaje:DEHESA DE ROBLELLANO | EXCURSIONES

Agua, árbol, cancho y sol

Lagunillas, melojares y berruecos ornan este prado comunal, situado junto al pueblo y la sierra de La Cabrera

Roblellano es la dehesa comunal de La Cabrera, un cuadrilátero herboso de un kilómetro por banda que limita a naciente con el pueblo de La Cabrera, al norte con la sierra homónima, a poniente con el cancho de la Cabeza y al sur con la carretera de Valdemanco, cosas todas grises y duras que resaltan su verdor y su blandura.

Como puede deducirse, Roblellano es un llano donde abunda el roble. Pero abunda, además, en espejeantes lagunillas y en esculturales berruecos, en regajos que nacen milagrosamente del vientre liso de un lanchazo de granito y en blancas terneras charolesas que, paciendo entre bienolientes flores tempranas, semejan pulquérrimas e ingrávidas modelos de un anuncio. Todo ello, más la silueta en lontananza del viejo convento franciscano, hace que el excursionista se sienta aquí como un dios serrano que descansara el séptimo día disfrutando personalmente de todo lo creado el resto de la semana. Divinamente, o sea.

Es un lugar donde los relojes parecen haberse parado en el primer domingo del mundo

A la dehesa vamos a acercarnos en coche desde La Cabrera por la citada carretera de Valdemanco y, ya a pie, por el camino que sale a la derecha cien metros antes de alcanzar el hito del nuevo kilómetro 2. Quien confunda este moderno indicador con el mojón de piedra del antiguo kilómetro 2 y recule un hectómetro a partir de él, hallará pegada a la carretera, tras una valla, la llamada tumba del moro, nueve sepulturas -una de ellas antropomorfa, excavada en la roca- que, sin duda, son muy interesantes, pero ni son moras -sino paleocristianas- ni tienen nada que ver con la dehesa. No obstante, la visita, aunque por error, habrá merecido la pena.

El camino bueno, el de la dehesa, conduce entre las alambradas de dos fincas hasta una portilla metálica verde que, una vez franqueada, hay que dejar bien cerrada para que los nativos no tengan que cantar aquello de 'las vacas del pueblo ya san escapao, riau-riau'. Arriba, a mano derecha, destaca un cancho coronado con un mojón y, en el mojón, una inscripción, 'MP 81', señal de monte público y de que hay que saltar aquí el murete de la dehesa para dar una vuelta completa por el interior de la misma en sentido contrario a las agujas del reloj, lo cual tiene su lógica en un lugar donde los relojes parecen haberse parado en el primer domingo del mundo.

Desde la esquina suroccidental de la dehesa, por la que hemos entrado, vamos a avanzar primero hacia la diestra, por el lado meridional, abarcando con la vista toda la pradera y, al fondo, toda la riscosa sierra de La Cabrera, desde el distante pico de la Miel hasta el más cercano Cancho Gordo, a cuyos pies se alza, desde el remoto siglo XI, el convento de San Antonio. Así, muy pronto, orillaremos las lagunillas de Matatorejo, dos charcas permanentes formadas a favor de una gran masa soterraña de granito sin fisuras, a cuyo arrimo algunas brecinas paren en verano sus florecicas lilas. Con ellas, el agua, el árbol y el berrueco soleado componen una estampa de belleza tan extrema que resulta incluso dolorosa.

El sector oriental, el más próximo al pueblo y, por ende, el más desarbolado, es el reino primaveral, bajuelo y colorido de la dedalera, el gamón y la carlina; del cantueso, la botonera y el tomillo salsero; del torvisco, la perpetua y la escoba; y también de las ratillas y los topos, cuyas cavaduras son el inevitable acné de la siempre joven dehesa. Al norte, en cambio, nos encontraremos con una gran espesura de robles melojos, aliados a ratos para cerrarnos el paso con pinchudos endrinos, zarzas y escaramujos, vulgo tapaculos.

Por último recorreremos la banda occidental, que, por estar a la caída del cancho de la Cabeza, es la más anfractuosa. Encinas, enebros y jaras comparten aquí solanera con bolos y lanchas de granito que los meteoros van reduciendo a arenas que se amontonan, según su grosor, más cerca o más lejos de la roca madre. Así, granito a granito, es como la dehesa envejece. Pronto cumplirá ocho días.

Breve, muy fácil y sin cuestas

- Dónde. La Cabrera se halla a 59 kilómetros de Madrid, junto a la carretera de Burgos (N-I). Numerosos autobuses de la empresa Continental Auto (teléfono 913 145 755) llevan todos los días hasta este pueblo serrano desde el intercambiador de la plaza de Castilla. El camino de la dehesa de Roblellano arranca a la derecha en el kilómetro 1,900 de la carretera M-610 (La Cabrera-Valdemanco), tomando como referencia los hitos kilométricos más recientes. - Cuándo. Cualquier época es buena para este paseo circular de cuatro kilómetros (una hora y media), llano y de dificultad muy baja. La jornada puede completarse visitando el cercano convento de San Antonio, que los sábados y domingos abre de 16.00 a 17.00. - Quién. Domingo Pliego es el autor de La sierra de La Cabrera y sus alrededores, guía editada por Desnivel que describe una ruta más larga, subiendo al cancho de la Cabeza. También incluye un itinerario por la dehesa de Roblellano la Gula de la sierra de La Cabrera, publicada por la Consejería de Medio Ambiente. - Y qué más. Cartografía: hoja 19-19 (Buitrago del Lozoya) del Servicio Geográfico del Ejército, o la equivalente (484) del Instituto Geográfico Nacional, ambas a escala 1:50.000.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Viernes, 22 de febrero de 2002

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