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Reportaje:

Irán: de la prohibición del biquini al 'top-less'

Los ciudadanos esperan ampliar las pequeñas libertades conseguidas con el presidente reformista Jatamí

'Claro que ha habido cambios en Irán', asegura P., elegantemente conjuntada con pantalones y levita negros, y pañuelo, bolso y sandalias malva. 'Hace cuatro años no nos dejaban ni siquiera usar biquini en la piscina; nos decían que una inspección les cerraría las instalaciones. Hoy, la mayoría hace top-less', comenta satisfecha antes de responder a una llamada en su móvil.

¿Top-less en Teherán? La piscina es, obviamente, sólo para mujeres. La taquilla, los vestuarios, la vigilancia, todos los servicios los proporcionan féminas. Los hombres utilizan las mismas instalaciones por la tarde. Claro que no todo el mundo es tan moderno o tiene poder adquisitivo para acceder a un teléfono móvil, una antena parabólica o una conexión de Internet, pero la brecha está abierta. Incluso la separación de sexos que impone el código islámico iraní ha empezado a suavizarse.

Parque de Melli: varios jóvenes pasan corriendo sudorosos en ropa de deporte. Calle Gandhi: un grupo de chicas y chicos charla animadamente en torno a unas bebidas en un café. Parque Laleh: una pareja se hace confesiones cogida de la mano. Calle Jordan: los últimos éxitos del pop internacional se escapan por las ventanillas de los coches en los que los muchachos más acomodados acuden a ligar.

Hay que mirar de cerca para notar que estamos en la república islámica. Los coloridos pañuelos que cubren la cabeza de las chicas no son moda sino imposición. Las que hacen footing están obligadas a llevar bata hasta la rodilla sobre el chandal. Y las cervezas que hay sobre las mesas de los cafés Suká o del 23 no tienen alcohol.

Sin embargo, las mujeres que se maquillan (y son muchas) ya no se arriesgan a que un grupo de fanáticos les limpie la cara con un estropajo, ni los novios que salen juntos a que les detenga la policía como años atrás. En todas partes, los colores pardos del uniforme islámico (guardapolvo -cada vez más corto- y pañuelo en la cabeza) ceden paso a tonos más vivos y se han generalizado los pies desnudos bajo las sandalias.

Esos pequeños espacios de libertad personal, que en otros lugares se dan por hecho, constituyen grandes conquistas para los dos tercios de iraníes que han votado a Mohamed Jatamí. Pero detrás hay avances de enjundia como la mayor libertad de expresión y el aumento de la seguridad jurídica.

En Yahan Kudak, uno de los muchos parques de Teherán, un grupo baila a la luz de los faros de un coche. Celebran una boda. ¿Qué pasa si llega la policía? Uno de los invitados se encoge de hombros. 'Darán una propina a los agentes; en todo caso, se limitarán a pedirles que se comporten', asegura Kamran Azamí, un joven productor de cine que se muestra muy esperanzado respecto al futuro.

Claro que todo tiene límites y los iraníes prueban a diario los niveles de tolerancia del sistema. El propio Azamí ha sudado para lograr la aprobación del Ministerio de Orientación Islámica al cartel de su primera película, Un paraguas para dos. 'No permiten una foto de una mujer y un hombre juntos porque parece que se trata de una historia de amor, así que hemos recurrido a poner a la actriz principal en primer plano y al protagonista masculino más borroso en el fondo', explica.

Escandalizados, los más conservadores denuncian el aumento de violaciones, crímenes, consumo de drogas y prostitución, que ellos asocian con Occidente. El ayatolá Mohamed Yazdí ya ha levantado la voz contra este libertinaje. Yazdí aseguró a los electores que 'compartirían el pecado si elegían a alguien que allana el camino para las relaciones sin límite entre chicos y chicas'. Los iraníes han decidido ser culpables.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de junio de 2001