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lunes, 22 de mayo de 2000

Sobrevivir sin manos en Freetown

  • Víctimas de la campaña de amputaciones en Sierra Leona luchan por superar el rechazo social

ENVIADO ESPECIALCerca de 200 amputados de la guerra de Sierra Leona sobreviven en un gueto de chabolas plásticas. Son los que tuvieron una brizna de suerte: siguen vivos. Se hacinan en el Sinan Fakwamu for Tumara, donde comparten escasez y ausencia de toda esperanza. La sociedad de la que surgen les rechaza, pues les consideran símbolos de un horror que no desea rememorar, y su Gobierno, sin presupuesto para la paz, olvidó hace tiempo su existencia. Bojeh Kamara ya tiene 12 años. Le conocí a finales de enero de 1999, recién herido, en un camastro del hospital de Netland. Hoy duerme en una habitación de ocho metros cuadrados junto a Suleimán Sesay, de 17 años, uno de sus amigos, y otras seis personas. La guerrilla del Frente Revolucionario Unido (RUF, en sus siglas en inglés) le seccionó con un machete la mano derecha; ahora acude a diario a la escuela de Sinan, de ocho a dos de la tarde, para aprender a escribir con la izquierda. "Sé quién lo hizo; un día me lo encontré en la calle, él me ofreció 2.000 leonas [200 pesetas] en compensación, pero no quise coger el dinero".

Bojeh y Suleimán, a veces, acuden juntos a una salita de vídeo. No está lejos de los lindes de este centro de amputados de Freetown. El precio de dos entradas es lo que el guerrillero ofrecía por la mano de Bojeh. "Nos encantan las películas de Rambo y Terminator", confiesa Suleimán, quien perdió la mano izquierda. Les han entregado prótesis fabricadas en los talleres del gueto bajo la dirección de Handicap International. Están colgadas en una pared plástica de su chabola; se las colocan cuando necesitan usar las dos manos.

"Nos enfrentamos a un grave problema de rechazo social", asegura Pessima Kombah, responsable de Handicap en Sierra Leona. "Ellos, los amputados, representan el símbolo de la violencia de este país, y no existe plan alguno para reintegrarlos en la sociedad". Las minas antipersona desarrollaron durante años la tecnología ortopédica de las piernas, pero las manos, algo más atrasadas en los avances tecnológicos, son reemplazadas con los krukenberg, artilugios que finalizan en una pinza metálica. "Ese rechazo", añade Kombah, "se extiende a sus familias, que les ven como cangrejos".

Michel Saidu perdió la mano izquierda de un hachazo en la ofensiva del RUF en 1999. Su operación sin anestesia fue primera página en EL PAÍS. Hoy, 16 meses después, vive en un rincón en Sinan. "Lo que más me gustaría es disponer de una prótesis con cinco dedos". Saidu tiene 25 años y quiere estudiar Informática. "El RUF quemó mi casa; no tengo adónde ir, ni dinero para financiar unos estudios o empezar de nuevo".

Mohamed Sbah sufre el mismo problema. "La guerrilla mató a mi mujer, destruyó mi vivienda y mi coche. Me dejó sin una mano y con seis hijos que atender. Fui marinero en los años setenta, y viajé por España, conozco Bilbao, A Coruña, Sevilla y Las Palmas, pero ya no puedo ser marinero. Tengo 51 años y quisiera montar un pequeño negocio, pero nadie me ayuda. ¿Sabe usted la dirección del rey Carlos de España?".

Jean-Michel Piedagnel, jefe de la misión de Médicos Sin Fronteras (MSF) y responsable de este centro de amputados, admite dificultades: "Hemos creado un gueto, lo sé; esto iba a ser un campamento de tránsito y se ha transformado en uno perenne y superpoblado, con 1.500 personas. Acabamos de terminar otro, con buenas instalaciones, en Hastings, a las afueras de la capital; pero tras el avance de la guerrilla, hace un par de semanas, nadie quiere ir hasta allí. Tienen pánico a que todo vuelva a suceder. Hemos tirado 60.000 dólares en el proyecto [más de 10 millones de pesetas]".

Las ONG Handicap y MSF reconocen que el programa está incompleto; no existen planes a largo plazo de ayuda a las víctimas del RUF para reintegrarlos en la sociedad. Los fondos disponibles se emplean en la comida y en el material importado para las prótesis; cada una cuesta 600 dólares.

"De aquí no me puedo marchar", sostiene Saidu, "las condiciones de vida no son nada buenas, pero es lo único que poseo". Abubakar Kargbu ha cumplido los 26 años. Los rebeldes le cortaron las dos manos porque se resistió cuando le seccionaban la derecha con un hacha. En enero de 1999 le descubrí en el hospital de Connaught tras su operación. A su lado, consolándole, estaba Arugientgu, su mujer, de 21 años, a punto de procrear. Dos semanas después de aquello, ella dio a luz a un niño. Abubakar estuvo cuatro meses en el hospital y dos en el estadio de Freetown cuando le dieron el alta; allí, en ese estadio, es donde comenzó a compartir su desgracia con decenas de amputados y heridos de esta guerra.

"He tardado en aceptarme como estoy; sin las dos manos, sin futuro, sin nada. Me sostiene saber que tengo dos hijos". La esposa de Abubakar no acude al centro; es él quien aprovecha toda oportunidad de transporte para viajar a casa de la madre de Arugientgu y pasar unas horas con ella. "Cuando en la radio dijeron que la guerrilla estaba otra vez a las puertas de Freetown, ella tuvo mucho miedo y vino a verme. Fue la única vez".

El pánico. Gente condenada y destruida en un país donde la esperanza de vida se ha reducido de 39 a 38 años. En noviembre, tras el acuerdo de paz firmado en Lomé, el teniente coronel Johnny Paul Koroma, aliado del RUF desde 1997 hasta hace unos meses y cuyos soldados también cortaron manos, se presentó en el centro para pedir perdón a las víctimas. "La gente se puso histérica, hubo estallidos de dolor, gritos y lágrimas; le insultaron, pero al menos tuvo el coraje de venir", asegura una fuente que exige anonimato. Saidu cree que Koroma es sincero en su contrición, "pero a mí no me va a devolver la mano".

El centro de amputados está en el este de Freetown, en zona segura, lejos de las incursiones del RUF. Es una ladera que se embarra con las lluvias, donde las casas son chabolas de una habitación. En el centro, las mujeres, tocadas con pañuelos multicolores, se afanan en golpear con rabia la ropa enjabonada. Entre ellas está Sia Soriebe, una hermosa chiquilla de 14 años y pelo crespo; es la novia de Bojeh Kamara. "Ella me gusta", musita este chico de 12 años, "pero no pienso casarme hasta que concluya los estudios de Medicina". Su inseparable amigo Suleimán, como cuando le conocí, hace 16 meses, postrado en el hospital de Netland, se mantiene testarudo en su idea de convertirse en camionero: "Tendré camión propio y viajaré hasta Makeni". Sia se acerca tímida a Bojeh para unas fotografías. Es un instante de chanza, de felicidad olvidada; todos les piden que se abracen y besen; como los novios más adultos, ellos se hacen los remolones tratando de superar la vergüenza.

El Gobierno de Sierra Leona ha prometido ayudas a los amputados, pero éstas, con la nueva guerra a pocos kilómetros de Freetown, no llegan; los dólares se transformaron en fusiles. "Aquí todo el mundo viene a ver a esta gente", se queja el jefe de MSF, "es como París; allí, los turistas acuden a la torre Eiffel; y aquí, en Freetown, la atracción son los mutilados".

Cerca de las mujeres que lavan se distingue la figura rota de Amara Binty. Tiene nueve años y le falta la pierna izquierda. Una bala se la reventó durante la ofensiva del RUF de enero de 1999 en el barrio de Kissy. Ella acude al colegio subvencionada por la iglesia luterana. Vive en el centro junto a su madre. Camina con una muleta y se afana en transportar agua a las mujeres que lavan. Quiere ser útil, como todos los demás en Sinan Fakwamu.

[Los rebeldes del RUF liberaron ayer a otros 54 cascos azules, con lo quedan retenidos casi 300 miembros de la ONU. De los liberados ayer, 42 son procedentes de Zambia, 10 son de Kenia (tres de ellos, heridos), y hay un malayo y un noruego. Fuentes de la ONU señalaron ayer que hoy lunes pueden quedar en libertad más cascos azules, informa Reuters.]

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